“Para nosotros, fue una oportunidad”
Javier y Manuel, dos jóvenes que participaron en los saqueos de 2013, cuentan por qué lo hicieron, y qué sintieron.
Felicidad. Eso sintió Javier mientras llenaba su carro con mercadería del Cordiez de barrio Los Paraísos. "Fue un momento en el que te sentís feliz. Después pasa todo y te preguntás: ¿Cómo pude haberlo hecho?".
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Las voces de los vecinos habían empezado esporádicas al mediodía y siguieron más regulares durante la tarde. No había caído el sol cuando se desató el caos. Corridas, roturas de persianas y una sensación de impunidad que se mezcló con postergaciones, con revanchas de todo tipo, con oportunismos y necesidades.Si sus padres saqueaban, sus vecinos saqueaban y sus amigos saqueaban, ¿por qué Javier y Manuel, de 17 y 14 años, iban a quedar al margen?No lo pensaban entonces, cuando todo era una marea que los arrasó sin medir que lo que hacían era un delito. Sí se lo preguntan un año más tarde, más apaciguados, con un atisbo de autocrítica pero sin arrepentimiento.
Javier y Manuel estudian en la secundaria. Uno hace talleres de oficio. El otro juega al fútbol. Los dos quieren terminar la escuela. Los dos son afables. Los dos ayudan en sus casas. Ambos se quejan del trato que les da la Policía; los dos viven en una zona marginal de la ciudad de Córdoba, a 20 minutos del centro.Javier y Manuel tienen mucho en común, y tuvieron aun más ese 3 de diciembre: los dos salieron a saquear supermercados cuando la huelga policial dejó la ciudad a merced de su propia barbarie."Todos corrían, gritaban que estaban saqueando al súper chino de acá a la vuelta. Después me dijeron que iban a un Cordiez, en barrio Los Paraísos, y ahí fui con mis hermanos". Javier dice que alcanzó a sacar mercadería: yerba, azúcar, arroz, leches, yogures.–¿Qué se siente entrar a un supermercado y llevarse cosas que no son tuyas?–Sentís como una adrenalina que te agita. Ves que todo pasa rápido, sacás las cosas de la góndola a mil. Saqué la mercadería que necesitaba y me fui –jura.Dice que lo asustó un poco la violencia de la gente, que además de saquear, destruía, rompía. Cuando trata de pensar en las causas que lo llevaron a eso, duda, lo piensa: "Mi papá no trabaja. Para nosotros, fue una oportunidad. Nadie en mi casa tiene trabajo", se escuda.

“Somos de los pocos en el barrio que pagamos la luz y el agua. Y un vecino que trabaja en la Municipalidad cuelga los ganchos. ¿Cómo es eso?”, explica Javier y busca justificarse.
Se queja de “los que se llevaban heladeras y televisores, whiskys y vodkas”.
“Me enteré por un amigo, cuando jugaba al fútbol. Decían que no había policías. Me fui a La Toscana –una feria de ropa en Juan B. Justo al 4500– y después a un supermercado Vea”, se acuerda Manuel. Tiene 14, está en primer año del secundario.
Una curiosidad: asegura que sacó cosas para su familia, pero en especial "para un comedor con el que mi papá ayuda todos los días, en Villa El Libertador". Fideos, aceite, vinagre, "cosas para ellos", señala.–¿Qué sentiste ese día?–Por una parte, te sentís bien; por otra, mal. Sentís que podés sacar todo eso sin consecuencias. Pero después ves gente que se pelea, que se roban entre ellos...En una de sus incursiones, tropezó y se le cayó la mercadería que llevaba. La gente que pasaba al lado le sacó todo.Una de las principales quejas de Javier tiene que ver con el maltrato policial al que son sometidos sólo por vivir en esa zona: insultos y detenciones.Aspira a sacar a su familia del barrio, de esa vivienda en la que habitan nueve personas. "Te cansás de escuchar tiros, mujeres que gritan, vecinos que te roban", enumera.Cuenta que su mayor anhelo al terminar la secundaria: "Me quiero anotar en la Policía, ir al Éter (grupo de operaciones especiales) y después a EE.UU. para ser infante de marina.–¿Y qué harías si sos policía y te toca ir a tu barrio?–Yo no molesto a nadie. Pero si tengo que ir, voy a ir y voy a tener que hacer mi trabajo.

