Gente picante. Ulf Ola Torkel Karlin: La naturaleza no se domina, se escucha

Durante décadas trabajó junto con comunidades criollas y pueblos originarios. Hoy asegura que muchas de las respuestas que buscaba como científico las encontró caminando el monte junto a ellos.

19 de julio de 2026 a las 10:01 a. m.
Ulf Ola Torkel Karlin: La naturaleza no se domina, se escucha
Ulf Ola Karlin ingeniero agrónomo especialista en árboles de la Argentina en su casa en Unquillo.

–Ulf OlaTorkel Karlin... ¿Cuál es el apellido ahí?

–Karlin.

–¿Y los otros tres son nombres?

–Sí, los otros tres son nombres.

–¿Y acá, en cordobés, cómo te dicen?

–Ola. O "el Sueco", ja.

–O "el Sueco" también. ¿Cómo viniste acá a Córdoba?

–Mis padres vivían la época de la Guerra Fría en Europa. En ese momento estábamos en Noruega y decidieron irse lejos. Tenían dos opciones: Australia o Argentina. Tiraron una moneda y salió Argentina.

–¿Así? ¿Literal?

–Sí, literal. Mi madre había sido enfermera y mi padre tenía una empresa de venta de automóviles en Noruega.

–¿Y dejaron todo?

–Todo. Nos vinimos. Éramos cuatro hermanos en ese momento y la más chica nació acá, así que ella sí es bien argentina. Primero recorrieron el país. Fueron al sur, al norte, al este y al oeste. Les encantaron las Sierras porque era lo más parecido a Noruega. Entonces decidieron radicarse en Córdoba y nunca más se movieron de acá.

–¿Y nunca más volvieron?

–Sí, fueron algunas veces, pero adoptaron este país como propio. Les encantó Argentina.

–¿Qué te decían de la guerra?

–Era una preocupación permanente allá. Acá no tanto. Me acuerdo de que todos teníamos una tarea asignada. Todos los lunes, a las 8 de la mañana, sonaba la sirena. Si alguna vez sonaba fuera de ese horario, significaba una emergencia. Cada uno sabía lo que tenía que hacer. Mi tarea era cuidar el tanque del inodoro porque esa era la reserva de agua. Tenía 10 años.

–¿Llegaron directamente a Córdoba capital? ¿Cómo fue la adaptación?

–Fui al La Salle, donde hice parte del primario y parte del secundario. Después seguí en el Instituto Renault. Mis padres pensaban que iba a estudiar una ingeniería clásica, pero terminé eligiendo Agronomía.

–¿Por qué?

–Porque me gustaba mucho el campo. Un amigo me dijo: "¿Por qué no te metés en Agronomía?". Le hice caso y ahí empezó todo.

–¿Y qué descubriste?

–Descubrí un mundo. Tuve grandes maestros que me acompañaron desde el principio. Prácticamente vivía en la facultad. Desde segundo año fui ayudante alumno en Maquinaria Agrícola porque venía de una escuela técnica. Después pasé a Ecología Agrícola con Ricardo Luti, que fue un maestro extraordinario para muchísima gente. Siempre apoyaba, siempre impulsaba. Ahí fui creciendo de a poco: primero como auxiliar, después como jefe de trabajos prácticos y, más adelante, pegué el salto a Catamarca.

Llegó desde Suecia a la Argentina con 10 años. De su Suecia extraña el bosque y sus hongos.
Llegó desde Suecia a la Argentina con 10 años. De su Suecia extraña el bosque y sus hongos. (Gente Picante)

–¿Qué hiciste ahí?

–Trabajé en la Facultad de Agronomía, en la cátedra de Manejo de Pasturas. Estuve cinco años.

–Uno imagina que el trabajo universitario transcurre exclusivamente dentro de un aula, pero vos estabas permanentemente en el campo haciendo investigaciones.

–Sí. También hay que separar dos etapas. Durante la dictadura, las posibilidades de trabajo eran mucho más limitadas. A partir de 1984, empezamos a trabajar con comunidades aborígenes y con comunidades criollas en distintas partes del país.

–¿Te fuiste a vivir con ellas?

–No. Pasaba temporadas, pero nunca viví de manera permanente. Mi función era la de asesor, acompañante o promotor.

–¿Y qué hacían?

–Siempre trabajé en equipo. De hecho, casi todo lo que escribí fue junto con otras personas. Lo que buscábamos era trabajar de manera participativa. Queríamos que las comunidades expresaran lo que sabían, actualizar esos conocimientos y transformarlos en acciones concretas: experimentos, plantaciones y distintas experiencias en el terreno. Los wichís me enseñaron muchísimo. Yo era asesor de un proyecto de cooperación alemana y tenía que evaluar el trabajo de los técnicos. Un día salimos a recorrer el monte con ellos y con integrantes de la comunidad. En un momento, el cacique me apartó y me dijo: "Queremos hablar con usted". Ahí me di cuenta de que a los técnicos los habían dejado de lado. Estábamos parados sobre un peladar impresionante y me dijo: "Nosotros queremos sembrar acá. Los técnicos dicen que no va a salir nada. ¿Usted qué opina?". Sentí que me tragaba la tierra. Porque, sinceramente, yo tampoco creía que pudiera salir algo ahí. Pero nosotros siempre trabajábamos con una idea: probar. Así que les dije: "Probemos". Y funcionó.

–¿Dónde estaban?

–En Morillo, en Salta, en medio de la nada.

–¿Y qué sembraron?

–Pasto. Simplemente pasto.

–¿Y hubo otros casos parecidos?

–Muchísimos. En otra comunidad, en San Martín 2, en Formosa, promovíamos la siembra de determinados pastos. Les expliqué cómo sembrar y les insistí con algo: "Guarden semillas para una segunda siembra por si la primera falla". Volví tres o cuatro meses después y me dijeron: "Hicimos lo que usted nos dijo. Sembramos, vino una sequía y perdimos todo. Sembramos por segunda vez, pero una lluvia fuerte también se llevó esa siembra. Sin embargo, volvimos a guardar semillas". Entonces me dijeron: "Venga a ver". Cuando llegué, el pasto tenía una altura impresionante.

–¿Era un pasto especial?

–Era una especie que ya habíamos probado antes, el Gatton panic. Sabíamos que en esas condiciones podía funcionar, siempre asociado al monte o a los árboles.

–¿Y eso qué oportunidad les daba?

–Les daba forraje para los animales, sobre todo para vacunos y para cabras. Les permitía alimentarlos mejor y sostener la producción.

–Tenés un gran hallazgo relacionado con el algarrobo.

–Eso dicen las malas lenguas... Lo curioso es que mis primeros trabajos de investigación fueron exactamente al revés de lo que terminé haciendo después. Investigábamos cómo eliminar el monte de la manera más eficiente posible utilizando herbicidas. El primer trabajo fue en el noroeste de Córdoba. El segundo, en Catamarca, terminó siendo un fracaso porque al ensayo le pasaron una topadora y se perdió todo. Pero el verdadero cambio llegó cuando, con un grupo de trabajo, encontramos un algarrobo enorme y debajo había un pastizal espectacular. Ahí empezamos a preguntarnos qué estaba pasando.

Los niños muestran las virtudes del chañar, un árbol que alimenta, cura y forma parte de la identidad del monte.
Los niños muestran las virtudes del chañar, un árbol que alimenta, cura y forma parte de la identidad del monte. (Gente Picante)

–¿Qué era lo raro de esa imagen?

–Para nosotros era completamente extraño. La idea instalada era que debajo de un árbol no crecía buen pasto. Sin embargo, ahí había un pastizal extraordinario. Entonces empezamos a estudiar la relación entre el árbol, el suelo y el agua. A partir de ahí, desarrollamos distintos sistemas silvopastoriles en Villa Dolores, en Catamarca y en otros lugares donde fuimos haciendo ensayos y evaluaciones.

–¿Cuántas variedades de algarrobo hay?

–Depende de cómo uno las clasifique. El caldén, por ejemplo, es un algarrobo. El ñandubay también. Después hay especies más grandes y otras más pequeñas. Todas pertenecían al género Prosopis, aunque ahora lamentablemente le cambiaron el nombre; se llama Neltuma.

–Describime el algarrobo. ¿Por qué te enamoró tanto?

–Porque cumple una cantidad enorme de funciones. Produce madera, frutos, miel, mejora los suelos, especialmente los salinos, favorece la infiltración del agua y además está presente en gran parte del país. Es una especie extraordinaria.

–¿Se enferma mucho?

–No. Como cualquier árbol, puede tener problemas, pero en general es muy resistente. Igual, debo reconocer que esa no es mi especialidad.

–Entonces no solamente mejoraba los suelos, sino que también permitía producir pasturas.

–Exactamente. Y además trabajamos mucho con el tema de los médanos, sobre todo en Catamarca. El algarrobo también sirve para fijarlos y frenar el avance de las dunas.

–¿En cualquier lugar?

–No. Ahí está el error. Muchas veces nosotros mismos desaconsejamos plantaciones porque el sitio no era el adecuado. No puedo plantar algarrobos en cualquier lado.

–¿Qué tiene que tener ese lugar?

–Las condiciones apropiadas. Por ejemplo, hubo intentos de hacer grandes plantaciones en La Cumbre y ahí no funciona. El frío no lo permite. Además hacen falta condiciones de protección, de manejo y de cuidado. Siempre buscamos soluciones sencillas y económicas. Una de ellas era utilizar al propio ganado para dispersar las semillas. Los animales comen las chauchas, las semillas atraviesan el tracto digestivo y después germinan con mucha más facilidad. Más tarde protegíamos los brotes con ramas espinosas, evitando hacer cercos costosos.

–¿Y funcionó?

–Sí. En Chancaní hicimos una plantación que seguimos durante 15 años. Funcionó muy bien hasta que llegó una sequía muy fuerte. Ahí entendimos que habíamos elegido la especie equivocada.

–¿Cuál era la correcta?

–El algarrobo negro.

–¿Cuánto vive un algarrobo?

–Puede vivir 100 años tranquilamente, 200 también. Hay ejemplares que se han medido con más de 400 años. Algunos son históricos, como el que menciona Antonio Esteban Agüero en sus poesías o el que está en la casa natal de Facundo Quiroga. Pero los más grandes que he visto están al norte de Fiambalá. Son realmente impresionantes.

El cardón dejó de ser un simple cactus para convertirse también en aliado de la producción y la conservación.
El cardón dejó de ser un simple cactus para convertirse también en aliado de la producción y la conservación. (Gente Picante)

–¿Qué son los árboles para vos?

–Qué buena pregunta... Para mí son un signo de vida. Siempre digo que no hay que estudiar la naturaleza: hay que conversar con ella. Ese es el gran error que solemos cometer cuando hablamos de biología. Si uno va al origen de la palabra, "bios" significa vida y "logos" significa diálogo. Entonces, la biología debería ser conversar con la vida. Y eso es algo que las comunidades aborígenes y muchas comunidades criollas todavía conservan.

–¿Cómo llegaste a esa conclusión?

–Porque durante muchos años di clases en San Juan y una de las cosas que hacíamos era desestructurar un poco la formación de los estudiantes de Biología. Yo daba Manejo de Bosques y Pasturas en el último año y me encontraba con alumnos que nunca habían salido al campo.

¿Los biólogos nunca habían trabajado con la gente?

–Exactamente. Y no era un problema solamente de esa universidad. Pasa en muchas carreras. Entonces los llevábamos al campo y les decíamos: "A partir de ahora, sus maestros son los criollos". Ellos recorrían el monte junto a esas personas y aprendían cosas que ningún libro enseña.

–¿Por ejemplo?

–Una vez un criollo los paró frente a un quebracho blanco y les preguntó: "¿Qué ven de particular en este árbol?". Ellos respondían que tenía frutos. Él les dijo: "Compárenlo con los otros". Después les preguntó: "¿Qué más ven?". Entonces descubrieron que estaba lleno de nidos. Y él les explicó: "Los pájaros le cantan al árbol para agradecerle que les dio un lugar donde hacer sus nidos. El árbol, en compensación o por alegría, produce más frutos".

–¿Eso te lo dijeron en serio?

–Sí. Creer o reventar. Pero detrás de esa explicación hay una forma distinta de relacionarse con la naturaleza. Y eso vale muchísimo.

–Esos saberes criollos parecen haber sido una parte importante de tu trabajo.

–Sí. Creo que una de las tareas más valiosas que hicimos fue justamente recopilar esos conocimientos y difundirlos, sobre todo de una comunidad a otra.

–¿Fueron generosos para compartirlos?

–Muy generosos.

–Porque uno imagina que puede haber desconfianza.

–En general no. Porque no era un interrogatorio; era una conversación. Recuerdo una caminata con un toba. Íbamos observando plantas y yo señalándole una le pregunté si la usaban para hacer sal. Me respondió que no. Seguimos caminando unos metros, arrancó otra planta y me dijo: "Esta la usamos para hacer sal". Y empezó a explicarme todo. Era un intercambio permanente.

–También organizaban talleres.

–Muchísimos. En uno que hicimos en Chaco reunimos técnicos con integrantes de las comunidades toba, wichí y pilagá para hablar de modernidad, de tecnología y de conocimientos tradicionales. Había un grupo de tobas que había viajado por Europa y defendía la incorporación de nuevas tecnologías. Los wichís, en cambio, permanecieron callados durante los primeros días.

–¿Y qué pasó?

–Al tercer día, en medio de un silencio, se levantó un cacique wichí y dijo: "Yo voy a hablar de una abejita". Estuvo una hora hablando solamente de esa abeja. Y en un momento me tomó de ejemplo. Me dijo: "Vos más vale que lleves una bolsa de papas fritas cuando entrás al monte, porque si no te vas a morir de hambre". Era un maestro extraordinario.

–¿Y después?

–En el recreo me llamó aparte y me dijo: "Yo lo invito a mi comunidad y le vamos a enseñar cómo entrar al monte sin la bolsa de papas fritas". Lamentablemente, murió antes de que pudiera aceptar esa invitación. Me quedó esa deuda para siempre. Los wichís son realmente extraordinarios.

Algarrobal en un campo de trigo. El algarrobo sostiene biodiversidad, producción y cultura.
Algarrobal en un campo de trigo. El algarrobo sostiene biodiversidad, producción y cultura. (Gente Picante)

–¿Sentís que hoy son respetados?

–De a poco. Todavía viven en condiciones muy duras. Pero varias organizaciones trabajan desde hace años para acompañarlos. Yo soy uno de los fundadores de la Red Agroforestal Chaco, donde participan instituciones como Asociana, Incupo, Fundapaz y otras organizaciones que trabajan con comunidades aborígenes. La idea es ayudarlos a recuperar dignidad y dejar de tratarlos como fueron tratados durante tanto tiempo.

–¿Qué querés decir con eso?

–Si uno analiza la llamada "Campaña del Desierto", en realidad hubo dos. La del sur fue terrible, pero también hubo una en el norte. Entraron a sangre y fuego, desplazaron comunidades enteras y las sometieron. En muchos documentos de la época, aparece la frase: "Ahora los estamos civilizando". Esa era la mirada. Los trasladaban de un lugar a otro y les imponían otra forma de vida.

–¿Los wichís son distintos a otros pueblos originarios?

–Sí. Son muy callados y tienen una organización matriarcal. Recuerdo una conversación con un cacique llamado Rodolfo. Estábamos en el monte, a las 2 de la tarde, con un calor insoportable. Empezamos a hablar de Dios y nos preguntábamos si el Dios de ellos y el nuestro serían el mismo. Entonces me dijo: "Nuestro Dios es tan bueno que primero se lleva a la gente buena". Esa frase ya te mostraba la realidad que vivían. Pero después agregó algo que nunca olvidé: "Y también se lleva primero a los perros buenos". Seguimos conversando y terminamos riéndonos porque llegamos a la conclusión de que, si era el mismo Dios, tenía que tener mucho sentido del humor.

–Recién mencionaste, casi al pasar, que uno de tus primeros trabajos como ingeniero agrónomo fue desmontar el monte.

–Sí, así fue. En ese momento trabajábamos con el Inta de Deán Funes y con grupos Crea. La meta era muy clara: había que liquidar el monte para tener más pasto, más pasto y más pasto. Hicimos ensayos con rolos, con topadoras... le dimos muy duro al monte.

–¿Cuándo cambió esa mirada?

–Justamente el día que encontramos aquel algarrobo enorme con un pastizal extraordinario debajo. Nos preguntamos qué estaba pasando ahí. Empezamos a observar, a medir y descubrimos que el árbol no competía necesariamente con el pasto. Al contrario, en determinadas condiciones lo favorecía. Ese fue un cambio enorme en nuestra forma de pensar.

–O sea que un árbol podía mejorar la producción.

–Exactamente. Y no solamente el algarrobo. Siempre digo que una especie muy subestimada es el mistol.

–¿Por qué?

–Porque también tiene muchísimas virtudes. Produce frutos, genera muy buen forraje, ofrece follaje para los animales y además tiene una ventaja muy interesante: cuando nace, desarrolla una especie de pollera de espinas que protege el brote principal. El ganado no lo come y eso le permite crecer solo.

–¿Lo comprobaron en el campo?

–Sí. Lo vimos muy claramente en un trabajo que hicimos en las Salinas de Catamarca. Había una pequeña comunidad que conservaba un bosquecito de mistoles. Lo cuidaban muchísimo porque conocían perfectamente todo lo que les aportaba: frutos, forraje, sombra, producción apícola. Es una especie extraordinaria. El algarrobo sigue siendo mi favorito, pero no es el único árbol valioso que tenemos.

–Esa mirada choca bastante con la discusión que existe hoy sobre la Ley de Bosques.

–Estuve 10 años trabajando y discutiendo alrededor de esa ley. Y tengo un lema que resume bastante mi posición: hay que producir conservando y conservar produciendo.

–¿Qué significa?

–Que no alcanza con decir "todo rojo" y prohibir cualquier intervención. Así no funciona. Tampoco sirve pensar únicamente en producir. Hay que encontrar un equilibrio.

De Don Fausto, líder atacameño, aprendió que detrás de cada planta hay siglos de observación y sabiduría.
De Don Fausto, líder atacameño, aprendió que detrás de cada planta hay siglos de observación y sabiduría. (Gente Picante)

–¿Creés que la Ley de Bosques habría que modificarla?

–Sí. No digo eliminarla, pero sí discutirla nuevamente. En Córdoba, ocurrió algo muy particular. El debate quedó prácticamente en manos de los grupos ambientalistas. No digo que haya sido con mala intención, pero los sectores productivos terminaron retirándose de la discusión. Entonces la mirada quedó muy inclinada hacia un solo lado.

–¿Y eso fue un error?

–Creo que sí. Si comparo la legislación argentina con la chilena, por ejemplo, estamos muy lejos.

–¿Qué hace diferente Chile?

–Le da muchísima importancia al trabajo conjunto entre universidades y comunidades. Además destina presupuesto para eso. Y tiene un sistema muy interesante de compensaciones. Si alguien necesita desmontar para hacer una ruta o una obra pública, debe compensar esa intervención con acciones concretas de restauración o conservación. También existe una asociación muy fuerte de ingenieros forestales dedicada exclusivamente al bosque nativo.

–O sea que producir y conservar pueden convivir.

–Sin ninguna duda. De hecho, hay muchísima evidencia de eso. Recuerdo un ensayo en el Inta de Chamical. Había un inmenso mar de pasto sin un solo árbol. Solamente quedaban cinco o seis ejemplares aislados. ¿Dónde estaban todas las vacas? Debajo de esos árboles.

–Buscando sombra.

–Mucho más que sombra. Hoy sabemos que los árboles mejoran el bienestar animal, aumentan la productividad y hasta mejoran la calidad del pasto que crece debajo de ellos. Es un sistema mucho más eficiente.

–¿Sentís que esa conciencia está creciendo?

–Lentamente. Algunos ambientalistas incluso llegaron a tratarme de traidor porque trabajé junto a productores agropecuarios. Pero yo siempre sostuve que había que sentarse a conversar, a recorrer los campos y a buscar soluciones en conjunto.

–¿Cuál es hoy el principal problema de esos ambientes?

–La arbustización. Es consecuencia, en gran parte, del mal manejo del pastoreo. Hay campos inmensos en Catamarca, en La Rioja o en San Juan que antes eran bosques y hoy son enormes jarillales. Ahí no alcanza con dejar que la naturaleza actúe sola. Hay que intervenir.

–¿Intervenir cómo?

–Eliminando parte de esos arbustos, recuperando especies arbóreas y planificando nuevamente el manejo del campo. Porque en un jarillal prácticamente no pueden producir los animales.

–¿Tan baja es la productividad?

–Muchísimo. En algunos lugares, necesitás 100 hectáreas para mantener una sola vaca. Con un manejo adecuado, podrías sostener tres o cuatro veces más carga animal.

–Entonces esas tierras podrían producir mucho más.

–Claro que sí. Hay experiencias del Inta, sobre todo en La Rioja, que lo demostraron hace muchos años. El problema es que cuesta muchísimo que esos conocimientos lleguen al territorio. Además, hay muy pocos ingenieros agrónomos especializados en zonas áridas.

–¿Decís que el oeste argentino fue abandonado?

–En gran medida sí. Hay grupos muy valiosos en San Juan, en Villa Dolores o en Chamical, pero son pocos. Durante muchos años, existía hasta una especie de división: algunos decían "nosotros nos ocupamos del pasto y vos ocupate de los árboles". Por suerte, esa mirada está empezando a cambiar, aunque muy lentamente.

Don Oscar con sus alumnos. La mejor clase siempre fue escuchar primero a quienes viven del monte.
Don Oscar con sus alumnos. La mejor clase siempre fue escuchar primero a quienes viven del monte. (Gente Picante)

–O sea que tu mensaje sigue siendo el mismo.

–Exactamente. El árbol, el pasto y los animales pueden convivir perfectamente si el sistema está bien manejado. Ese fue, en definitiva, uno de los grandes aprendizajes de toda mi vida profesional.

–¿Eso vale para todas las regiones del país?

–No necesariamente. Hay que entender cada ambiente. Si tomo La Pampa, por ejemplo, aparece otra discusión: ¿conviene plantar árboles en lugares donde históricamente no los hubo? Se puede hacer, sí, pero hay que saber muy bien qué especie elegir y para qué. Formosa es un caso interesante. Hay grandes extensiones donde antes prácticamente no había árboles y, gracias al ganado, hoy existen bosques porque los animales fueron dispersando las semillas.

–El ganado también puede ser un aliado.

–Exactamente. El problema es cuando se introducen especies equivocadas o fuera de su ambiente natural. El algarrobo, por ejemplo, en algunos países está considerado una plaga.

–¿Dónde?

–En la India, en varios países de África y también en Brasil. Se hicieron enormes plantaciones porque al principio funcionaban muy bien. Pero después apareció una especie mucho más espinosa, de menor porte, que empezó a invadir zonas agrícolas. Yo mismo trabajé como asesor en algunos de esos casos.

–Incluso hubo juicios.

–Sí. Hubo reclamos vinculados a proyectos impulsados por organismos internacionales, entre ellos la FAO, justamente por haber promovido determinadas especies de algarrobo.

–Entonces el problema no era el algarrobo.

–Exactamente. El problema era haber elegido la especie incorrecta para ese ambiente. No existe un algarrobo que sirva para todos lados.

–¿Cuál recomendás?

–Depende de la región. Siempre depende del ambiente. Además, no hay que olvidar algo muy importante: antes de la llegada de los españoles, el algarrobo ocupaba un espacio mucho más reducido. Su gran expansión se produjo con la ganadería, porque fueron los animales los que dispersaron las semillas.

Equipo de trabajo. Para cada libro recorrieron cientos de kilómetros.
Equipo de trabajo. Para cada libro recorrieron cientos de kilómetros. (Gente Picante)

–La historia del árbol está ligada a la historia del hombre.

–Totalmente. Lo mismo pasó con el vinal, que también pertenece al grupo de los algarrobos. Durante mucho tiempo, fue considerado una plaga. Hoy empieza a ser revalorizado porque se entendió mejor cuál es su función ecológica.

–Junto con Pablo de Mais y con Mariano Medina escribieron "Árboles nativos de Argentina". ¿Cómo nació ese libro?

–Viajando mucho. Nos sentábamos alrededor de una mesa, casi siempre con un asado al lado y una copa de vino, desplegábamos toda la bibliografía y empezábamos a discutir qué incluir, qué sacar y cómo contarlo. Pero, sobre todo, viajábamos muchísimo para conocer cada especie en su ambiente natural.

–Si tuvieras que elegir un árbol de este primer tomo, ¿con cuál te quedarías?

–Siempre voy a decir el algarrobo, pero depende mucho del lugar. El chañar, por ejemplo, en San Luis suele ser visto como una plaga, mientras que en las Salinas Grandes es una especie muy valorada. Todo depende del ambiente y del uso que cada comunidad haga de ese árbol. La naturaleza casi nunca admite respuestas absolutas.

–Después de tantos años recorriendo el país, trabajando con pequeños productores, con comunidades criollas y con pueblos originarios, ¿sentís que pudiste dejar algo?

–No sé si lo logré, pero sí fue siempre mi mayor anhelo. Hoy miro dónde están muchos de mis alumnos y me emociona ver que varios siguen trabajando en organizaciones sociales, en comunidades rurales, en universidades o en instituciones vinculadas al desarrollo local. No todos hacen exactamente lo mismo que hice yo, pero muchos comparten esa misma manera de entender el trabajo.

–Tu legado no está solamente en los libros.

–No. Está, sobre todo, en las personas. Eso es lo que más satisfacción me da.

–¿Creés que les diste a esas zonas marginales y empobrecidas una oportunidad de desarrollo?

–No sé si lo logramos plenamente, pero por lo menos ese fue siempre el anhelo. Lo veo cuando observo dónde están hoy muchos de mis alumnos y qué hacen. No todos, por supuesto, pero varios siguen trabajando en organizaciones no gubernamentales, con comunidades rurales o desde instituciones públicas, empujando proyectos muy parecidos. Eso me llena de satisfacción.

–¿Cuál es hoy tu mayor anhelo?

–Seguir enseñando. Extraño mucho aquella forma de trabajar que teníamos, sobre todo en San Juan. Extraño los viajes, el contacto permanente con el campo y con la gente. Aunque, en realidad, nunca dejé de viajar.

–¿Alguna vez pensaste en volver a vivir a Suecia?

–No. A vivir, no. Sí extraño mucho los bosques. Cada vez que volvía, me iba a caminar solo y salía a juntar hongos. Allá me considero un experto en hongos; acá no tanto. Esas caminatas por el bosque, conversando con la gente o simplemente observando la naturaleza, son cosas que todavía extraño.

–¿Qué encontraste en Argentina que hizo que te quedaras para siempre?

–Encontré un lugar donde pude desarrollar mi vocación y, sobre todo, encontré personas de las que aprendí muchísimo. Siempre digo que una buena parte de lo que sé no lo aprendí en la Universidad, sino caminando con criollos, con productores y con pueblos originarios. Ellos me enseñaron otra forma de mirar la naturaleza.

–¿Y cuál fue la mayor enseñanza?

–Que la naturaleza no se domina. Se escucha. Se conversa con ella. Cuando uno deja de querer imponer respuestas y empieza a hacer preguntas, descubre cosas extraordinarias. Creo que esa fue la lección más importante de toda mi vida.

Ficha picante

Ulf Ola Torkel Karlin (79) nació en Lund, Suecia, en 1947, y llegó a la Argentina siendo un niño. Es ingeniero agrónomo egresado de la Universidad Nacional de Córdoba, docente e investigador especializado en bosques nativos, zonas áridas y agroforestería. Es considerado uno de los mayores referentes del país en el estudio del algarrobo y en la restauración de ecosistemas áridos.

Participó como consultor en proyectos de la FAO, del Pnud, del Banco Mundial y de organismos internacionales. Trabajó junto con comunidades criollas y pueblos originarios del Chaco y el oeste argentino, rescatando sus saberes sobre el ambiente. Es autor y coautor de numerosos libros científicos.