Bajorrelieve. Educación natural

Un viaje a la infancia en las sierras, donde la naturaleza y las vivencias del día a día se entrelazan para formar recuerdos inolvidables.

05 de julio de 2026 a las 08:42 a. m.
Educación natural
La casa de Cabana con Cristina Bajo y su familia.

Llegamos con mi familia a Cabana, una pequeña y exclusiva población de nuestras sierras en la primera mitad de los años '40 del siglo pasado.

Mi padre y otros amigos que eran propietarios de varios terrenos tuvieron el proyecto de levantar algunos chalés tipo californianos para un grupo de porteños que soñaban con pasar allí los veranos y otros feriados anuales, como Semana Santa, carnavales o vacaciones de invierno.

No estoy segura de si los Bernis Sales, amigos de aquel grupo de emprendedores, nos prestaron la propiedad de la familia o nos la alquilaron, pero sí recuerdo el día que llegamos allí –yo tenía 7 u 8 años– y quedé fascinada con la antigua casona, su extenso terreno semiparquizado, con glorietas de rosales trepadores que crecían desmedidamente, con fuentes ocultas por diferentes lugares del parque y escaleras de piedra gris.

Todo eso sin agregar que fue allí donde por primera vez vi un zorro que se aparecería a través de 30 años en momentos decisivos de mi vida. Recuerdo aquello, hasta hoy, como una de las cosas más maravillosas que me han sucedido.

Algo que me encantaba de aquella casa eran los desniveles del terreno. Y luego, a medida que los peones fueron desmontando el extenso parque, las maravillas continuaron; aparecieron fuentes de agua que eran sencillas palanganas de cemento, algunas de pie, al estilo francés, otras bajo arcos de rosales trepadores, o glorietas art-noveau. Recuerdo especialmente una más profunda, que reproducía –en cemento finamente trabajado y coloreado– valvas u ostras enormes.

Me fascinaban los muebles de cemento que imitaban enredaderas y flores. Junto con mi hermano Carozo, les dedicábamos diferentes nombres, según los libros que estuviéramos leyendo: El Libro de las Tierras Vírgenes, de Kipling; Las aventuras de Sandokan, en la revista Patoruzito, o El Príncipe Valiente –mi preferido– en el Mundo Argentino.

Fue en ese, para nosotros, niños, terreno inmenso, compuesto de una cantera abandonada, que pudimos ver, a pocos metros, animales que creíamos de zoológicos, como un puma manso que vivía en la lomada vecina, un pajarraco negro de un metro de altura que dejó un ventarrón que tiró varios árboles viejos, una víbora de coral, peligrosa, con sus bonitos colores rojo, blanco y negro.

Fui romántica desde niña; me gustaba sentir de noche la lluvia sobre el techo de zinc, me encantaba asustar a las viejas del agua que se mimetizaban bajo el barro, lloré y desistí de criar mojarras cuando descubrí que morían si se las mantenía en agua estancada, en un balde.

La casa, bajo el techo de zinc, tenía un espacio libre donde vivían las palomas que solían despertarme con sus arrullos o sus peleas. Aquellos son, hasta hoy, los más gratos despertares de mi vida.

Crecimos compartiendo territorio con zorros, víboras de coral, pumas, cachalotes de alas enormes y vuelos agresivos, liebres y cuises, alguna yarará de más de un metro de largo, mojarras y viejas del agua, benteveos y horneros, picaflores y mariposones negros.

Nos hicimos adeptos a los hongos marrones que preparaba mamá en enormes frascos de vidrio, a saborear la achicoria silvestre recomendada en un manual de alimentación en época de guerra y me empaché comiendo la famosa “leche asada” de doña Ciriaca.

Creo que Carozo y yo nos agarramos tifus por tomar agua estancada, y crie mi primera gata, negra, vieja y tuerta. Venía con la casa y murió simplemente de vejez poco antes de que nos mudáramos al chalé nuevo, debajo de la monumental cocina de hierro y ronroneando mientras yo la acariciaba.

Recuerdo los atardeceres de invierno, cuando mamá nos metía adentro temprano y escuchábamos música clásica por la radio o algún programa educativo.

Aquel era el momento de dedicarnos a hacer los deberes, leer después las novelas de Kipling, de Salgari, de Julio Verne, o intercambiar la infinidad de revistas de historietas que nos compraban.

Creo que fueron aquellos años, unos pocos de pobreza sin tristeza, donde se formó, muy dentro de mí, la persona que hoy, en paz conmigo y con el mundo, soy.

He contado antes estas cosas, pero he querido repasarlas: me siento agradecida con Dios, que aún hoy, a mis 89 años, sigue brindándome proyectos.