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El posible origen genético de la orden de tirar la cadena

Hay cosas de la cultura que son difíciles de entender porque suponen una transmisión genética que supera los rasgos físicos y las predisposiciones a contraer enfermedades

26 de marzo de 2011 a las 12:01 a. m.
El posible origen genético de la orden de tirar la cadena

Hay cosas de la cultura que son difíciles de entender porque suponen una transmisión genética que supera los rasgos físicos y las predisposiciones a contraer enfermedades. En pocas palabras, se internan en el mundo de lo inexplicable. Una de las más llamativas es el hecho de que los niños de hoy entiendan a la perfección la orden: "Tirá la cadena". Estadísticas caseras y para nada científicas aseguran que cuatro de cada cinco niños son capaces de interpretar a la perfección que esa frase significa: "Apretá el botón del inodoro". Lo que nadie entiende es cómo esos pequeños hacen la traducción si nunca vieron en sus baños una cadena. Intentaré explicarlo con una teoría que vengo elaborando hace años.Tengo para mí que esa transmisión cultural es producto de la fuerte marca que nos dejó a las generaciones anteriores la famosa cadena del baño. Sucede que no era un elemento aislado sin todo un detalle dentro de un contexto, generoso en tamaño y sensaciones, en el que pasamos horas de nuestras vidas. Y en especial, como en mi caso, de la infancia.Hasta los 8 años viví en una tradicional casa chorizo en la que el baño estaba a unos 34 metros de mi habitación. Para llegar hasta allí debía atravesar otros dos dormitorios (el de mis hermanos y del de mis padres), el gigantesco living, el comedor, la cocina, salir al patio del fondo y, tras saltear la puerta del lavadero, por fin llegar a ese rincón íntimo, que no era tan rincón. Mi baño, como el de la mayoría de esas casas, era muy grande. Medía unos seis por cuatro metros. La soledad, que la mayoría de las veces era un requisito insalvable, se potenciaba con esa inmensidad y el aislamiento del resto de la casa. Así, no es extraño entender por qué en ese baño habitaban buena parte de mis temores infantiles.Por ese motivo, distraerme con sus elementos inamovibles era una buena forma de superar el momento. Allí estaban, sobre el gastado damero de baldosas del piso, la bañadera enlozada con patas de león; el curioso bidé con forma de guitarra; la pileta para lavarse las manos debajo del botiquín con su espejito lleno de agujeros donde había perdido el esmalte; el inodoro, que podía ser Traful o Pescadas y, por encima de él, tan peligroso y amenazante como un piano de cola que pende de un hilo a la salida de un jardín maternal, la robusta mochila de hierro que contenía el agua que caería con fuerza tras apretar la cadena, que estaba atada a una palanquita que salía con gracia desde un costado.A más de cuatro décadas de haber transitado por las traumáticas experiencias de permanecer y transcurrir en esos tenebrosos baños de antaño, comprendo con claridad por qué la cadena quedó grabada en los genes y se transmitió de generación en generación: porque era justo la acción de tirar de ella la que nos liberaba de la tortura, el último instante de nuestro sacrificio, el epílogo de un episodio de terror.