Por el renacimiento de las plazas
Se han vuelto a ver chicos jugando en la calle. La moda, en este caso reimpuso las prácticas puertas afuera. Rosa Bertino.
No lo van a creer. Estamos a punto de dar dos buenas noticias. Previamente, cruzamos los dedos, dimos vuelta la silla, pusimos a San Expedito mirando a la pared, hervimos un renacuajo en ruda macho y sal gruesa y con el caldo rociamos la puerta de entrada. En esta sociedad de derrotados y derrotistas, antes de destacar algo positivo hay que tomar recaudos. La mala onda hace que cualquier constatación favorable corra peligro. Y también quien la da.
Para no tener problemas con los animalistas, aclaramos que el renacuajo era un occiso: no ingresó vivo al agua hirviendo. De vez en cuando, alguien podría ilustrar un poco sobre pócimas, afrodisíacos y llamadores de la suerte. A la receta del sapo, la tuvimos que sacar a ojo.
Preparados, listos... ¡ya! Hace un tiempito que se han vuelto a ver chicos jugando en la calle. No debe haber paisaje más sublime que esa explosión de pantalones caídos, aritos y crenchas estrafalarias. En general, son preadolescentes que pasan con sus patinetas en dirección a algún lugar con rampa o calles poco transitadas. Ahí toman envión y realizan piruetas formidables. Son varones, desde luego, pero ésa es otra cuestión. Los comerciantes reconocen que se venden más skates y, ni hablar, cuadriciclos, que bicicletas. Por una vez, demos gracias a la moda, que en este caso reimpuso el patinaje y las prácticas puertas afuera (outdoors).
Con los pies. Hay dos indicios de recuperación social. Uno, que los chicos no tengan que estar encerrados y realicen una actividad irreemplazable: jugar en grupo. Dos, que las plazas sean lo que siempre fueron, desde la época de los griegos: un lugar público y no sólo para viejos dormitando o parejas "chapando". En esta ciudad atosigada de problemas, ver la plaza Jerónimo del Barco los feriados o fines de semana es un espectáculo gratificante. Por empezar, he ahí una urbanización pensada. Hacia 1935, alguien previó que la zona necesitaría un pulmón comunitario. Y le reservó una manzana sobre avenida Colón. Pocos barrios pueden decir lo mismo. La mayoría apenas dispone de triangulitos y plazoletitas en mal estado. En cambio, la de Alto Alberdi es una romería. Hay de todo, desde calesitas hasta señores jugando a las cartas o a las bochas, familias mateando, puestos de venta y clases de baile.
Volvamos. Sin duda, esos chicos y esos vecinos son minoría. Aun así, la inseguridad debería atemorizarlos, igual que al resto. Por lo visto, decidieron no hacer caso y abrir la puerta para ir a jugar o a la plaza. No estaría mal imitarlos. En vez de grandes batallas por el planeta, el clima, el desarme mundial y la libertad de los oprimidos, luchemos por recuperar los espacios comunes.

