Amar en tiempos pasados

26 de abril de 2026 a las 08:38 a. m.
Amar en tiempos pasados
El romance, en tiempos pasados.

“Noviazgos eran los de antes” solía decir mi abuela, Fidela, desconcertada con las costumbres de mi juventud, allá por mitad de los años ´50.

A finales del siglo XIX y principios del XX, no se decía noviazgo, sino estar prometidos; el muchacho era el pretendiente, la joven, la pretendida y estas relaciones eran, casi siempre, un compromiso en serio.

Siendo vecinos, las cosas se le facilitaban al joven, pues podía hablar con ella, proponerle encuentros o confesar sus sentimientos. En caso contrario, debía esperar que alguien –un amigo de la familia, un pariente de ella– lo presentara.

Era más difícil si llegaba de otra provincia, pues debía traer cartas de confianza para alguien de la ciudad y sólo así sería recibido en los hogares de cierto rango.

Una de las costumbres era "pasearle la calle" a la joven con un compañero de la familia mientras ella se encontraba tras las rejas de la ventana con sus amigas.

Si había interés, esperaría su paso aunque sólo fuera para saludarse a distancia; más adelante podía hablar con el amigo mientras el interesado aguardaba pacientemente, algo apartado de ellos.

Después de cierto tiempo, alguna de las señoras de la casa aparecería y como quien no quiere la cosa, invitaría al conocido a una reunión social que incluía al otro… si es que las mujeres mayores le daban el visto bueno: alguna tía había andado indagando, entre sus conocidos, por la familia de aquél asentada en nuestra ciudad.

Generalmente, un intermediario de confianza era quien se encargaba de averiguar si la joven estaba interesada, y, siendo así, dar a conocer los méritos del pretendiente: si estudiaba, si trabajaba en una tienda –oficio muy chic por entonces–, si era serio. Y así se pasaban los meses….

Si se le abrían las puertas de la casa, que éste ni soñara con estar a solas con la amada. Al principio rodearían a la pareja tías, abuelas y madres; más adelante, primas o hermanas. Pronto sería el momento de declarar sus intenciones y lograr cierta privacidad, como hablar en susurros, tomarse de las manos o coincidir en algunos eventos sociales.

Si el muchacho era algo osado, llegaría a robarle un beso en la mejilla y más difícilmente –aunque no imposible– en los labios.

Los regalos debían ser discretos: ramitos de flores, devocionarios en coberturas de moaré o tapas de cuero de Rusia con letras de oro y señaladores de seda… pero si avanzaba la relación, éstos obsequios podían volverse algo más costosos, pero nunca demasiado.

Si la jovencita no mostraba estar interesada, sólo tenía que rechazar, al entrar a misa, el agua bendita que el muchacho, solícito, le presentaría en la punta de sus dedos, sabiendo que aquel desdén podía herir profundamente al joven, especialmente si iba discretamente acompañado por algunos compañeros de la facultad.

La abuela materna de una muy querida amiga de mi juventud –Perla Allende, quien tenía una finca en Cabana–, me contó la historia de un estudiante que un amanecer, al regresar de una guitarreada, ve a una joven, acompañada de su criada, entrar a la iglesia de la Compañía de Jesús.

Atraído por su belleza, la sigue y queda fascinado con ella y su evidente devoción. Tanto, que comienza a esperarla cerca del templo. A veces la ve en la calle –siempre acompañada– y se quita el sombrero, pero ella nunca le presta atención.

Un día, él se planta al lado de la pila y le ofrece impetuosamente el agua bendita, pero la devota, sin mirarlo, moja los suyos en la fuente y sigue hasta un reclinatorio que tiene una chapa de plata con el nombre de su familia.

Dolido, por aquel rechazo, él decide no esperarla más. Se dedica con toda su voluntad a estudiar, se recibe en la Universidad con un título en leyes, viaja por el mundo y regresa, ya maduro, a la tierra en que nació.

Recuerda aquella figura angelical y habiéndose encontrado con un amigo de su primera juventud, lo invita a la casa paterna –ahora de su hermano mayor y de la familia de éste– y le cuenta aquella rara historia de su primer amor.

El amigo se lleva las manos a los ojos y le cuenta que ella no podía ver el ademán de él, ya que era ciega. Había muerto, de melancolía, sedienta de ser amada, pues nunca un hombre se había atrevido a hablarle.