En Córdoba. Robots, códigos y amigos nuevos: las vacaciones de invierno en la Academia Nacional de Ciencias
Niños y niñas arman robots y programan videojuegos durante el receso escolar. Mientras tanto, en otra sala, padres y madres aprenden a acompañarlos en el mundo digital.
Abrigos y camisetas mundialistas, ni un celular a la vista y ganas de aprender y divertirse. Ese es el clima que se vive esta semana en la Academia Nacional de Ciencias, en Avenida Vélez Sarsfield 249, de la ciudad de Córdoba. .
Aunque las vacaciones de invierno y el frío que las caracterizan en la ciudad de Córdoba paralizan un poco la agenda, también es un gran momento para disfrutar el receso de los más chicos y proponer actividades recreativas.
“Ponelo al lado de mis chicos, que lo adopten”, le decía una de las madres a otra en la fila. Aunque a estas actividades algunos niños fueron acompañados por hermanos o primos, otros, iban solos, directo a hacerse amigos.
La propuesta, organizada por la fundación Tecnología con Propósito junto al Gobierno de la provincia, la Municipalidad de Córdoba y la empresa Rasti, arrancó este lunes y se extiende hasta el viernes, en dos turnos, a las 10 y a las 14.
En simultáneo se dictan dos talleres: "Club de robótica", para chicos de 7 a 12 años, y "Fábrica de programadores", de 9 a 14. Ambos cupos estaban llenos, mientras algunos adultos se asomaban a preguntar por la disponibilidad.
Mientras los chicos armaban robots, en otra sala unos 25 adultos -padres, madres, abuelos- escuchaban con atención una charla sobre cómo acompañar a los niños y adolescentes en entornos digitales. “No buscamos moralizar, simplemente invitamos a tomar más recaudos sobre algunos temas”, decía Francisco Muzzio, parte de la fundación y quien lideraba el espacio.

Los adultos consultaban sobre cómo proteger a los más chicos, cómo evitar que circulen fotos, cómo regular el tiempo de uso del celular y más.
Con las manos ocupadas
En la sala de robótica había unos 24 chicos que atendían detenidamente. En cuatro mesas, comenzaban a compartir con el grupo con el que pasarían las próximas dos horas. Como sus herramientas de trabajo: una computadora y una gran caja llena de legos.

La propuesta fue clara: “vamos a armar y programar un robot”. Con desconocidos que pasaron a ser sus nuevos amigos temporales, cada equipo se dividió tres roles: uno se encargaba del uso de la computadora, otro manejaba la caja de herramientas y el otro construía.
Había dos docentes a cargo, pero era un programa intuitivo el que les daba las instrucciones a los niños. Ellos eligen una historia y arman un robot en base a eso. En la computadora pueden ver qué piezas necesitan y dónde colocarlas.

Catalina, de 7 años, se come una medialuna mientras observa como Juan Cruz (también de 7) y Teo (de 10) programan el helicóptero que armaron (el tercer y último paso). El kit de legos se conecta con la computadora y directamente desde ahí manejan los movimientos del robot que armaron. Entre gritos y risas, cada grupo cumplía con los desafíos planteados.
La mamá de Pedro, de 7 años, mira a su hijo y le saca fotos contenta. Dice que se enteró de los talleres por la abuela de él: “Apenas vi la propuesta me pareció súper interesante, sobre todo esto de educar sobre el uso de la tecnología mediante el juego. Además es más original… es una forma de entretenimiento por fuera de lo habitual, porque ir a ver obras de teatro o películas lo hacemos siempre”, explicó.

A pocos pasos de ahí, en otro salón con libros, techos altos y escritos históricos, unos 16 chicos y chicas aprendían a programar su propio videojuego.
Aunque cuatro “profes” mujeres los acompañaban, ellos hamacaban sus sillas y parecían tenerla muy clara. No con la programación, sino con el mundo de los videojuegos en general. Incluso había uno de los niños con un buzo de Minecraft.

Sara, de 9, fue al taller con su prima Emilia, de 7. Antes de sentarse a programar su propio videojuego, con tono atrevido, contó que ya tiene experiencia como jugadora: “Me encanta jugar, sobre todo al Roblox con mis amigas. Siempre tengo mil juegos abiertos, ellas me llaman y nos conectamos”.
Agustina Sánchez, parte de Tecnología con Propósito, explicó que desde la fundación buscan que la población en general aprenda a usar la tecnología, pero siempre de manera ética y responsable.
Además, entienden que esta instancia puede y debe brindar herramientas no sólo para los más chicos, sino también para los padres, que tienen gran responsabilidad en la temática.

“Acá condensamos el trabajo que venimos haciendo ya durante el año. Aprovechamos también para trabajar con las familias, que no siempre están disponibles para hacer talleres pero acá es más fácil que asistan”, remarcó.
En su mesa, Julián y Nahuel (de 10) no se conocen pero se llaman “amigo” el uno al otro y se ríen de sus propias creaciones. Ninguno mira un celular: tienen las manos ocupadas en piezas de robot y códigos de programación.
En ese rincón de la Academia Nacional de Ciencias, un día cualquiera en las vacaciones de julio, los chicos se distienden, aprenden y comparten con otros.

