"Me pareció ver un lindo gatito"
Los diminutivos pueden ser extraordinarios recursos, sea para denostar, sea para alabar a una persona. Juan Carlos Carranza.
En la cínica exclamación de Tweety: "Me pareció ver un lindo gatito", el diminutivo es usado para ningunear al pobre Silvestre y para propiciar que muchos televidentes roguemos que algún día ese "lindo gatito" finalmente se coma al insufrible canario (de la misma forma que deseamos que el sufrido Coyote atrape al insoportable Correcaminos).
Los diminutivos son sufijos que disminuyen (valga la redundancia) el significado de una palabra y pueden ser extraordinarios recursos para utilizar en diferentes contextos. Se los puede usar en forma peyorativa, como en el caso del canario Tweety (aunque no lo parezca), para sacar ventaja de alguna situación o para justificar una conducta por demás reprochable.
Peyorativos. Es muy fácil caer en el diminutivo cuando queremos denostar a alguien.
Ocurre muy a menudo en el ámbito del fútbol. Por ejemplo, un caso que se recuerda es el de Diego Latorre, ex jugador de Boca Juniors. Cuando tenía partidos memorables, los hinchas se referían a él con nombre y apellido. Caso contrario, se transformaba en "Gambetita". Lo mismo sucedía con Ariel Ortega, ídolo de River Plate, en sus comienzos. Cuando jugaba bien, era Ortega; pero cuando sus amagues eran improductivos, era "Orteguita".
Ventajeros. El diminutivo también suele ser el gran ardid de aquellos que buscan adelantarse o abreviar los trámites en las colas de bancos. "¿Me hacés un \'favorcito\'? ¿Me pagás este impuesto que estoy reapurado, tengo a mi vieja enferma y el auto en doble fila?".
Después están los que rompen filas y se acercan al cajero con la inocente: "¿Te puedo hacer una preguntita?", con la secreta esperanza de que eso les permita concretar el pago o la consulta.
Protectores. Está el diminutivo de claro tono protector, muy utilizado para atenuar las calamidades o barbaridades cometidas por alguna persona. "Pero si son chicos, pobrecitos, estaban jugando...", suele escucharse de boca de alguna madre apañadora cuando se excusa ante un vecino por la trayectoria perdida de un balón que hizo trizas el vidrio de una ventana.
O bien, el sufijo se presenta para alabar las cualidades de un tercero: "¿Quién va a estar a cargo? ¿Lopecito? Ah, qué bueno, es una garantía, me quedo tranquilo".

