Usuarios, los maltratados de siempre
En la ciudad de Córdoba, quien viaja en ómnibus está constantemente sometido a maltratos. Usa el colectivo quien no tiene otra posibilidad, porque hay que tener algo de masoquista para abandonar las ventajas que tienen los modos de transporte individuales sobre los colectivos.
No existe posibilidad de una ciudad sustentable sin un transporte público de calidad. Y para que sea de calidad, debe estar enfocado sobre el usuario.
En una escala de valores, quien decide viajar en el transporte público debiera estar por encima de quien lo quiere hacer en auto, moto o incluso en taxi o remise.
Pero en la ciudad de Córdoba, quien viaja en ómnibus está constantemente sometido a maltratos. Usa el colectivo quien no tiene otra posibilidad, porque hay que tener algo de masoquista para abandonar las ventajas que tienen los modos de transporte individuales sobre los colectivos.
Por un lado, el usuario tiene que enfrentar la incertidumbre que ofrece el sistema. No hay mañana en que una demora mayor que la habitual desate en la cabeza del pasajero la pregunta “¿estarán de paro o asamblea?”.
Para el gremio de choferes, los cientos de miles de personas que usan el sistema son los rehenes perfectos para conseguir una respuesta inmediata, más allá de la legitimidad o no de un reclamo.
Una medida tan drástica como un corte de servicio está al alcance de la mano para dirimir una disputa interna en el sindicato, para pedir un aumento salarial, para presionar por un aumento de sueldo o para quejarse por la falta de mantenimiento de la flota.
Si no hay paro, también está la incertidumbre de cuándo pasa el colectivo. Es muy difícil planificar algo tan preciado como el tiempo si no se sabe a ciencia cierta a qué hora llegará el próximo ómnibus. En un relevamiento realizado por este diario y publicado el lunes, en el 83 por ciento de las líneas se registraron esperas de más de 15 minutos.
Tampoco es fácil ser usuario cuando esas esperas se soportan en la calle sin alumbrado y con el miedo a un asalto a flor de piel, o sin un techo que resguarde.
Ni ayuda la amenaza constante de una nueva suba del boleto.
Menos aún cuando las obras viales millonarias no se planifican con la idea de garantizar un espacio para el ómnibus, que llevando 60 personas arriba debe competir por el espacio contra otros vehículos que trasladan a una o dos personas.
La ecuación es simple: no hay ciudad sustentable sin usuarios jerarquizados.

