"Tengo mucha fe en las neuronas"
Samuel Taleisnik es un antiguo vecino de Parque Vélez Sársfield y legendario científico, ex director del Instituto Mercedes y Martín Ferreyra.
Hace más de 50 años que Samuel Taleisnik (92) vive en las inmediaciones del Hospital Privado. Allí crió a sus tres hijos y sigue felizmente unido a Lía Calica. Esta mujercita delgada y encantadora es una amante de las letras y de su marido. Pocos saben, en el barrio, de la existencia de este ilustre vecino, un médico consagrado a la ciencia, introductor de la neuroendocrinología en el país. Esta era un área prácticamente inexplorada hasta que, en 1961, "logramos demostrar que el cerebro produce hormonas". El plural alude al colega y tocayo norteamericano Samuel McCann (1925-2007). "Se llamaba Samuel, pero no era \'paisano´", aclara el entrevistado, con su proverbial humor judío. Aunque tuvo sobradas oportunidades de quedarse en Estados Unidos o irse a Inglaterra, el doctor Taleisnik se mantuvo fiel a la patria, al Conicet y al Instituto de Investigaciones Mercedes y Martín Ferreyra. Lo dirigió desde 1956 a 1984, año en que decidió renunciar. "Ya era tiempo de dar lugar a otros", acota. Sin abandonar el perfil bajo, porque "un científico no es un mediático, como se dice ahora", se dispone a repasar su fructífera existencia. No ganó dinero, pero sí premios, prestigio, discípulos y continuadores. Nacido en Moisés Ville (Santa Fe), se radicó temprana y definitivamente en Córdoba. Hizo el secundario en el Colegio Nacional (hoy Colegio Deán Funes) y, en 1946, egresó de Ciencias Médicas de la UNC. A poco de recibirse emprendió la apasionante aventura del saber… y la del saber estar casado: 65 años de matrimonio es todo un récord. Jubilado y activo, ya editó dos libros y está abocado a un tercero, que girará sobre la regeneración neuronal. "Yo confío mucho en las neuronas ...", se sonríe Taleisnik. Pero sus ojos y los de su mujer se nublan al mencionar la razón del libro. Tiempo atrás, un accidente postró a su nieto Sergio (24) en una silla de ruedas. Sin embargo, el joven no ha perdido el ánimo ni la voluntad de vivir. "Si él no se dejó vencer, yo tampoco bajaré los brazos", confía este gran investigador, y entrañable esposo y abuelo. –¿Cuáles son sus tesoros más preciados? –La familia, y no es ninguna frase hecha. En lo profesional, haber estado al frente del Instituto Mercedes y Martín Ferreyra durante casi 30 años. Al principio, los científicos no éramos nadie, aquí en el interior. No había una escuela de preparación de investigadores. Unos pocos nos pudimos formar en Buenos Aires, gracias a la generosidad de gente como Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir. Este diploma (señala uno entre tantos), firmado por ambos, es mi "trofeo" más querido. Después recibí muchos premios, entre ellos el Konex, pero a este lo valoro especialmente. Y valoro la posibilidad que nos dio el Conicet, a partir de la década de 1960, para poder montar un equipo en Córdoba. –¿Cuál fue su aporte más importante? –En 1959 obtuve una beca, para estudiar en Estados Unidos. Dos años después, con el doctor Samuel McCann demostramos, por primera vez, la presencia de una hormona en el hipotálamo. Esta hormona es el factor regulador de la secreción de gonadotrofinas que, a su vez, regula a la hormona luteinizante de la hipófisis. Cumple una función muy importante en la reproducción humana. –Este descubrimiento, ¿posibilitó avanzar en la fertilización asistida? –También abrió la posibilidad de buscar otras hormonas en el sistema nervioso. Los investigadores que finalmente lograron sintetizar la gonadotrofina (GnRH), recibieron el Premio Nobel en 1977. Hoy en día se la inyecta para estimular la actividad ovárica y lograr la fecundación. –Supongo que, como mínimo, habrán dedicado el premio a McCann y su equipo. –(Risas) Y yo supongo que usted me está haciendo una broma… Ni se acordaron. A mí no me afectó demasiado, pero a McCann lo abatió muchísimo. –No me diga que entre los científicos también hay rivalidad, egoísmo, celos… –Calculo que no hay lugar para anécdotas, pero tengo montones. Es un ambiente tremendamente competitivo. Baste con decirle que un afamado colega ponía una chicharra en el vano de la puerta de su laboratorio, porque temía que vinieran a espiarlo por atrás. Pero yo vengo a ser una excepción: el conocimiento se comparte. –¿Es real que las hormonas inciden en los estados de ánimo y en la cordura? –Después de nosotros empezó a verse que las hormonas regulan los impulsos nerviosos. Por esa y otras razones actualmente se mide el tenor de la hormona en sangre. Con respecto al impacto en el temperamento, con insistencia me han preguntado si la operación de tiroides afectó a la presidenta Cristina Fernández. Yo pienso que sí, que hay cambios en la actitud presidencial, que tampoco habría que señalar con ligereza. Siempre opera un conjunto de factores. Además, suficiente tiene con lo suyo, la señora, como para que encima nos pongamos a opinar a distancia. –¿Qué piensa de la investigación biomédica actual? –Empecemos por aclarar que difícilmente el científico haga fortuna con sus descubrimientos. Los laboratorios invierten mucho en protocolos de investigación, pero ganan mucho más. Por otra parte, es peligroso ponerle límites a la investigación. En todo caso, habría que vigilar de cerca el destino final de los descubrimientos. Lo cual no tiene nada de nuevo. Usted me preguntó sobre los avances en tratamientos realizados con células madre. Hay mucha charlatanería, pero lo bueno de la ciencia, es que allí la mentira tiene las patas muy cortas. –¿Hoy pretendemos vivir para siempre? –La tendencia a prolongar la vida a cualquier precio o circunstancia es un problema del ser humano. Y éste lo traslada a la ciencia y a la tecnología. No se puede vivir eternamente. La renovación constante es el principio de la existencia. –¿Qué investiga ahora? –Estoy abocado de lleno a la regeneración neuronal. No a la formación o generación de neuronas, sino a la creación de nuevas neuronas. Ya sabemos que las neuronas muertas no estaban tan muertas como creíamos. Pero, ¿pueden nacer otras nuevas? Yo creo que sí. Soy de la idea que los injertos de células madre no prosperarán. Me refiero puntualmente al caso de las lesiones cerebrales o medulares. En este libro me va la vida. Mejor dicho, mejorar la vida de mi nieto Sergio, de 24 años, que tuvo un accidente gravísimo y quedó en silla de ruedas. El ánimo que tiene ese chico y la esperanza de toda la familia en que vuelva a caminar hacen que este esfuerzo no sea un esfuerzo sino una oportunidad.

