Una vieja cantera, fantasma que merodea en La Cumbre
Está a 12 kilómetros del ingreso a esa localidad. A su alrededor se tejió un pueblo, con escuela y ferrocarril. Funcionó un siglo, hasta los 80. Hoy está abandonada. Ver galería de fotos.
El espectro de piedra espía el valle por sobre la fronda de los nogales. Los árboles –algunos robustos, otros enclenques– parecen definitivamente entregados a la gula insaciable de los claveles del aire. La ruina domina el caserío vacío desde una leve colina, a unos 150 metros de la tranquera de palo que frena la huella enripiada por la que se llega al lugar (Ver infografía). Estamos en Cantera Centenario Argentino, una especie de pueblo fantasma al que se llega desde Córdoba por ruta 38 –desde el ingreso a La Cumbre, 12 kilómetros hacia el oeste, detrás del aeródromo–, pero no hay camino ni huella que conduzca al lugar (Ver galería de fotos). Hipólito Tulián (74) recorre ese trecho a paso lento. Le pesan las piernas más por los recuerdos alborotados que trae la memoria a su encuentro, que por el tiempo vivido. Hace un paneo con la mirada desde las serranías del este hasta las lomas del oeste, donde los arbustos espinosos cobijan bajo su sombra a los hornos donde se quemaban las rocas calizas. Media docena de aves "preseras" planean en el cielo y el chirrido oxidado de las aspas de un molino de viento desentona con la sinfonía natural.Don Tulián nació en San Ignacio (al norte de Punilla), en agosto de 1936. A los 20 años, entró a trabajar en la cantera Centenario Argentino, que fundara –hace más de un siglo– Eduardo Quinteros, quien fuera presidente de la primera comisión municipal de La Cumbre e iniciador de la industria del mármol en el país. En ese yacimiento de La Pampa del Potrerillo –paraje ubicado a unos 12 kilómetros de la localidad más señorial del principal corredor turístico de Córdoba– bruñía los bloques de granito a fuerza de martillo y buril. Cumplió esa rutina durante un cuarto de siglo, hasta que el filón empezó a mostrar signos de agotamiento y su patrón decidiera replegar de a poco el acantonamiento."Acá viví los mejores años de mi vida. Acá llegué ni bien me casé (con Mercedina Mercado) y acá nacieron, hicieron la primaria y se criaron mis seis hijos", cuenta Tulián y la emoción le anuda la voz en la garganta. "Esto era como un pueblo: había unas 30 casas donde vivían el capataz y los obreros, una escuela fiscal, una proveeduría, acopiaderos enormes, una báscula donde se pesaban los camiones y hasta un ramal del ferrocarril por el que llegaba la locomotora carguera en la primera época de la explotación", apunta el hombre. Recuerda, además, que un cura venía, domingo de por medio, a oficiar misa a la cantera. También, que junto al molino de viento (construido por la firma Erbaudo e Hijos) había una cancha de fútbol. En ese "potrero", el 11 local solía recibir los fines de semana a equipos de San Esteban, La Cumbre, Capilla del Monte y otras poblaciones de la comarca, evoca el baqueano.Tulián fue empleado de Gabriel Funes Vergonjeanne, quien sucedió en el establecimiento extractivo a Quinteros y a César Deanna. Él nos acompañó en el recorrido por ese pueblo "fantasma", escondido, a medias, en la espesura silvestre, donde el aire que se respira huele a tomillo, ruda y durazno. Piedras preciosas. En el albor del siglo 20, Eduardo Quinteros comenzó a explotar la cantera de La Pampa del Potrerillo. El filón entregaba mármoles de calidad "insuperable", según un informe elaborado en 1909 por la División Minas, Geología e Hidrología del Ministerio de Agricultura de Córdoba (expediente Q-N 4634-7). Las cualidades de la roca fueron reconocidas en una exposición en Buenos Aires, que se desarrolló en 1910: obtuvo el primer premio del certamen. Por esa razón, la cantera pasó a llamarse Centenario Argentino. Arquitectos de fama y escultores prestigiosos comenzaron a demandar los granitos de Punilla para la realización de sus obras de arte. Con mármol rosado de su propio yacimiento, cristales, acero y madera noble, Quinteros hizo construir el castillo Los Troncos, que se mantiene casi incólume en la periferia de Villa Giardino. La fortaleza –prometida a su madre– tiene un cuarto de baño hecho de un solo bloque de mármol. También, un jardín de invierno encerrado en piedra rosa y una escalera imponente del mismo material.En la década del '20, César Deanna arrendó la cantera que luego cedió a Gabriel Funes Vergonjeanne, quien la explotó hasta comienzos de los '80. "Cuando los cuatro hornos de cal funcionaban a full , trabajaban ocho calderistas en doble turno; se producían hasta 20 mil kilos de cal por día", recuerda Tulián de aquella época gloriosa. El paso del tiempo y el abandono convirtieron a la aldea minera en un pueblo fantasma. De la que fue una vigorosa comunidad picapedrera, sólo quedan ruinas de la escuela, las casas del capataz y de los peones, los lavaderos, un enorme salón de arcos formidables, el polvorín donde se almacenaban los explosivos, los crematorios de la piedra caliza y otras estructuras rústicas. Todas le confieren al lugar un aspecto tan rancio como encantador. Digno de mejores causas.

