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Debate: Venezuela, el país del eterno desasosiego

La riqueza petrolera y el Pacto de Punto Fijo en 1958 alentaron en los venezolanos la ilusión de democracia y prosperidad inacabables. Pero el ciclo virtuoso fue una excepción a la regla nacional.

29 de mayo de 2017 a las 02:30 p. m.
Gustavo Di Palma*
Debate: Venezuela, el país del eterno desasosiego
Conflicto permanente. Las manifestaciones y los enfrentamientos en las calles son parte del paisaje actual de una Venezuela dividida. (AP)

Cuando el régimen chavista vivía sus felices días fundacionales aupado por amplios sectores sociales empobrecidos y hartos de la política tradicional, casi nadie imaginaba lo que por estos días parece ser la larga y sangrienta agonía de la llamada "Revolución Bolivariana".

En sus primeros años de gobierno, Hugo Chávez mantuvo formalmente las instituciones de la democracia liberal mientras moldeaba un formato de Estado que, al alejarse cada vez más de los modos republicanos, terminó desembocando en la deriva dictatorial de Nicolás Maduro.

Pero los aciagos días que vive hoy la sociedad venezolana, aún sin solución de continuidad a la vista, están lejos de representar un capítulo novedoso de su historia. En todo caso, este es el momento de mayor exacerbación de una crisis interminable. A estas alturas, una mirada retrospectiva quizá sea útil para comprender la tragedia actual.

Petroestado

Gracias a los privilegios naturales de su territorio acariciado por las aguas del Caribe, Venezuela logró consolidarse como un ostentoso petroestado a lo largo del siglo 20. Esa situación estimuló en la dirigencia política la tentación de manejar de manera discrecional los recursos públicos, bajo el pretexto de dar respuesta a las demandas de la sociedad civil.

Si esa práctica es uno de los rasgos clásicos de lo que parte de la literatura política define como populismo, la dirigencia política venezolana puede exhibir una larga experiencia en la materia. Y como ocurrió en gran parte de Latinoamérica, la entronización en el poder de líderes paternalistas proclives a manejar de forma arbitraria el aparato estatal responde a una larga tradición política, que hunde sus raíces en los tiempos de la ruptura del orden colonial.

Otro rasgo común a distintas experiencias latinoamericanas que muestra la historia de Venezuela es la discontinuidad política, producto de la sucesión de dilatados periodos dictatoriales.

Ese país inauguró muy temprano la frondosa serie de interrupciones del orden constitucional en la región durante el siglo veinte, cuando la república oligárquica decimonónica asentada sobre las tesis liberales y conservadoras fue sepultada por la larga dictadura de Juan Vicente Gómez, desde 1908 a 1935).

Tras la muerte de Gómez se inició un proceso de apertura política que alumbró el surgimiento de los dos grandes partidos que dominaron el escenario institucional venezolano a lo largo de gran parte de la centuria pasada: Acción Democrática (AD, partido de tendencia socialdemócrata fundado en 1941) y Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei, partido de orientación democristiana creado en 1946).

En 1948, un golpe de Estado conducido por jóvenes oficiales del ejército truncó el brevísimo primer período democrático del siglo 20, vigente desde nada más que tres años antes.

Cuando en 1958 la conjunción de fuerzas democráticas doblegó al régimen dictatorial, se produjo un quiebre de la política venezolana con relación al resto de los países de la región. Mientras la inestabilidad institucional cundió en la mayor parte de Latinoamérica, Venezuela inauguró con el Pacto de Punto Fijo un largo período de democracia ejemplar, hasta el extremo de ser uno de los pocos países que no sucumbió al autoritarismo militar en los violentos años 1970.

Sin embargo, aquella experiencia democrática singular incubó una situación que explotó de forma dramática al comienzo de la década de 1980, cuando el sostenido crecimiento promedio del 6 por ciento anual fue interrumpido por la caída en el precio de los hidrocarburos y la crisis de la deuda externa.

El proyecto de la "Gran Venezuela", lanzado por Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno (1974-1979), cedió lugar a fuertes ajustes de corte neoliberal ortodoxo, que él mismo tuvo que ejecutar en su segundo mandato.

Movilización permanente

El "Caracazo" del 27 de febrero de 1989 fue el punto de inflexión que inició la progresiva ruptura de los pobres y los sectores medios con el bipartidismo predominante hasta entonces, lo cual provocó una fuerte pérdida de legitimidad de la democracia representativa como sistema adecuado para la distribución equitativa de la riqueza.

Un cóctel que la dirigencia política clásica le sirvió en bandeja de plata a Chávez.

El ajuste económico de la década de 1990 inoculó en los sectores populares el desprecio por el injusto orden vigente y la creciente simpatía por un caudillo salvador. Mientras la fisonomía de la sociedad mostraba ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres, la efervescencia social arrojaba este dato elocuente: entre 1989 y 1998 hubo un promedio anual de 720 protestas (dos protestas por día).

Desde febrero de 1999, la concepción de poder del chavismo indujo a la sociedad a mantenerse en estado de movilización permanente, situación que fue mutando hacia un escenario de confrontación cada vez más potente.

Tras la muerte de Chávez, la consolidación de la tendencia autoritaria del régimen y una nueva y asfixiante crisis económica volcó más gente en las calles, aunque esta vez el reclamo mayoritario tiene como eje la restauración plena de la democracia. Como sea, el sosiego sigue sin llegar al pueblo venezolano.