Temas del día:

Como te digo una cosa, te digo la otra

Kirchner cuestiona una política económica y y, al mismo tiempo, la política económica diametralmente opuesta. Adián Simioni.

29 de abril de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Como te digo una cosa, te digo la otra

El martes, luego de dejar plantados a una docena larga de gobernadores a los que había convocado a debatir un nuevo esquema de coparticipación de impuestos, el presidente Néstor Kirchner prefirió reunirse con el Consejo Nacional del PJ (con Hugo Moyano, !bah!), aparentemente para tratar el mismo tema.

Sin embargo, lo que hubo fue un acto en el que el Presidente habló ante militantes cegetistas. Allí, como suele hacer, expresó una larga y ya tradicional lista de chicanas destinadas a castigar a radicales y a duhaldistas.

Para los primeros, recordó -como si él no hubiera sido gobernador en todos esos años- que "son los mismos que defendían la ley de convertibilidad y que querían un país de servicios en vez de un país industrial". Para recordar a Duhalde, dijo que en el país "hubo una devaluación asimétrica que devaluó el salario y pagamos los argentinos para licuar deudas de grupos económicos".

Es curioso. Kirchner cuestiona una política económica y, al mismo tiempo, la política económica diametralmente opuesta. Pero más curioso resulta aún el hecho de que el Gobierno de su esposa está en estos momentos justo ante un dilema que tiene a una de esas políticas en un lado y a la contraria en el otro: ¿devalúo el peso para restituirle a la industria la competitividad que los sectores productivos reclaman cada día con más fuerza o congelo la cotización del dólar para desalentar la inflación y frenar así la molestia cada vez más patente entre quienes ven cómo sus salarios pierden poder de compra?

Sobre esta cuestión de fondo, hay silencio. Kirchner prefiere mantener las opciones abiertas. Y llenar el vacío con el ruido de las chicanas.

Lo mismo hace el Gobierno en varios campos. Después de todo, mantener ambas luces de giro encendidas es la mejor manera de reemplazar políticas públicas consensuadas, explícitas y duraderas por golpes de timón más útiles a la necesidad facciosa y temporaria de un poder que hoy sólo piensa en cómo repetir en 2011.

Funciona. Si el conteo diario de votos en el Congreso da alto riesgo de que cambie la distribución de la recaudación por el impuesto al cheque, la Presidenta tira la idea de derogarlo basándose en el hecho de que se trata de un impuesto distorsivo. Eso -y que alienta la economía en negro y la competencia- se sabe desde que se impuso el tributo por primera vez. Y lo reclaman desde siempre los sectores productivos.

Pero si el riesgo disminuye, no se habla más del tema. Aparentemente, para los tributaristas kirchneristas, el impuesto es distorsivo sólo si lo cobran las provincias.

Si el riesgo vuelve, para no cansar a la tribuna con lo mismo -y no correr el riesgo de que alguien se tome en serio la derogación del impuesto- se tira la idea de modificar la coparticipación impositiva. Se llama a los gobernadores más afines. Pero si ese día el riesgo no es alto se los deja esperando.

También vale para políticas sectoriales. Se autorizan subas tarifarias para la energía pero, si hay protesta, se da marcha atrás. De pronto, deja de importar si es sostenible que por la tarifa residencial más cara del gas se pague apenas 32 por ciento de lo que lo cobra quien lo extrae en el país o apenitas el 12,8 por ciento de lo que cuesta el gas licuado que Enarsa trae en barco. Del tema de fondo no se habla.

La práctica del kirchnerismo es poner las políticas públicas al servicio de su propio poder político. ¿Que todos los gobiernos lo hacen? Sí. Pero no hasta estos extremos. Y aceptarlo es conformarse con poco. Para eso se supone que está la "institucionalidad": para limitar la discrecionalidad. Mejorarla había sido la única propuesta de campaña de Cristina Fernández.