Planeta de objetos perdidos
Aviones llenos de pasajeros, satélites rebeldes, barcos cargados con tesoros, pinturas extraordinarias, enemigos demasiado molestos. La increíble lista de cosas que se extravían en el mundo y que con el tiempo pasan a un irremediable olvido.
El sueco Salomon August Andrée intentó ser el primer hombre en cruzar el Polo Norte trepado a un globo aerostático. Tan aventurero como poco precavido, de nada le sirvieron las palomas mensajeras que llevaba para ir enviando noticias sobre su avance sobre la llanura de hielo. Partió desde una isla del archipiélago noruego de las Svalbard en julio de 1897 y fue lo último que sus compatriotas supieron de él. Andrée, sus acompañantes, el globo y las palomas pasaron a integrar el repertorio de las cosas desaparecidas que la humanidad va acumulando en un armario infinito e invisible. Un limbo que está en otra dimensión, donde no funcionan los radares ni existen los mapas, y desde donde no llegan los gritos de auxilio. Se hicieron aire Perder algo es dejar de tenerlo. Pero a veces basta con dejar de verlo y no saber dónde está. Algo así le pasó esta semana al mundo con la historia del vuelo QZ8501 de AirAsia, que desapareció del cielo el domingo pasado cuando viajaba entre la ciudad indonesia de Surabaya y Singapur con 162 personas a bordo. Luego de varios días de misterio, la historia terminó como acaban la mayoría de los interrogantes aéreos: con el rescate de los restos del vuelo, en este caso en el mar de Java. Pero durante esas horas en las que toda la tecnología del planeta evidencia su impotencia y falibilidad, es cuando uno comienza a recordar la increíble e interminable lista de las cosas que se fueron extraviando para siempre frente a los ojos de la humanidad.Lo primero que vino a la cabeza de todos fue que hace ya casi 10 meses –algo así como una eternidad– que un enorme Boeing 777ER de 140 toneladas de la firma Malaysia Airlines, que llevaba 239 personas a bordo, se esfumó una hora después de despegar del aeropuerto de Kuala Lumpur con destino a Pekín.En la búsqueda del vuelo MH370 participaron 20 países que pusieron en juego los mayores adelantos tecnológicos de los cuales dispone el planeta para buscar un objeto perdido. En este caso no se trataba de una aguja, sino de un avión de 64 metros de largo por 61 de ancho. Pero aunque algunas naciones, como China y Estados Unidos, cuentan con satélites capaces de ubicar objetos con precisión de centímetros, y pese a los elaborados modelos del fondo oceánico, hasta hoy ha sido imposible detectar el lugar donde fue a parar semejante nave. Se fue. Ya no está. Desapareció, quizá, en uno de los abismos que bostezan al fondo de alguno de los ocho millones de kilómetros cuadrados de mar donde se extendió la búsqueda. Desde 1948 ya son 83 los aviones de pasajeros que han sido declarados desaparecidos, según los registros de la Red de Seguridad Aérea. Son naves que llevaban 14 o más personas, despegaron y jamás se las volvió a ver. Ni siquiera se encontraron restos de sus fuselajes ni cuerpos de pasajeros. Nada. El último registro que dejaron de su presencia en el mundo fue una luz titilante en la pantalla del radar. Entre esos aviones se encuentra el Douglas DC-4 matrícula TC-48 en el que viajaban 68 personas, en su mayoría cadetes, que salió desde la Escuela de Aviación de Córdoba hacia Estados Unidos en noviembre de 1965 y que jamás llegó a destino. Hasta hoy, 50 años después, familiares de los muchachos continúan viajando hasta Costa Rica, donde muchos creen que cayó la nave, para seguirlos buscando. Pero, hasta ahora, no hay pruebas concluyentes de que haya sido así. Es otra luz titilante que se apagó. Sacerdote volador A veces las desapariciones en el cielo no son protagonizadas por aeronaves modernas, sino que lo que se esfuman son sacerdotes amarrados a globos de colores. Así sucedió el 20 de abril de 2008, cuando el cura católico Adelir Antonio de Carli se ató mil globos de cumpleaños a la cintura y se despidió feliz de sus seguidores en la localidad brasileña de Paranaguá, en el estado de Paraná. El religioso pretendía volar unas 19 horas y aterrizar en algún lugar del continente, pinchando uno a uno los globos, y batir un récord de vuelo. Pero no previó que los vientos lo llevarían mar adentro. En los meses que duró su desaparición, corrieron las especulaciones más disparatadas, que incluían choques con aviones, ataques de pelícanos y ascensos directos al Paraíso. Lo que quedó de él fue sólo algo de ropa, encontrada por un remolcador a 100 kilómetros de la costa, a principios de julio. Sus zapatillas y la mochila estaban flotando 1.100 kilómetros al norte de su punto de partida.Más alto aún que los sacerdotes y los aviones, los satélites también enfrentan el riesgo de la evaporación. No son pocos los casos de estos aparatos con los cuales se pierde contacto a poco de su lanzamiento. Se ve cuando son eyectados de la superficie terrestre, luego son un punto en una pantalla y después, nada. Así sucedió en 1997 cuando, supuestamente, una tormenta magnética dejó fuera de servicio el satélite Telstar 401 que la corporación estadounidense AT&T había lanzado apenas cuatro años antes para facilitar transmisiones de televisión.El Telstar 401 perdió todo contacto con la Tierra y actualmente sería una de las más suntuosas basuras espaciales que orbitan alrededor del planeta. Millones de dólares que nadie podrá aprovechar. Muchos de los objetos perdidos por la humanidad siguen girando allá arriba, borrachos por tantas vueltas y por la falta de gravedad, en un vals de tornillos, antenas, paneles solares rotos y restos de pintura. Son más de 50 mil objetos mayores a un centímetro cuadrado suspendidos en la sopa espacial. Carguero fantasma En otras ocasiones las naves se pierden en el agua sin necesidad de hundirse. Un enorme barco pesquero que se extravió en la agitación del tsunami que golpeó Japón en marzo de 2011, y que todos daban por hundido, se tomó un año hasta dejarse ver en la costa oeste de Canadá. Pero mucho más espectacular fue lo ocurrido con el carguero Baychimo, de la compañía canadiense Bahía de Hudson. En octubre de 1931 comenzó a ser atrapado por el hielo ártico y, para no perecer en una tormenta, sus tripulantes lo abandonaron a un kilómetro frente a la costa norte de Alaska para ir a refugiarse al punto más septentrional de América: Barrow, que es el extremo opuesto a la ciudad argentina de Ushuaia.Algunos días después la tripulación regresó a recuperar el barco pero, como ocurre con todas las cosas mencionadas en esta nota, había desaparecido. Lo buscaron durante un mes sin encontrar rastros y la compañía determinó que se había hundido. Antes de ese fin de año fue detectado por un cazador de focas esquimal a 70 kilómetros de Barrow. Lo abordaron para recoger las pieles que llevaba y lo abandonaron en el Mar Ártico. Allí sí pensaron que se hundiría, pero el Baychimo era un carguero porfiado. Y aunque nadie era capaz de decir dónde estaba, porque se encontraba extraviado, sin ancla ni manija, siguió apareciendo acá y allá, asustando a los sorprendidos testigos: se había convertido en un barco fantasma. Hasta casi 40 años después de ser abandonado se lo siguió viendo por el copete helado del globo.A veces la frontera entre lo visible y lo invisible no es producto del azar, de errores técnicos o de la meteorología, sino una decisión humana. Como con los 43 estudiantes mejicanos que desaparecieron en Iguala, en el estado de Guerrero, luego de ser interceptados por policías en septiembre. O como con los desaparecidos de la dictadura argentina, a los que primero unos hombres decidieron ocultar y anonimizar bajo tierra y otros hombres, años después, decidieron buscar y reconstruir y volver a nombrar. Otras veces los mismos hombres buscan perderse de la vista de los demás, como el escritor estadounidense J.D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno, quien se escondió del mundo durante décadas hasta su muerte en 2010. O la actriz Greta Garbo, que pasó más de la mitad de su vida escondiéndose de los fotógrafos y admiradores, desde su última película en 1941 hasta su muerte en 1990.Pero, cuando menos se lo espera, a veces los misterios se derriten a la luz del sol. En 2006 un grupo de escaladores encontró en un glaciar del monte Illimani en Bolivia los restos de un Boeing 727 que había desaparecido en 1985. También le tocó al aventurero sueco Salomon Andrée: 33 años después de su desastroso vuelo en globo, otros cazadores de focas encontraron los restos de su expedición en los hielos boreales. Entre estos estaban los carreteles de las fotos tomadas por un científico novato que lo había acompañado. Las imágenes pudieron ser reveladas y allí aparecieron los exploradores, comiendo un oso polar que habían matado. Ellos sólo alcanzaron a vivir unos pocos días. Pero los sobrevivió el misterio.
Misterio submarino
En abril de 1970, un submarino ruso, el K-8, sufrió un incendio y se hundió en el golfo de Viscaya, que baña las costas de Francia y España. La nave descendió hasta el fondo del océano, llevándose la vida de 52 tripulantes.
Este submarino, en plena época de Guerra Fría, estaba equipado con torpedos nucleares. La nave cayó hasta una profundidad de 4.600 metros. Hasta hoy no está claro cuántas armas nucleares llevaba la nave y cuántas se hundieron en el fondo del mar. Las versiones discrepan y mencionan que el submarino llevaba entre cuatro y 24 torpedos nucleares.

