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Tardes tragando monedas en una sala de juego

Pasado el mediodía, las primeras en poblar las salas del interior son las mujeres, a la hora en que la mayoría de los hombres trabaja.

19 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Corresponsalía
Tardes tragando monedas en una sala de juego

Río Cuarto, San Francisco, Villa María. Centenares de mujeres ingresan cada tarde por la alfombra del pensamiento mágico a las imperiales salas de las tragamonedas en Río Cuarto. Miran con detenimiento la fila de maquinitas, una más llamativa que otra, y eligen. O se dejan atraer. Allí quedan horas, absortas en sus cábalas y deseos, frente a imágenes giratorias de diamantes, bonus y genios. La postal se repite en las salas de Villa María y San Francisco, como en las otras 17 ciudades donde este juego está habilitado. Por las tardes, las mujeres son mayoría. Sólo elevan la mirada cuando se quedan sin crédito o al sentir que estalla, en algún rincón, el ansiado tintineo de la riqueza que deja alegre a uno, entre tantos.Pese a la estridente musiquita de fondo de cada juego, lo que más impacta en las salas es la ausencia absoluta de conversaciones entre los asistentes. Los únicos que parecen moverse son los empleados, de formal atuendo, cómplices del silencio.En ciudades del interior en que la siesta es casi sagrada, las tragamonedas parecen el único sitio que vence al letargo. Los casinos, aunque comparten sala, son juegos que se pueblan de noche y con mayoría masculina. Las slots tienen gente desde el mediodía hasta la madrugada.La Municipalidad de Río Cuarto es la única que quiso reducir el horario. Tiene un juicio contra CET (Compañía de Entretenimientos y Turismo) por su intento, hasta ahora sin aval judicial, de fijarle una hora de apertura posterior a las 17. Testimonios. Dentro de la sala, los que apuestan prefieren no hablar. Y menos con periodistas. "Están los que vienen con la ilusión de salvarse. Otros que dicen venir a pasar el rato, a distenderse, gente que está mal, o sola, con problemas", diagnostica Diego, que no es psicólogo sino chofer de taxi, en Río Cuarto. Guillermo, un colega, acota: "Llama la atención las horas que muchos pasan adentro. O los que te piden que los lleves a buscar más plata a su casa o al cajero"."El otro día salió un hombre, se agarraba la cabeza y decía: 'Diablo, sacame de acá'. No sé lo que perdió", cuenta Cristina, también tachera.En Río Cuarto, las slots funcionan junto al casino, en el hotel Howard Johnson. En Villa María, frente a una escuela, en la misma manzana que el municipio. En San Francisco, la sala está en pleno centro.En todas se vive el mismo fenómeno: cuando se atraviesa la puerta, parece perderse la noción del tiempo. La temperatura es agradable. El destello de luces y sonidos de las máquinas simula un ambiente propicio para olvidarse del mundo. La gente está como "zombi" sentada frente a aparatos que emiten ruidos y muestran en la pantalla colores brillantes.En San Francisco, durante la siesta y la tarde se ve una mayoría de mujeres, de 40 a 65 años. Muchas llegan en pequeñas motos o en bicicleta. Algunas concurren en remises, pero se hacen bajar a unos metros de la puerta de la sala. "Para que los conocidos no las vean entrar", acota una vecina."Tengo una clienta a la que todos los días, a las 13, debo ir a la casa a buscarla para llevar a su nena a la escuela y de ahí me pide que la lleve al casino. A la hora de la salida del colegio, primero la paso a buscar a ella, que sigue jugando, y luego vamos a la escuela", contó Raúl, un remisero. "Me sabe contar –agregó– que se gasta la plata que el marido le deja para pagar impuestos o comprar cosas a los chicos. Cuando pierde, se arrepiente, pero al otro día vuelve a jugar. Está como perdida", aseguró, sobre un caso ya extremo. Noctámbulos. Por la noche, el ambiente cambia. Ya hay más varones. O parejas. Y menos bicis y motos. Dicen que se juega por más plata. Y por las salas empiezan a rondar "prestadores" de dinero o personas que, ante la desesperación de la gente, hasta compran joyas, relojes o celulares a un costo más bajo que el de mercado. En Villa María, los dos pisos de las tragamonedas tienen una febril actividad tarde y noche; no así las mesas de ruleta, que suelen estar cerradas en la semana. En general, predomina la gente de clase media. Pero los hay por abajo y por arriba de ellos.