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Boxeadores en la noche profunda de Güemes

Se reúnen pasadas las 20 para entrenar y guantear. Un gimnasio, un entrenador, un grupo de alumnos y la calle son el escenario de esta postal urbana. Texto y fotos: Pedro Castillo. Video: José Hernández.

18 de agosto de 2019 a las 12:01 a. m.
Boxeadores en la noche profunda de Güemes
Fotografías de Pedro Castillo

La luz rasante de un auto dibuja una silueta en la oscuridad; es la de un pibe que boxea, tira un jab tras otro y exhala.

El auto pasó y la oscuridad de nuevo; se escucha el silbido de la soga que corta el aire mientras otro salta. Y los guantes que golpean contra otros guantes en un ring improvisado en plena calle.

Fotografías de Pedro Castillo
Fotografías de Pedro Castillo

Al lado del teatro La Luna, una luna que no ilumina, está el gimnasio de Roke, en el mismo corazón de barrio Güemes.

Fotografías Pedro Castillo
Fotografías Pedro Castillo

Acá convergen los sueños de chicos que anhelan el debut profesional con otros que entrenan por recreación.

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Entrenar en la calle, adueñarse del barrio, sentirlo propio, una característica de Güemes, donde la vida de los vecinos pasa por la vereda.

Roke, como buen entrenador, está atento a los movimientos cargados de furia y técnica que Tomás ejecuta castigando la bolsa.

–¡Este pibe es un crack! –dice Roke.

Tomas le devuelve una tímida sonrisa.

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Una bocina suena y es hora de cambiar de ejercicio.

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Es hora del guanteo, a lo que se preparan dos pibes: vendas, guantes, casco protector.

El ring sobre el asfalto, los limites difusos en la cuasi oscuridad, le dan un aire de combate callejero.

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Los autos pasan por el lado de los luchadores y miran con asombro. Hay quienes se animan a propinar una arenga y otros, que pasan a pie, se detienen a mirar, como quien no quiere la cosa.

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La hora de la pelea

Los boxeadores bailotean y se mueven en los límites del ring, ese ring que ellos solamente pueden ver, la mirada clavada en los ojos del otro; la disputa es pareja, los golpes van y vienen, nadie mezquina.

Al cabo de un rato suena nuevamente la bocina y fin del asalto; no hay ganador, tampoco perdedor. Ambos se sientan sobre una cubierta de camión que usan para entrenar, el sudor brilla ante el reflejo de la luz, el vapor surge de sus cuerpos.

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Se acerca Roke y los hidrata como hacen en el rincón de esas peleas en Las Vegas que se pueden ver por la televisión.

El ambiente creado por este pequeño rincón al lado del teatro La Luna, bajo la luz de un par de lamparitas cálidas, es un llamador, hipnotiza, seduce, atrae.

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Los luchadores de barrio Güemes, del gimnasio de Roke, hacen suyo el barrio, el espacio. Ellos entrenan con pasión, y cada tanto, cuando un auto pasa, los ilumina con una luz rasante que los hace visibles. Cuando los autos pasan se enciende el espectáculo, se puede verlos boxear.

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