Un rincón tibio en la casa del marqués
Trabaja en el Museo Sobremonte desde hace 43 años. Empezó como ordenanza y llegó a hacer trabajos de restauración de los que se siente orgulloso. Cercade jubilarse, ya añora el abrigo del pasado que le dan esas viejas paredes/ Diceque ese lugar es su destino.
El abrigo del sol que inunda de mañana la sala cuando se abren los postigos y el mate calentito y siempre dispuesto, disimulado detrás de un pequeño bargueño, hacen el "rincón tibio" en el que cada día se refugia Miguel Herrera. Está junto al balcón que asoma a la esquina de Ituzaingó y Rosario de Santa Fe, en la casa del marqués Rafael de Sobremonte, uno de los personajes más renombrados de la historia de estas tierras. Hace 43 años que trabaja en el museo, uno de esos casos singulares entre los empleados públicos de la Provincia por permanencia en un mismo destino. Pero para Miguel la casa, más que un lugar de trabajo, es un destino de vida. Cada día, en pleno corazón bullicioso de la ciudad, siente que un hálito de otro tiempo lo cubre con un manto de pasado que todavía parece respirar.Los puntos de partida de las historias pueden ser inescrutables. Nació en barrio Ciudadela, en la ciudad de Córdoba, y cursó la primaria en la Escuela Nacional 86. "Cuando terminé la primaria, empecé a trabajar en un taller de motos que quedaba casi al frente de la escuela, sobre avenida Vélez Sársfield. Me gustaba armar y desarmar motores. Ahí conocí a Pedro Bustos Peralta, quien fuera director del museo durante más de 25 años. Solía ir a arreglar su motoneta. Hablábamos mucho, hasta que un día me ofreció trabajar en el museo. Entré con 18 años recién cumplidos", cuenta.Su misión original era la de un ordenanza, pero sus recursos prácticos lo llevaron a resolver cuestiones de albañilería, electricidad y carpintería, entre otras tareas, hasta puso manos en obras de restauración."Al fondo del museo tenía su taller don Carlos Villada, quien fuera durante tantos años el restaurador. Él me enseñó muchas cosas, como a trabajar con pasta (mezcla de cola y tiza) para restaurar distintas cosas, como por ejemplo marcos. También hice un curso de conservación y restauración de papel antiguo", dice Miguel, mientras evoca aquellos días de plenitud, cuando llevaba un cuaderno en el que anotaba todo lo que descubría que debía ser reparado. El restaurador. Uno de sus mayores orgullos es haber reparado una gran caja musical inglesa fabricada a finales del siglo XIX. "Una noche de tormenta se vino abajo una construcción separada que funcionaba como depósito, y Bustos Peralta, que me tenía una gran confianza, me dijo que tratara de rescatar lo que pudiera. Así fue como comencé a estudiar esta caja de música que no funcionaba y estaba bastante averiada. Me acordé de cuando desarmaba y armaba los motores de las motos; había que ser muy cuidadoso en poner las piezas como estaban. Así, un día volvió a funcionar y, además, lista para ser exhibida", relata. Otra de las restauraciones que muestra con satisfacción es un reloj de pie de origen italiano. "Estaba todo pintado y, poco a poco, comencé a descubrir la madera y a encontrar un grabado que pudo quedar a la luz". En defensa del virrey. Claro que el cariño por la casa también se trasladó a la figura de quien fuera gobernador de Córdoba y luego virrey del Río de la Plata, señalado por el relato histórico porteño como un cobarde que huyó con el tesoro cuando la Primera Invasión Inglesa en 1806. Pero Miguel defiende otra versión. "Acá aprendí mucho escuchando a Bustos Peralta y a Efraín U. Bischoff. Muchos turistas de Buenos Aires preguntan por el tesoro. Al principio no me gustaba mucho, pero después lo tomé con calma. Les explicaba que como gobernador de Córdoba había hecho grandes obras y que, en realidad, no huyó, sino que quiso venir al interior a proteger el tesoro", sostiene. Batallas Caben tantos episodios guarecidos entre esas paredes en la memoria de Miguel, como el encierro durante dos días durante el Cordobazo, aunque sus batallas cotidianas eran contra el envejecimiento de la casa y de los muebles, y la acción de las termitas. La melancolía inyectó sus primeras dosis cuando, destinado como guardia de sala en la planta alta, llegó la quietud. De rato en rato se asoma al balcón, se fuma un pucho y mira cerca. "Ha cambiado tanto esta esquina en estos años... Siempre ha sido muy ruidosa, sí, pero antes era peor, cuando pasaban colectivos. Dejaron de pasar para proteger el museo... Mirá...", dice, y señala la estructura de la nueva Casa de Gobierno que se levanta al final del horizonte de la calle Rosario de Santa Fe. Está casado con Selva Herrera, quien fue compañera de trabajo en el museo, tiene tres hijos (Federico, Lucas y Rodrigo) y cinco nietos, y vive en barrio Zumarán. Por las tardes distrae sus manos haciendo miniaturas con madera. "Cuando estoy en mi casa, siempre pienso en el museo", cuenta.A los 61 años, sabe que la jubilación llegará pronto; entonces ya no tendrá el abrigo de un pasado que todavía respira. "Supongo que vendré a visitarlo con mis nietos, aunque me duela un poco, no sé...", dice. Son casi las 2 de la tarde y Miguel comienza cerrar los postigos: la mañana se ha desvanecido en la oscuridad, mientras, lentamente, el "rincón tibio" se apaga en el frío del silencio.

