Dos relatos desgarradores
Impresionante libro de “dos caras” que ha sido pensado como objeto hasta en el más mínimo detalle para acentuar una propuesta artística sin edulcorantes.
Se ha dicho una y mil veces, y es verdad: no hay peor muerte que la muerte de un hijo. Qué no daría, qué no haría una madre (o un padre), si pudiera, para revertir ese instante y volverlo a ver con vida. En un libro de excelente diseño y contenido singular, dos cuentos tratan de narrar justamente eso a un público juvenil, lo que significa una apuesta poco usual. Se sabe que los jóvenes suelen interesarse por los cuentos de terror y los relatos macabros. Pero esto va más allá: en pocas páginas y escasas palabras, nos demuestra que el arte puede ayudarnos a entender lo inentendible, aunque sea tan impotente como nosotros para modificar la realidad. De un lado, el argentino Alberto Laiseca (1941), versionando un relato poco conocido de Andersen, aquí titulado "La madre y la muerte". En este caso, la muerte llega a la casa y, literalmente, arrebata al hijo tras adormilar a la madre, que, cuando recobra el sentido, sale a perseguirla, dispuesta a dar lo que le pidan, como suele decirse, para recuperar a su niño. Después de sucesivos sacrificios, obtiene una respuesta categórica. El final es más dramático que el comienzo, y eso es mucho decir.Del otro lado, el mejicano Alberto Chimal (1970) y un cuento que corta la respiración: "La partida". La muerte del hijo se produce durante un terremoto. La madre, una persona muy religiosa, ruega a los dioses que le devuelvan a su hijo. Estos se compadecen de la mujer, pero sólo tienen la posibilidad de entregarle su alma. La dupla cuerpo y alma, entonces, responde a distintas circunstancias, lo que abre el amplio y siempre complejo escenario del relato fantástico.Junto a ambos, y como actor protagónico del libro, el ilustrador e historietista argentino Nicolás Arispe (1978), con su estilógrafo apenas cargado con tinta negra, destacando el costado más tétrico de los relatos con sus descarnados dibujos. Descarnados, en el doble sentido del término: porque, por un lado, expresan crudamente eso que se cuenta y, por el otro, no dudan, llegado el caso, en quitarle la carne al hueso.En una entrevista, Arispe declaró ser el "hacedor" del libro, movido por su admiración hacia Laiseca, a quien llegó a pedirle que escribiera algo macabro para chicos que él pudiera ilustrar. No pudo convencerlo, pero en un recital narrativo, al escuchar su versión de "La madre y la muerte", supo que estaba frente a lo que tanto anhelaba. Cuando lo propuso a la editorial, esta le ofreció el cuento de Chimal. Así nació este impresionante libro de "dos caras" que ha sido pensado como objeto hasta en el más mínimo detalle para acentuar una propuesta artística sin edulcorantes.
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