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No hay nada más reparador que la verdad

Jamás la realidad tal cual es puede lastimar a alguien. La realidad se impone con suavidad y elegancia. Ordena las certezas internas con las manifestaciones externas.

17 de agosto de 2014 a las 12:02 a. m.
Laura Gutman (escritora)
No hay nada más reparador que la verdad

El nieto de Estela de Carlotto decidió tomar en cuenta el llamado de su propia alma infantil que sabía desde tiempos remotos que era hijo de una madre y un padre desaparecidos. Al menos sabía que sus padres de crianza le habían ocultado algo esencial de su sí mismo. A todos los niños –salvando las distancias– nos pasa lo mismo. Nacemos conectados con nuestro ser esencial, por lo tanto conectados con nuestra propia naturaleza confortable. A medida que vamos creciendo, si aquello que acontece o que nuestros padres nombran, no coincide con eso que sentimos que "es", algo se desacomoda. Se desordena. Se confunde.Es muy común que las familias estén organizadas en base a los engaños, las mentiras y los secretos. En una civilización como la nuestra basada en la dominación, los adultos suponemos que los niños no debemos saber lo que pasa ni tenemos que enterarnos de los asuntos de personas grandes. Sin embargo, los "asuntos de grandes" suelen ser situaciones que nosotros mismos experimentamos cotidianamente, es decir, que nos incumben: quién es nuestro padre, por qué nuestra madre siempre está furiosa, por qué los abuelos no nos visitan, o por qué hay una habitación a la que no se puede ingresar. Los secretos y las mentiras han minado nuestra inteligencia, nuestra capacidad de adaptación y la percepción certera de los hechos. Si intentamos establecer la historia –no muy lejana– de nuestros padres y abuelos, veremos que encontraremos un sinnúmero de contradicciones ya que muchos relatos pertenecientes a la historia oficial familiar, no encajan con la más mínima lógica. Esta modalidad de arrebatar el acceso a la verdad se ha banalizado en nuestra civilización, al punto tal de que la mayoría de las ­personas provenimos de historias familiares mentirosas sin que tengamos noción del alcance de los estragos emocionales que han ­dejado esos engaños sobre nuestra construcción psíquica. Ahora bien, cuando un adulto entra en contacto con su propia verdad –del orden que sea– nos obliga a todos a rozar la propia. De hecho, si todos nosotros con nuestros sufrimientos a cuestas pudiéramos seguir el llamado de nuestro niño interno que nos envía señales claras, y si nos otorgáramos la posibilidad de constatar que el acceso a la verdad no puede lastimar a nadie, por más que el "yo ­engañado" de nuestros padres o de nuestros seres queridos supongan que hay algo que no debe decirse; entonces sabríamos que la verdad siempre cura, siempre sana, siempre genera amor y compasión por el prójimo. Alinear nuestras vivencias internas –pasadas o presentes– con lo que sucede afuera, sólo puede traer alivio, comprensión, orden y ­felicidad. La verdad es una sola. La verdad es la manifestación de la realidad. Y la realidad es soberana.Jamás la realidad tal cual es, puede lastimar a alguien. La realidad se impone con suavidad y elegancia. Ordena las certezas internas con la manifestación externa.No hay nada más reparador que la verdad. Y nada más depredador que la mentira, el ocultamiento o la tergiversación de la realidad. Por eso nos compete a cada uno de nosotros –en nuestros propios ­ámbitos de experiencia– ir en busca de nuestra verdad mirando con ojos vírgenes nuestros escenarios infantiles ampliados, tal como los hemos vivido desde el punto de vista del niño que hemos sido. En la medida en que seamos más los individuos que buscamos nuestra verdad y que miramos con ojos abiertos las realidades de las que provenimos –por fuera de las interpretaciones, las convenciones o lo correcto– se hará presente una fuerza ­verdadera que contagiará a los demás. Así ­serán tocados por una varita mágica los más de 400 nietos argentinos que saben que son ­hijos de desaparecidos –porque todo su ser lo grita y el alma del niño que han sido se los recuerda–. Sin embargo ellos necesitan la habilitación de todos nosotros, hombres y mujeres viviendo en el seno de nuestra verdad, para saber que nada peor les puede pasar. La verdad nos cuida a unos y a otros. Nos organiza. Nos alivia. Nos contagia confianza y nos abre las puertas de nuestro propio paraíso terrenal.

Sobre la autora

La escritora Laura Gutman se ha ­convertido en una referente en temáticas como infancia, maternidad, paternidad y adicciones, entre otros tópicos que aborda en sus libros, todos best seller. Dirige una institución con varias sedes en el país dedicada a la asistencia de hombres y mujeres adultos.