Psicología. Autoayuda en tiempo de redes: cuéntame tus secretos de nuevo

Influencers y streamers llevan la cultura terapéutica a las redes, donde la intimidad se comparte con audiencias masivas en busca de conexión y validación.

11 de julio de 2026 a las 02:22 p. m.
Marcos Vidable
Autoayuda en tiempo de redes: cuéntame tus secretos de nuevo
Cada vez más personas acuden acuden a chatbots que ofrecen apoyo emocional.

El turbulento siglo 20 vio el ascenso de la cultura terapéutica, de los profesionales psi y de las técnicas de cuidado de uno mismo.

En La salvación del alma moderna, publicado en 2010, Eva Illouz estudió este fenómeno con las herramientas de la sociología y nos recordó que nuestra historia (clínica) no se escribió ayer. Se trata, como sugiere la autora, de un fenómeno tan íntimo y personal como público, cuyos límites se tornan engañosos para quienes intentan observarlo.

El subtítulo del volumen explicitaba su objeto de estudio: "Terapia, emociones y cultura de la autoayuda". Estos temas ya habían sido escrutados, lo que volvía relevante el trabajo de Illouz era la posibilidad de repensar sus raíces y su notoria expansión: del consultorio a los medios de comunicación, de la universidad al gimnasio; hablar de uno mismo y confesarlo todo se volvió algo “normal”.

Sería casi imposible entender algunos fenómenos actuales, como el éxito de los influencers que aconsejan sobre el cuidado del cuerpo y la mente, sin tener en cuenta la circulación de la cultura terapéutica.

Conviene no olvidar que el siglo pasado fue el siglo de Freud y el psicoanálisis, de la radio y la publicidad; fue el siglo de las mutaciones laborales y el comienzo de la digitalización de la vida cotidiana.

A su modo, la cultura terapéutica usó y fue usada en todos estos movimientos históricos: de la selección de personal en una empresa hasta los viajes espirituales con gurúes del amor.

Eva Illouz.
Eva Illouz. (Gentileza)

Salud mental

No se trata, como repite Illouz, de condenar sin juicio los alcances de estas prácticas y discursos, como hicieron algunos pensadores, sino tratar de comprender hacia dónde se dirigen.

El siglo pasado fue también el siglo de la salud mental. Se reformaron instituciones, se fabricaron medicamentos para casi todo, se sancionaron nuevas leyes y las carreras de psicología crecieron de una forma considerable.

La salud mental llegó a lugares que nunca antes había llegado y abrió las puertas para que ingresaran otros discursos no especializados, como los del llamado new age. No es casualidad que los saberes psi hayan salido de los consultorios y hayan ingresado en las conversaciones diarias.

Difundidas por expertos mediáticos y por deportistas exitosos, esas palabras autorizadas muchas veces propusieron metas inalcanzables para sus seguidores, sin tener en cuenta la frustración que ocasiona no alcanzarlas. La "lengua psi" −antes más psicoanalítica, hoy más cognitiva− ganó las calles y a la salida de cualquier cine se podía escuchar a una pareja hablar del narcisismo del actor o de los trastornos de la actriz.

Confesiones en chats

No es para nada extraño que una figura reconocida cuente sus secretos en un programa de televisión, en un acto político o en una red social. Beatriz Sarlo analizó esto en La intimidad pública, uno de sus últimos ensayos, aunque no pudo ver las nuevas mutaciones.

El presente es algo que envejece en un instante. En este momento, los streamers llenan horas de transmisión contando con lujo de detalle lo que experimentaron la noche anterior, revelando datos que en otras épocas nadie hubiera imaginado vociferar en vivo y en directo.

Para que la intimidad haya dejado de ser lo que era, fue necesario que aprendiéramos a creer que develar los pormenores de nuestra vida a otro −ya sea un analista o un vecino− era una forma de ejercicio de la libertad individual y, asimismo, algo terapéutico, es decir, sanador. Pero otra vez los límites se vuelven imprecisos. No se trata de idealizar la antigua intimidad de las novelas del siglo XIX, ni de añorar las buenas costumbres de otros tiempos.

Shoshana Zuboff, doctora en Psicología Social, ha estudiado las paradojas del capitalismo de la vigilancia. Si por un lado nos sentimos más libres con las publicaciones de lo que hicimos en la semana (una compra antojadiza, una merienda glamorosa, una visita al psiquiatra), hay cada vez más empresas que se benefician con los datos de nuestra existencia. Parece difícil vivir sin dar a conocer lo vivido.

Shoshana Zuboff.
Shoshana Zuboff. (Gentileza)

Lo curioso es que ya no es necesario que alguien nos pida o nos exija información privada, somos nosotros los que la proporcionamos a cada instante como una forma de ejercicio de autonomía. El premio es un like, un emoji o una visualización.

Las tecnologías, ya se sabe, crean problemas e inventan soluciones. Los recientes avances de la inteligencia artificial llegaron cuando la confesión −ese dispositivo religioso y jurídico que inquietó a Foucault− ya estaba instalada en la sociedad.

En nuestros días, las personas usan los chats de diferentes aplicaciones y les confiesan sus dramas, mientras esperan respuestas sanadoras o afectivas de esas conversaciones digitales. Esos chats se han convertido en compañías que responden siempre cuando los demás ya están dormidos o no quieren contestar.

Los chats parecen guardar los secretos de los usuarios, como un buen terapeuta, pero en realidad el capitalismo de la vigilancia busca sin inocencia conocernos mejor para vendernos un producto o saber a quién vamos a votar.

La cultura terapéutica, esa que dice cuidar nuestra salud mientras nos pide que sigamos consumiendo, no iba a desaprovechar los frutos de la tecnología, sobre todo de una tecnología que nos asegura que llegó para hacernos las cosas más fáciles si le confesamos qué es lo que queremos. Era cuestión de (poco) tiempo para que alguien comenzara a darle usos “terapéuticos” a la inteligencia artificial. Este cambiante panorama plantea nuevos interrogantes, y tratar de responderlos no es sólo una tarea de los profesionales de la salud mental.