Nietos del espanto, hijos de la pavada
Haber pasado del rigor al relaje, en menos de un cuarto de siglo, no le hizo bien a nadie. Rosa Bertino.
Un público confiado acude a ver La cinta blanca , del austriaco-alemán Michael Haneke. Los atrae su aura siniestra y que haya sido la más seria competidora de El secreto de sus ojos , al dirimirse el Oscar a Mejor Película Extranjera. La premiación argentina incluso suscitó especulaciones políticas. A la salida, un señor comenta aliviado: "La nuestra es mejor, sin dudas", y, en tono jocoso, añade: "Volvemos mañana, para que ver cómo termina".
La cinta blanca es un filme exquisito, de genuino suspenso y una lograda atmósfera conspirativa. Aún así, resulta largo y de final confuso. No es aconsejable para sensibles a los dramas infantiles. Los hechos se suceden en un pueblito germano, un año antes de la Primera Guerra. Una formación basada en el temor religioso y en un absolutismo feudal, donde hasta el maestro debía obedecer al pastor y al barón, incita a los niños a la crueldad. Para Haneke, y para muchos, esa fue la cuna del nazismo y de los temibles guardianes de los campos de concentración.
La hipótesis es relativa. Si el germen fue el puritanismo luterano o calvinista, el nazismo podría haber surgido en cualquier pueblo escandinavo. Sin embargo, varios dieron muestras sobradas de conmiseración y refugio a los perseguidos. De todos modos, la película plantea que el castigo físico y moral es la peor herramienta posible.
A partir del año 1960, Alemania impulsó la hoy legendaria educación antiautoritaria, de la cual le costó salir. A nadie se le ocurriría volver al rigor corporal y al oscurantismo religioso. Por suerte, tampoco se podría. Pero, lo que sigue latente es la necesidad de encontrar un punto medio. Haber pasado del rigor al relaje, en menos de un cuarto de siglo, no le hizo bien a nadie.
Virginia, lectora atenta, observó atónita los afiches callejeros que aconsejan "Mentile a tu jefe". De inmediato, llamó al número consignado por el anunciante. "El telefonista tomó el reclamo con gentileza, pero se notó que yo era la única que protestaba", admite nuestra ciudadana. "¿Cómo harán los colegios, y las propias familias, para educar a los hijos en un entorno que alienta a la pachanga perpetua?", se pregunta Virginia. La verdad, no tenemos ni idea. Vaya a saber qué resultará de estas generaciones, nietas del espanto pero hijas de la pavada.

