Entradas para la Copa América: una odisea
Ayer martes fui a retirar las entradas que compré por internet para el partido de Argentina vs Costa Rica. Las entradas las adquirí con suerte y perseverancia en Ticketek vía internet: cualquiera diría que es el sistema más cómodo y ágil para adquirir entradas, digno de un país del primer mundo. Las entradas impresas se debían retirar en la sede de Instinto. Cuando llegamos el martes a las 13:00 al Club Instituto nos encontramos con una cola interminable de gente absorta e indignada porque desde las 7 am que estaban esperando.
La fila avanzaba, literalmente, a paso de hormiga. Calculen que el moderno sistema de entrada de Ticketek implicaba a cuatro infelices buscando, sobre una lluvia de incesantes insultos, la entrada nominal de cada una de las personas sobre una mesa donde se encontraban las cuarenta y pico mil entradas sin ordenarlas ni sistematizarlas de modo alguno!!!
Un proceso prehistórico e inconcebible para una empresa que se emerge como la primera expendedora por internet de entradas y boletos de Argentina. Devolver la entrada no era opción segura dado que el sistema no facilita esa opción y solo emite tras eternas llamadas telefónicas, una dudosa nota de crédito.
Con 7 meses de embarazo me acerqué a los guardias de seguridad preguntando si, en mi condición podía tener acceso (ley 9131 ampara a embarazadas o personas con movilidad reducidas donde es obligatoria en organismos públicos y entidades privadas la atención preferencial). La respuesta del policía fue la siguiente: “Esto es un espectáculo deportivo, no el museo de ciencias naturales, usted decidió ir a verlo, no está obligada, haga la cola como todo el mundo”. Con lo cual, ante la falta de educación cívica, me fui a hacer la cola y a esperar de pie junto con el resto.
A las 18:30 comenzaron a cerrar algunas de las cuatro ventanillas de expendio, como indicio de que cortarían pronto la emisión de entradas. Ante la indignación de la gente, el personal de la empresa expendedora alegaba que a ellos “no le pagaban horas extras y se irían en su horario” y que si no había más personal trabajando era porque Ticketek “no tenía presupuesto”. Dudando que en mi estado tolerara otra jornada similar, me acerqué al ingreso vallado de las ventanillas de expendio y solicité al guardia, haciendo valer mis derechos, que me dejase pasar. El mismo me aclaró que podría pasar al final de los últimos que les iban a entregar las entradas haciéndome cargo de la reacción del resto de las personas. No entendí por completo el mensaje hasta que superé la barrera de seguridad y recibí la lluvia de insultos e improperios de los que esperaban desquiciadas desde las 9 de la mañana y que no había llegado a pasar.
¿Qué me podía esperar de ellos, si su indignación ahora se focalizaba en una mujer embarazada que accedía a un derecho concedido donde, en otras circunstancias normales, la prioridad, no debería sentirse como haber ganado la lotería (si es que “lotería” implica soportar de pie esa cantidad de vejaciones recibidas durante los 20 minutos que pasaron hasta que me atendieron en el último lugar)?
No se puede pretender, una actitud menos violenta e irrespetuosa en una sociedad donde no somos capaces de respetar el paso en una rotonda, el paso de peatones, o la misma caja de prioridad en el supermercado. Tenemos la incapacidad absoluta de respetar al otro frente a nuestra propia individualidad.
¿Cómo podemos ilusionarnos con una actitud diferente si, ante la irreal situación que se estaba viviendo en la entrega de entradas, las autoridades de Ticketek carecieron de un mínimo de conciencia social, para revertir la situación? ¡Qué pensamiento romántico el mío de pretender consideración y conciencia social, sabiendo que la coerción económica y jurídica es la única forma de presión que tienen personas como estas! ¿Qué esperanza nos queda si los organismos públicos con autoridad que deberían interceder, tienen el chiringuito armado? No pretenderemos que los señores de la AFA se impliquen cuando cerraron, asadito de por medio el negocito de las entradas con su amigo Ticketek. Ni menos el gobierno que, en cuestiones de futbol, parece que no tiene la última palabra, ya que se ha demostrado en los desmadres de River, que en este país el futbol tiene más poder que el Papa.
¿Qué solución se le puede pedir a Defensa del Consumidor, si es un organismo instituido en un país donde la regulación y el correcto funcionamiento de las empresas y organizaciones está primeriado por el clientelismo y el acomodo? ¿Es que al final sólo nos queda el reclamo popular, la presión de la prensa, y la indignación social, que nos convierte en intolerantes e irrespetuosas personas, que optan por el individualismo y la ley de la selva? Triste, muy triste. Evangelina Darsie

