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Ya no se puede mandar a un chico al quiosco

El nene tiene todos los chiches imaginables. Tiene familiares y docentes que lo aman. Pero no puede ir a comprar un saché de leche al quiosco de la esquina. Rosa Bertino.

14 de abril de 2012 a las 12:01 a. m.
Rosa Bertino (Especial)
Ya no se puede mandar a un chico al quiosco

"Fijate vos, ayer me quedé sin leche y lo mandé a mi nieto al quiosco, pero no quiso ir… tuvo miedo", le contó una abuela a la vecina. "¡Y vos mandaste el chico al quiosco!", le recriminaron todos. En su defensa, la increpada arguyó que el nene tiene 9 años y es un aventajado alumno de cuarto grado en un colegio bilingüe. Que lo había mandado a la despensita que queda a menos de una cuadra, en un barrio donde todos se conocen. Fue inútil. Nadie lo entendió así. Lo tremendo de esta anécdota –verídica– es que es muy anterior a lo que pasó con Rocío. A partir de este trágico suceso, la abuela bizarra se tiene que aguantar reproches del tipo "¿te das cuenta de a qué lo exponías a tu nieto, pedazo de tarada?" Conclusión: el nene tiene todos los chiches imaginables. Tiene familiares y docentes que lo aman y se desviven por él. Pero no puede ir a comprar un saché de leche al quiosco de la esquina. Experiencia vital. El año pasado, una veterana psicomotricista comentaba que "se nota que el niño de ahora carece de experiencias vitales". Aunque maneja muchas máquinas y botones, lo hace entre cuatro paredes y participa muy poco del quehacer doméstico. Además, apenas empieza la escuela, su infancia se ve acotada por la cantidad de tareas que debe hacer en la casa. Las pocas horas que puede pasar con mamá o papá tienen como marco las persecuciones para que haga las tareas. Así se llega a la pubertad. El adolescente no está diseñado para vivir en una burbuja. En todo caso, que esta sea lo suficientemente grande como para que quepa todo el curso y entre en un boliche de Alta Córdoba o Nueva Córdoba. Las instancias previas a la salida grupal son un espectáculo aparte. Hace poco, una morochita preciosa acaparó secadores y lavacabezas en la peluquería para una renovación total. Antes de salir, se retocó el rímel de las pestañas, los aritos de las cejas y se acomodó el celular en el escote, a lo Larissa Riquelme. "¿Cuántos años tenés, tesoro?", le preguntó una viejecita para nada encantadora. "Trece", fue la respuesta. La madre acusó recibo de la indirecta y esgrimió una insólita coartada: "Ahí donde usted la ve, es una inmadura total". Y claro, como si tuviera 13 años… encima los engañosos 13 años de ahora.Como siempre, uno siente ansias de echarle la culpa a la tele y a las revistas. Las gomerías de antaño son una sala de velatorios al lado del despliegue de los quioscos. Los niños miran y preguntan. Cualquiera puede comprobar que esa visión suele ponerlos incómodos. Porque después uno les dice otra cosa muy distinta respecto del nudismo, el toqueteo y el pudor.