Vengan todos a pelear a la peatonal
La gestión Giacomino se despide dejando un caos en el rincón más tradicional del microcentro cordobés.
"Ustedes, los periodistas, son una porquería". El señor –lentes oscuros, bigotes, musculosa– apunta al cronista con el dedo. "Sólo cuentan lo que les dicen los empresarios y los policías", agrega, sin dejar de ofrecer a los caminantes las películas pirateadas que vende en el tórrido mediodía cordobés: Medianoche en París , El ascenso del planeta de los simios , Actividad paranormal 3 . ¿Cuánto minutos duraría Woody Allen en la peatonal cordobesa? La San Martín es la peatonal más peatonal de todas las que existen en el centro capitalino. Empieza pituca, pisada por turistas que fotografían con cansancio europeo las figuras de atuendos indígenas moldeadas en las torres de la Catedral. So cute, darling! Va atravesada de ejecutivos brasileños que escaparon del hotel cinco estrellas a buscar algo rápido en la farmacia, de curas de alcurnia con sotanas de estreno. A las pocas cuadras nomás, la misma San Martín muestra la hilacha y termina guasa, grasa, xenófoba, colorida, con los salamines ofrecidos en la vereda y las cebollas rodando hacia los desagües en las puertas del Mercado Norte. Lugar común. La peatonal cordobesa es un planeta que puede prescindir por completo del resto de la ciudad. Tiene comida en los rincones, tiene promontorios de ropa como para vestir a los huérfanos de cinco Calcutas, tiene suficientes palomas para cagar las cabezas de todas las futuras generaciones de argentinos que la quieran visitar, tiene su propio idioma lleno de vocales que rechinan como tacos de zapatos, tiene mugre de colores, tiene gente que duerme tirada como sánguches de cartón viejo, tiene los ratones más educados y considerados del centro del país, tiene paneles de lentes polarizados para armar un telescopio espacial, tiene disfraces del hombre araña que aseguran la extinción de hasta el último malhechor, tiene promotoras de cada cosa innecesaria inventada en el último lustro, tiene números de loterías como para nutrir sueños de salvación de mundos enteros. En la San Martín, los vendedores ambulantes están al borde de la revolución. Pero no tienen ningún palacio para quemar, ninguna Bastilla que tomar, ningún intendente previó construir un castillo para ser quemado en ocasiones como esta. Los comerciantes, vendedores pero con techo y reclamos de Rentas, también quieren guerra. Dicen que están cansados, que así ya no se puede, que cada vez es peor.La peatonal es un lugar común de la ira cotidiana cordobesa. Un cliché omnipresente en titulares y en cualquier fascismo que se precie. Nunca falta una frase despectiva para regalar a sus molestias, a sus amontonamientos, a la imposibilidad de transitarla, a la inevitabilidad de vivirla aunque sea por una hora. Ir de vez en cuando a apretujarse y hacerse mala sangre en la peatonal es una prueba de que uno está vivo y de que sigue siendo cordobés. Para colmo es casi verano y en cualquier momento aparecen los primeros santaclós transpirados en sus esquinas."Ustedes los periodistas son todos mentirosos. Nosotros no tenemos problemas con los comerciantes. El problema es que ya somos cada vez menos argentinos", nos alecciona el propietario de un carro azul, como se denomina a los puestos que fueron autorizados por un intendente ya fallecido para ayudar a la economía de personas ciegas. Pero ya casi no hay ciegos a cargo de los carros azules. "Un señor ciego me lo alquiló", explica a su vez un señor de perfil rotundo, sin ningún problema en la visión, y se da por satisfecho. "Yo no soy ciego –dice un muchacho veintipico–, mi papá es ciego, ya es viejo, yo crecí acompañándolo cada día acá en la peatonal y ahora laburo en el puesto"."La macana es que argentinos somos pocos", dice el vendedor de pulseras energéticas que acompaña al vendedor de woodys allens. "Vaya y cuéntenos. Hace rato que los bolivianos y peruanos nos ganaron en número, y hace dos años aparecieron los negros, que ahora traen a sus mujeres y andan en cuatro por cuatro. Los argentinos somos casi nada".La llegada de los senegaleses, que hasta años atrás eran presencias estables en ferias como La Salada, en provincia de Buenos Aires, alteró el ecosistema ambulante de la peatonal cordobesa. Comenzaron con maletines con relojes y joyas. Ahora instalan tablones que relucen como un almuerzo de diamantes. No quieren hablar con los periodistas. Dicen que siempre los persiguen y culpan. "Además, como son grandotes, cualquier cosa que les decís te meten el pecho", agregan sus compañeros de ruta. Combate de los arbolitos. Hace pocos días los comerciantes, cansados a la décima potencia de la invasión ambulante, decidieron atacar con las armas del enemigo. Salieron y ocuparon ellos las veredas con percheros y góndolas y arbolitos navideños, para no dejarle lugar a los callejeros. Debió ser una escena digna de mirar. El dueño de un local de carteras le pateó la mesa a un vendedor de medias y calzoncillos que se instaló igual frente a su puerta. "Yo les pido siempre por favor, que no tapen la entrada a mi negocio. Los que hace años que están ahí me hacen caso, pero los recién llegados, no", cuenta la dueña de un local de ropa para niño, con 40 años de vida peatonalesca. "No, fotos no", dice. "Esta gente es violenta, no quiero problemas". El descontrol peatonal incluye a grandes empresas que, viendo que la desorganización siempre gana la batalla, decidieron hacer lo mismo que antes criticaban. Hay concesionarias, de las más conocidas de nuestra Comechingonia, que se instalaron en la peatonal con un cero kilómetro que corta el paso. Otros vocean peines a un mango, ellos enganchan futuros conductores de autos de 65 mil pesos con levantacristales. Los sábados a la mañana, la peatonal puede alcanzar el éxtasis: una señora ubica un viejo lavarropas tambor, le echa aceite, abajo le enciende fuego: de ahí salen las empanadas más cordobesas que se pueden conseguir en la actualidad."La solución es darles un lugar para que trabajen", dice el representante de la Cámara de Comercio para la peatonal. "Así han hecho en Tucumán, en Rosario". "La solución es que la Policía se ponga los pantalones y los raje a todos", opina un vecino de local. "La solución es tener intendente", agrega un tercer comerciante, que parece desconocer que la ciudad ya tiene uno hace varios años. "La solución es correr a los que no sean argentinos y que intervenga Migraciones", propone el ambulante de los muñecos Dragon Ball Zeta. "La solución es que se cumplan las leyes y no se pueda poner mercadería en el suelo", agrega uno de los cuatro policías que a la una de la tarde conversan en la esquina de San Martín y Olmos.Cuando esta ciudad desaparezca y apenas sea una referencia sin importancia en las computadoras líquidas de las naves del futuro, sólo bastará con una pequeña referencia a la peatonal San Martín. Valdrá la pena guardar el recuerdo del olor a pancho electrónico, del brillo de los ojos de los que compraban las pulseras energéticas, de las discusiones que mantenían las palomas en el paraíso de las pérgolas, del grito de los chicos cuando se les caía al piso la torre del helado. Y hasta en ese recuerdo, la peatonal seguirá siendo un caos.

