Conversos religiosos: por qué cambiar de credo
¿Qué busca la gente en las religiones y qué busca cuando abandona una para abrazar otra? Tres conversos religiosos relatan su historia y el momento en el que decidieron cambiar.
¿Qué busca la gente en las religiones, en los santos populares, en las creencias mundanas o en la astrología? Desde siempre, y aún en estos tiempos modernos, los seres humanos intentan encontrar un sentido a la vida, construir una identidad, su propia subjetivad. Unos más, otros menos.
En medio de una cultura plural y global, y en la búsqueda del significado de la propia existencia, las personas pueden cambiar de religión o de credo. De hecho, lo hacen. Muchos, incluso, construyen su propio dogma en base a diversas creencias.
Los motivos de la conversión religiosa son personales y diversos, aunque siempre se busca estar mejor, hallar respuestas. Es el caso de Carlos Lencinas, un católico romano que adoptó la iglesia ortodoxa griega; el de Olga Fabbio, que abrazó el Islam, dejando atrás a la Iglesia Católica, y el de Marina Alioni, que se convirtió al judaísmo. Aquí contamos sus historias como conversos.
“En el Islam encontré las respuestas que buscaba”
Olga Fabbio (58) se convirtió al Islam hace nueve años. Nació en una familia tradicional católica, no practicante, aunque cumplió, como un mandato, con los sacramentos del bautismo, comunión y confirmación.
“Siempre tuve muchas preguntas, dudas y no me conformaban las respuestas”, plantea Olga.
Así, hace casi una década, y después de una imagen reveladora, abrazó el Islam. “Hacía varios años que el padrino de bautismo de mi hija había fallecido. Era una persona muy creyente que en un sueño me dijo: ‘Lee el Corán’”, cuenta.
La visión de aquella noche la obligó a salir en la búsqueda del libro sagrado por las librerías de Córdoba, sin saber que sólo lo encontraría en una mezquita. No lo halló. Diez días después, el sueño se volvió a repetir.
Otra vez buscó el Corán. En un viejo negocio de venta de productos provenientes de Medio Oriente, en calle San Jerónimo, en pleno centro de Córdoba, atendido por un paquistaní, le recomendaron acercase a la Sociedad Árabe Musulmana, en la tercer cuadra de Obispo Salguero.
“Empecé a ir varias veces. Los viernes, al rezo. La nena de la secretaria de la Sociedad, que tenía 9 años, me enseñó a rezar. De eso pasaron nueve años y me quedé”, cuenta.
Antes de pisar una mezquita, Olga no sabía nada del Islam. Pero empezó a leer, escuchar y aprender. “Encontré que las creencias no difieren mucho entre las tres religiones monoteístas. Los musulmanes respetamos a Jesús tanto como los cristianos. Encontré mucha paz, tranquilidad”, subraya. “Ser musulmán es un modo de vida. Lo que soy en la mezquita tengo que ser fuera de ella: atenta, servicial, ayudar a la gente, a los más chicos, a los más débiles”.
La conversión fue un proceso que, reconoce Olga, fue posible gracias al apoyo de su marido e hijos, que continúan siendo católicos. Pasaron varios años hasta que realizó la shahada, la profesión de fe islámica.
Olga asegura que en el Islam encontró aquellas respuestas que durante un tiempo la esquivaron. También, paz, compañerismo, respeto. El año pasado realizó la Hajj, peregrinación a la Meca, en Arabia Saudita, que todos los musulmanes deben realizar una vez en la vida.
“La conversión implica una transformación interior… Me doy cuenta que estoy mucho más tranquila, no tan explosiva, más reflexiva, pienso más las cosas”, cuenta.
Olga sólo usa el hiyab, el velo que cubre la cabeza y una parte del cuerpo, en el lugar del culto. “En la cochera donde estaciono el auto, y antes de entrar en la mezquita, me pongo el pañuelo. A algunos les parece raro, a otros les es indiferente y otros me preguntan de buena forma. Una vez le pregunté la hora a un muchacho, yo iba con el pañuelo y me dijo que tenía miedo de que no hablara español. ‘¿Sos árabe, no?’, me preguntó y yo le dije: ‘Soy más cordobesa que la peperina’”. La gente, asegura Fabbio, no conoce el Islam. Hay ignorancia, prejuicios, desinformación.
Este año, Olga empezó a estudiar árabe para poder seguir los rezos del Corán, aunque su libro sagrado tiene la traducción al español. La religión se ha convertido en un pilar en su vida. Tanto como la familia y los amigos.
“¿Qué respuestas encontré en el Islam? Para qué estoy, de dónde vengo, a dónde voy. La mayoría de la gente se lo cuestiona… ¿Qué hago en este planeta, a qué he venido? Estaba buscando algo y todavía estoy en eso”, concluye.
“La iglesia ortodoxa admite una segunda oportunidad”
Carlos Lencinas (64) es una persona religiosa que, desde siempre, busca una constante de conexión con Dios. “La religión es el opio real que te calma el dolor de la existencia, calma el escándalo que te provoca la muerte”, define.
Durante años, Carlos permaneció fiel a la Iglesia Católica romana, incluso después de haber quedado al margen de los sacramentos durante 35 años, tras un divorcio. “He sido religioso, con sus más y con sus menos”, explica Lencinas, psicólogo, especializado en psicoterapia integrativa.
Se separó de su primera mujer en 1980. Fue un matrimonio corto, sin hijos, que podría haber sido anulado si hubiera iniciado el proceso canónico correspondiente. Pero nunca lo hizo. Desde entonces, continuó asistiendo a misa todos los domingos. Pero no se confesaba ni comulgaba, pese a la importancia que otorga a los ritos.
“El rito es algo material que le permite al hombre que tiene una naturaleza dual, material y espiritual, asirse a algo. Por eso Cristo vino y tuvo que encarnarse, por eso dejó la conversión del pan y del vino. El rito es necesario para eso: para ponerlo en presencia”, sostiene.
Las cosas comenzaron a cambiar casi por casualidad, en 2012, cuando inició sus estudios de griego en la Asociación Helénica de Córdoba. Era una materia pendiente de su época de estudiante de Filosofía.
Allí conoció al pater Gabriel Díaz, el sacerdote chileno que dirige los destinos de la parroquia San Juan el Precursor, de la Iglesia Ortodoxa Griega. Y comenzó a asistir a dos misas: la católica romana, con su actual esposa y catequista, y la ortodoxa. “Pater Gabriel ha sido un guía espiritual para mí”, refiere Lencinas.
La bisagra ocurrió en febrero último, cuando el sacerdote ortodoxo se encargó de las oraciones fúnebres en el entierro de su madre. Lencinas asegura que aquel respondo fue revelador.
“En la iglesia ortodoxa no se cree en el purgatorio. Se cree que cuando uno muere, 40 días acompaña a los deudos. Y el día 40 asciende el alma a un lugar de descanso. No es ni cielo ni infierno ni purgatorio. En el responso le perdonan los pecados, como si estuviera ahí, porque no se ha ido todavía”, explica.
Eso le dio paz: su madre no había llegado a tiempo para recibir el sacramento católico de la unción de los enfermos.
Carlos decidió, entonces, ser parte de la Iglesia ortodoxa. La ceremonia de crismación, la unción, se realizó el 30 de abril, durante la Pascua. “Como la iglesia ortodoxa admite la segunda oportunidad, me permitió frecuentar los sacramentos después de 35 años sin confesar ni comulgar. Significó una renovación espiritual”, subraya.
Para Lencinas, en las cuestiones de fe no hay intervención intelectual de la inteligencia sino participación intelectual de la voluntad. “Es la voluntad la que mueve a creer, es la voluntad que busca adherir a verdades que no son evidentes”, remarca.
En este sentido, resume, la religión le da sentido a su vida. “Si no tuviera fe religiosa, ¿qué sentido tendría la vida, los sacrificios, los dolores o el ser decente?”, se pregunta.
Su conversión, quizás, responde a viejas inquietudes de juventud. “He tenido disidencias con la iglesia romana porque yo estaba esperando una iglesia que buscara agradar más a Dios que a los hombres y encontré que en la ortodoxa hay mayor espíritu de adoración a Dios. Las misas son más largas, son ceremonias muy antiguas. Me siento más identificado, más en paz”, concluye.
"Nunca sentí que el judaísmo fuese algo extraño"
Marina Alioni tenía 15 años cuando una tía del corazón le contó que se había convertido al judaísmo.
-¿Y en qué creen?
-En Dios –le respondió la tía.
-¿Nada más? –se sorprendió la joven.
-¿Te parece poco? –dijo la tía, y le recitó el shemá Israel, una las principales plegarias del judaísmo.
Marina había hecho la primaria en el colegio Inmaculada Concepción. También la comunión. Tenía primos curas. Su abuelo había dejado el seminario para casarse con su abuela.
Pero el shemá Israel la conmovió, cuenta 21 años más tarde, y vuelve el tiempo hasta ese día, cuando regresó a su casa y así, mocosa de 15, se paró frente a sus padres:
-Quiero ser judía.
“Cuando se los planteé, mi mamá pensó que en un tiempo se me iba a pasar. Mi papá me apoyó con alegría y festejó que buscara mi propia fe”, dice hoy, a los 36. Y sigue sin dudarlo ni un minuto: “Al fin y al cabo, la elección de la religión es una respuesta a la búsqueda de nuestras preguntas más profundas”.
Un año después del planteo, comenzó a concurrir a la ceremonia de los viernes –Kabalat shabat- al templo de la calle Alvear, en la ciudad de Córdoba. “Era como ir a mi casa”, recuerda.
Al poco tiempo comenzó un curso de conversión, que duró tres años. “A los 21 tuve mi examen y empecé a transitar esa ruta”, se alegra.
En uno de esos viernes salió a la calle cuando terminó la ceremonia y entabló una charla con un chico. Desde entonces están juntos. “Cinco años después nos casamos. Al año tuve a mi hija. Después nos fuimos a vivir a Venado Tuerto. Cuando la nena cumplió 5 nos planteamos que no había comunidad judía en ese lugar, y decidimos volver a Córdoba. Aquí nos abrieron los brazos”.
La pequeña tenía 6 años la noche en que los tres volvían del kabalat shabat, cantando las canciones que habían escuchado en el templo. “Mamá, ya sé qué quiero de regalo para mi cumple: quiero aprender hebreo para entender las canciones”. Los dos se congelaron.
A la semana siguiente la cambiaron de escuela: comenzó a cursar en el Colegio Israelita San Martín, que nunca abandonó. También su hermanito, que llegó tiempo después.
Marina participa activamente en distintos grupos de la comunidad judía.
“Nunca sentí que el judaísmo fuese algo extraño, sino más bien como volver a recordar algo que había olvidado. Es medio loco. Mi hermana también se convirtió, cuatro años después que yo. Conoció a un chico judío y se enamoró”, dice Marina, llena de gozo.

