Una vecina con un siglo de historia para contar
"Chela" cumple hoy 98 años. Muy joven se casó con Luis Federico Remonda, por años director de este diario.
De los 200 años que cumplió la Argentina ella vivió casi la mitad, y se mantiene lúcida para contarlo. Celia Antolín Solache de Remonda, "Chela", es parte de la historia de Córdoba y también de este diario, y le gusta contarla con inteligencia, una buena cuota de humor y lujo de detalles.
Nacida el 30 de mayo de 1912, cumple hoy 98 años, y hace horas que lo celebra con sus familiares y afectos en una fiesta que empezó ayer en Villa Carlos Paz y se extenderá mientras ella quiera narrar sus divertidas anécdotas o sus vivencias que son reliquias de un pasado que la mayoría sólo conoce por los libros.
Oriunda de Buenos Aires, llegó a Córdoba en 1930 para visitar a una hermana que se había casado con un cordobés. Allí conoció al joven ingeniero Luis Federico Remonda, quien sería por muchos años director de este diario, un motivo más que suficiente para quedarse en Córdoba para siempre. "Me enamoré enseguida de él, y como no quería que gastara para ir a visitarme, me quedé yo en Córdoba", confiesa.
Se casó con ese amor y fundó una familia integrada por dos hijos, seis nietos y 12 bisnietos, los que hoy adoran su frescura y la riqueza de sus relatos, los que se nutrieron por su amor a la lectura. "Como mi marido llegaba siempre muy tarde del diario, a las 2 ó 3 de la mañana, yo leía una novela por noche para esperarlo".
¿Hay algo que sintetice su vida? "Si, mi familia y el respeto que tuve siempre por el trabajo de mi esposo, porque pese a que se iba a las 5 ó 6 de la tarde y volvía a la madrugada, por lo que siempre digo que lo tenía cama afuera, nunca me quejé, porque era su pasión y su forma de vida", resume Chelita, cuyo tono de voz se torna chispeante al recordar al hombre al que le entregó su vida. De él sigue contando: "Llegó a ser un especialista en rotativas, y por ello viajó por varias provincias para asesorar en su instalación. Yo lo acompañé a Santiago del Estero, pero él también estuvo en diarios de Salta y Santa Fe, entre otras provincias".
Desde el amplio living de su céntrico departamento, ubicado justo frente a la sede histórica de La Voz del Interior , en la primera cuadra de la avenida Colón, mira por la ventana y parece ver esos imborrables momentos que hicieron historia. "Pasaron tantas cosas acá; recuerdo que en una de las tantas revueltas, mi marido y todos los empleados quedaron atrapados en el diario y, por seguridad, no pudieron salir por tres días. Fue entonces que juntamos todo lo que había para comer en casa y se los mandamos. Tuvieron que pasarle esa comida por los techos de atrás. Por suerte, los días siguientes les mandaron más comida desde el Hotel Viña de Italia".
Se detiene un momento y el brillo de sus ojos parece cruzar la calle. Sigue: "Me gustaba ir al diario, pero sólo a charlar con los empleados. hablábamos cosas de la vida, de la familia". Luego, señala al fotógrafo de esta nota y dice: "A él, por ejemplo, lo recuerdo de chiquito, cuando venía con el padre y se ponía a correr entre los rollos de papel; eran muy traviesos los chicos, pero me querían mucho y siempre corrían para abrazarme y besarme apenas me veían llegar".
Las inundaciones de la ciudad, los atentados contra el diario y la libertad de prensa, las bombas que pusieron tanto en el diario como en su propia casa, la detención de su cuñado, la relación de su esposo con importantes personalidades, como el ex presidente Arturo Illia, son capítulos que brotan de su inagotable memoria, con detalles muy finos, como la marca de uno de los autos que tuvo su marido: un Opel Capitol, con el que solía llevarla, a las 2 ó 3 de la mañana, a cenar a El Emperador. En ese restaurante los atendían pese a lo tarde que se desocupaba ese hombre al que amó tanto y que la convirtió en una vecina más de una Córdoba que la tiene como parte de su historia.

