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Ricardo, el afilador que va de pueblo en pueblo

Es uruguayo y desde los 15 está en el país. Lleva 66 años recorriendo Argentina a bordo de su bicicleta, afilando cuchillos y tijeras. Lo encontramos en Traslasierra.

20 de julio de 2015 a las 12:01 a. m.
Especial
Ricardo, el afilador que va de pueblo en pueblo
El afilador viajero. Ricardo Borba tiene 82 años y lleva 66 como afilador (LaVoz)

Villa Dolores. Se siente un sonido característico en la calle y entonces alguien sale con una tijera o un cuchillo. Es que la "flauta de Pan" no falla. Y allí está el afilador, dispuesto a pedalear para hacer rodar la piedra y dar filo. Luego seguirá su camino, desandado uno de los oficios más antiguos que, según afirma un propio afilador, tiende a desaparecer. A Ricardo Borba le lagrimean los ojos por el viento. Abrigado y con gorro de lana va en su bicicleta con un cartel en el que agradece a "Ceferino" (Namuncurá). Por esto, la gente lo reconoce como "el afilador Ceferino"."A este oficio le quedan pocos años, se va a perder, porque no hay afiladores jóvenes, no quieren este trabajo, hay que andar mucho, los que quedamos somos ya grandes", pronostica con cierta pena.Borba es uruguayo y vive en el país desde los 15 años. Ahora tiene 82, y lleva 66 de afilador. Su lugar de residencia es Río Cuarto, pero la mayor parte del año el afilador se la pasa de pueblo en pueblo ofreciendo sus servicios. "Este oficio me ha permitido recorrer casi todo el país", resume mientras nombra pequeñas localidades de los extremos de la Argentina. Y agrega: "A mí no me gusta quedarme en un lugar, me gusta andar, cargo mi bicicleta en los colectivos y viajo".

Vivir del oficio

Cuesta treinta pesos afilar un cuchillo o una tijera. Borba dice que el oficio le ha permitido vivir “bien”. “Siempre viví de esto, pude colaborar con mi familia, y me doy gustos: fumo, me alojo en hoteles, como en restaurantes, vivo bien”, expresa y agrega que es separado, y tiene dos hijos, Ricardo Ceferino que murió en un accidente de tránsito y María del Carmen.

Como en cada lugar, estará en Villa Dolores unos quince días. “Si en un día no puedo hacer 300 pesos, entonces hay que volar e irse a otro lugar porque no es rentable”, confiesa. Mientras permanece en esta localidad, Borba, además, visita todos los pueblos de la zona incluso de provincias limítrofes. Y dice: “En algunos lugares tengo gente que me espera, porque no hay otros afiladores”.

A Ricardo le sobran arrugas e historias. En sus relatos de voz áspera cita canciones, lugares y personajes. Asume que le es imposible calcular la cantidad de kilómetros recorridos como así también de cuchillos y tijeras afiladas.

El ocaso

El afilador contabiliza a sus colegas del país. Cuenta cinco en total y todos de edad, resalta que dos son mujeres. “Seremos los últimos, porque los jóvenes no se quieren dedicar a esto, es un buen trabajo que da dinero pero ellos no quieren, nada ha reemplazado aún nuestra tarea”, expresa convencido.

Borba se enorgullece de estar sano: “Nunca tomé alcohol, sólo fumo, no tengo ninguna enfermedad, a lo sumo algo de tos pero me tomo un jarabe y listo, creo que durante cinco años más podré seguir en este oficio, el día que no pueda respirar para tocar la flauta o que me duelan las piernas en la bicicleta, entonces ese será mi último día”, resume mientras toma 
su flauta y se va, dejando la estela de su bicicleta y de ese sonido tan característico de los afiladores.