Cuando el mensaje del cambio recuperó la salud
Cuando puso su rúbrica en nombre de su madre, vencida por el cáncer Obama demostró que tenía razón.
Pasaron 14 meses para que Barack Hussein Obama pudiera estampar su firma en la que, desde que asumió en enero de 2009, había definido como la reforma más importante para su gobierno.
Fue un año completo de disputas y concesiones para intentar, en vano, vencer la resistencia de los republicanos y convencer, en última instancia, a los más renuentes dentro de su propio Partido Demócrata.
Es cierto que la redacción final de la norma sufrió varias mutaciones con respecto a la iniciativa original y que, aun así, quienes se oponen a la reforma preparan recursos legales para impedir su paulatina entrada en vigor, pero Obama sabe que su logro de la noche del domingo en el Capitolio es algo que no pudieron alcanzar algunos de sus predecesores en la Casa Blanca como Harry Truman, Lyndon Johnson, Richard Nixon o Bill Clinton.
Por eso ayer, cuando puso su rúbrica en nombre de su madre, vencida por el cáncer y la indolencia de las compañías aseguradoras, el presidente demostró que no se había equivocado al focalizar sus esfuerzos en el plan de salud. El marco para la firma en la Casa Blanca, con invitados y detalles llenos de simbolismo, tal vez no hayan ablandado los corazones de sus detractores, pero seguramente emocionaron, otra vez, a quienes el 4 de noviembre de 2008 votaron de modo masivo por el cambio.
Razones de ser. Y si de cambios se trata, la reforma de salud impulsada por Obama, aunque acotada, representa el más concreto y contundente viraje del primer presidente negro con respecto a su antecesor inmediato, George Walker Bush.
Después de ocho meses de deambular en la Casa Blanca como un gobernante dubitativo y gris, los sucesos del 11 de setiembre de 2001 le dieron a Bush la razón de ser de su gobierno. Sobre los escombros humeantes de las Torres Gemelas, el mandatario tejano se proclamó “presidente en guerra” y aclaró que esa guerra sería global y sin convenciones por la naturaleza del enemigo: el terrorismo.
La escena de ayer en Washington dejó ver los contrastes con aquella de hace ocho años y medio. Aunque no se autoatribuyó título alguno, Obama podría ser llamado el “presidente de la salud”.
Sin embargo, las airadas reacciones de los conservadores más radicales y los recursos que amenazan con interponer poderosos sectores económicos, cuyas ganancias podrían menguar, indican que el último capítulo de la disputa no se ha escrito aún.
Así, por si los fiscales fracasan en su batalla judicial, varios republicanos vaticinan que el veredicto contrario al plan de Obama lo darán las urnas en noviembre, cuando se renueve el Congreso. Algunos, como el senador John McCain, se animaron a augurar el fin de la mayoría demócrata.
Un médico a la derecha. En el mismo partido del presidente, hay quienes creen que éste deberá dar señales de aquí a los comicios para contentar a su ala más conservadora. Otros lo alientan a tomar la reforma de salud como punto de partida para nuevos virajes internos o en la arena internacional.
El demorado cierre de la prisión de Guantánamo, los ambiguos mensajes en torno a las guerras de Afganistán e Irak y el condescendiente rescate de la quiebra a muchos de los responsables de la crisis, le valieron al jefe de la Casa Blanca críticas e imputaciones de continuismo.
Ni tanto ni tan poco. Invertir 938 mil millones de dólares en 10 años para beneficiar a 32 millones de personas puede ser el sello de Obama, aunque no cubra todas las demandas sociales del país más poderoso del planeta. Pero ver a la ley promulgada ayer como el “germen del comunismo” en Estados Unidos, tal como hicieron algunos voceros de la derecha estadounidense, parece síntoma de alguna patología merecedora de atención médica urgente. Por suerte, estos enfermos parecen tener seguro.

