“Tres jueves seguidos vendí ‘la grande’ de Salta”
Reconocido como el “más antiguo de los loteros en actividad”, Oscar Alejandro Olmedo (69) vocea los billetes desde hace 52 años.
Siempre está en la esquina de San Jerónimo y Buenos Aires. La mayoría de sus clientes frecuenta el famoso café de ese punto neurálgico de Córdoba y varios de ellos tienen su “número fijo” desde hace años.
Oscar, como simplemente lo conocen todos, recuerda que fue nota en Sábados circulares (el programa televisivo de Pipo Mancera). "Vinieron de Buenos Aires a entrevistarme porque tres jueves seguidos vendí 'la grande' de la Lotería de Salta", mientras su memoria prodigiosa le permite recordar los números 35.939, 10.370 y 10.378, que lo hicieron famoso en el país.
Como intermediario de fortuna también fue beneficiado, ya que el ganador del primer jueves “era un muchacho del Banco de Córdoba, quien al saber que yo tenía un terreno me regaló todo para hacerme la casita”. De los otros dos, uno me dio unos pesitos y el restante, “si te he visto no me acuerdo”, agrega con ironía.
Con 17, años se vino al Centro a buscar trabajo, entró a una popular agencia de la plaza San Martín y lo encaró al dueño. “Creo que era ‘el Flaco’ Iván Pastori, le pedí algunos billetes para vender y me preguntó: ‘¿Qué tenés para dejarme?’. Yo andaba con un saco nuevo, se lo dejé y me dio un solo número. Ese día, la suerte estuvo de mi lado y le vendí 15 enteros. Y desde entonces (fue en los comienzos de 1961) que vengo todos los días al Centro”, destaca con orgullo.
Próximo a cumplir 70 años, Oscar pasa horas contando su vida. Tiene miles de anécdotas y se jacta de haberles vendido a abogados, médicos y deportistas famosos, entre ellos, a José Omar Pastoriza, quien le tenía tanta confianza que le dejaba cobrar los premios y “tardaba días en pasar a buscarlos”.
Testigo de la historia violenta de Córdoba, no se olvida del ataque guerrillero de 1975 contra la Jefatura de Policía. “Tiraban de todos lados, y con “el Flaco” Novoa (otro lotero) no encontrábamos dónde refugiarnos. Todos los comercios y bares habían cerrado sus puertas y alcanzamos a meternos debajo de un quiosco de revistas. De ahí, cuando pasó todo, nos sacó la policía y nos costó hacerle entender que éramos loteros y que no teníamos nada que ver con los guerrilleros”.
No piensa en dejar la actividad. “Esto me ha gustado toda la vida. Tanto, que no he querido dejar de trabajar, porque siento una alegría inmensa cuando llego al Centro y me encuentro con mis clientes y amigos”, concluye.

