Luis Gusmán y el libro sobre su itinerario lector
“Avellaneda profana” es una narración autobiográfica que en su desarrollo va anexando distintas aristas de la historia personal y las lecturas.
¿En qué momento alguien comienza a leer?, ¿qué episodios y hábitos forman parte de ese relato de origen?, ¿De qué manera la lectura impulsa la escritura, que, a su vez, con el tiempo reorienta la exploración lectora?
De estas preguntas se hizo cargo el puñado de escritores argentinos y latinoamericanos (entre ellos, Noé Jitrik, Sylvia Molloy, Alan Pauls, Jorge Monteleone, Edgardo Cozarinsky y Margo Glantz) que han aportado con su libro a la colección “Lector@s”, de Editorial Ampersand.
En Avellaneda profana (que se integra a la constelación de La rueda de Virgilio, de Flechazo y de los ensayos sobre Barthes y Kafka), Luis Gusmán también hace lo mismo: se remonta a su infancia para, desde ahí, escalar hasta el presente y dar cuenta de su relación con los libros.
El volumen se inicia con la convicción de que leer es una llave que abre puertas a otros mundos (convicción que es producto de su propia experiencia vital, como también de las citas y anécdotas encontradas en otros escritores). Una idea –la de las puertas a otros mundos– que puede sonar banal, pero de la que advertimos su complejidad cuando avanzamos en las páginas y nos enteramos de los engranajes y los personajes que activaron el proceso: un abuelo lector, un padre cantante de tangos, una madre devota del espiritismo.
Más allá de que los libros y la lectura son la excusa o el motivo inicial, Avellaneda profana es fundamentalmente una narración autobiográfica que en su desarrollo va anexando distintas aristas de la historia personal: Avellaneda y los barrios de la infancia, la necesidad de leer para ordenar las letras de tango que sabía de memoria, pero cuyo significado se le escapaban, los primeros bailes y los desafíos a la masculinidad, el hallazgos de las historietas, el club Racing y su biblioteca (donde conoció, entre muchas otras, las obras de Felisberto Hernández, Borges, Bioy Casares y Gombrowicz).
Más adelante, aborda la mudanza a la capital y los trabajos en librerías, otro umbral que atravesó y que le abrió las puertas a otras calles y otros vínculos, pero más que nada a una cartografía laberíntica y menos mensurable: la complicidad con otros escritores (Germán García, Osvaldo Lamborghini, Ricardo Zelarayán), el psicoanálisis, los proyectos de las revistas Literal y Sitio.
Además, traspasar ese umbral supondría la escritura de sus libros: los primeros, desviados de la norma, como El frasquito, Brillos, Cuerpo velado; “libros extraviados”, como insinúa el mismo Gusmán, escritos con el ojo bizco quizás debido al estrabismo que padeció de niño. Y años o décadas después, a partir de la novela Villa y de algunos cuentos contemporáneos, el arribo a cierta forma en la que el estilo se ajusta más al rigor de la trama.
Con esta autobiografía queda claro de qué manera la escritura contribuye a organizar el universo siempre confuso de las lecturas en la vida, y de la vida de las lecturas. Y lo hace en un ir y venir que vislumbra otra lógica, que por momentos confirma y en otros contradice la de la cronología y la linealidad.

- Avellaneda profana. De Luis Gusmán. Editorial Ampersand. Buenos Aires. 224 páginas. 2022. $ 1.800

