Para la corrupción es necesario más que un corrupto
Jaime puede ser un chivo expiatorio para evitar que se avance sobre los K. Roberto Battaglino.
Hasta los jueces empiezan a reconocer que no investigan a los corruptos mientras tienen poder.
El domingo, la jueza Aída Kemelmajer lo dijo con todas las letras en una entrevista con La Voz del Interior . Claro está, la jurista mendocina lo dijo a pocos días de dejar su cargo. Tal vez tendría más valor que un magistrado en plena actividad haga un reconocimiento de esa naturaleza y luego junte coraje para revertir ese sino trágico de la impunidad en el poder.
El que gobierna siempre va a intentar torcer la voluntad del que juzga. El problema es cuando el que juzga se doblega ante la presión.
La gestión de los Kirchner, en aquella lejana luna de miel con la sociedad en 2003, pareció armar una Corte Suprema con cierto grado de independencia. A renglón seguido, cambió el Consejo de la Magistratura, el organismo que nombra y destituye a los jueces, para que el oficialismo tuviera mayoría. Traducido: el juez que se mete con nosotros, se va. Mientras, con el paso del tiempo, la Corte dio algunas muestras de independencia, después de aquella vergonzante composición adicta al menemismo. Quedará para la historia la duda sobre si esa autonomía obedeció a fuertes y profundas convicciones o a la sagaz lectura de que el poder de los Kirchner comenzaba a eclipsarse.
El otro gran interrogante es si la investigación a Ricardo Jaime, quizá el funcionario que mayor ostentación hizo desde el regreso de la democracia, se trata de una saludable práctica de investigar la corrupción en plena gestión o es sólo un chivo expiatorio, sacrificado para intentar que ahí se frene la embestida contra quienes confundieron dineros públicos con privados, en la era K.
Cuando le tocó juzgar al menemismo, la Justicia se dio por satisfecha con condenar a ese arquetipo de la corrupción que fue María Julia Alsogaray.
¿Ocurrirá lo mismo con el kirchnerismo, que ahora recurre a los favores de Menem para evitar ser derrotado en el Senado?
Lo cierto es que en Argentina nos acostumbramos a analizar el fenómeno de la corrupción sólo poniendo las cargas en el funcionario deshonesto que goza de impunidad.
Hay dos cuestiones que faltan en el análisis. Por un lado, la contraparte que permite que un funcionario sea corrupto: empresario, sindicalista o representante de alguna corporación. Es poco probable que haya un país con burócratas corruptos y empresarios honestos. Por otro lado, no hay condena social a los magistrados y a los responsables de los organismos de control que, por acción u omisión, no persiguen los desmanejos de los dineros públicos.
Si la investigación termina en Jaime, será una garantía de que en Argentina seguirá habiendo corrupción después de los K.

