Materia pendiente
Los tiempos judiciales continúan demorados, las trabas para que les crean a los denunciantes son recurrentes y las dudas sobre las víctimas siguen repitiéndose.
14 de febrero de 2006. “Te esperamos”. Con esta frase atroz, el expolicía Rosario Cándido González terminaba la carta manuscrita que dejaba a su exmujer. Abajo, obligó a sus cuatro pequeños hijos, quienes tenían entre 16 y 6 años, a firmarla. Luego los ejecutó, uno a uno, en el pequeño departamento de la Torre 5 del complejo de edificios de barrio Cerveceros, en la ciudad de Córdoba. Al terminar su faena criminal, se quitó la vida.
El hombre hacía cuatro meses que estaba separado de hecho de su mujer, con quien hasta entonces había formado un hogar típico de clase media. Pero jamás digirió por completo el divorcio.
16 de marzo de 2009. Gustavo Rolando Gaitán Juncos (23) ingresó de manera sigilosa en el domicilio en el que dormía su ex, Mirta Alejandra Arias (37), levantó a Sofía (6), la hija más chica de la mujer, y con la pequeña como escudo obligó a Mirta a que lo acompañara hasta las vías del tren, en barrio Sacchi, también en la capital provincial.
Allí, con un trozo de hormigón, mató de un fuerte golpe a la mujer. Corrió hacia los descampados con la nena en brazos, la arrojó aun con vida a un pozo de unos 50 metros de profundidad y terminó suicidándose en una de las enormes lagunas de las canteras de Malagueño.
Durante cinco días, los cordobeses siguieron en vilo la búsqueda de la pequeña Sofía, que terminó de la peor manera.
Juncos había planificado la venganza luego de que el domingo 15 de ese mes, cansada de los maltratos y las humillaciones, Mirta juntara valor y lo echara de su humilde casa.
17 de septiembre de 2014. Paola Acosta (36) y su pequeña hija Martina, de un año y nueve meses, desaparecieron del departamento de barrio San Martín, luego de que la mujer bajara con la niña en brazos a encontrarse con el padre biológico de la criatura, Gonzalo Lizarralde (33), un joven de una familia acomodada.
Hoy, la investigación supone que Lizarralde apuñaló a ambas en su camioneta y luego, creyendo que estaban muertas, las arrojó a una boca de tormenta cerca de su domicilio.
La búsqueda de ambas, otra vez, dejó a los cordobeses con un nudo difícil de explicar con palabras simples. Ochenta horas después de la desaparición, el drama y el milagro se conjugaron como nunca: Paola murió apenas salió de su casa, degollada. Martina, con tres puñaladas en el tórax, sobrevivió en medio de la inmundicia bebiendo sólo el agua podrida.
Tres momentos tremendos en la historia criminal de la provincia que hoy sirven para trazar una línea en el tiempo para establecer de qué se trata la violencia de género y doméstica, una epidemia que atraviesa todas las capas sociales.
Cuando el expolicía despechado decidió matar a sus cuatro hijos, hace ocho años, la palabra “femicidio” no figuraba en ninguna parte.
Tres años después, al momento en que el espanto tocó en barrio Sacchi, aún los botones antipánicos no existían.
Hoy, mientras Córdoba intenta reponerse de lo inimaginable, ya existen una ley de femicidio, botones antipánico, congresos, especialistas y campañas de visibilización y concientización. Lo que se creía limitado al ámbito privado, al fin, se volvió público.
Sin embargo, los tiempos judiciales continúan demorados, las trabas para que les crean a los denunciantes son recurrentes, las dudas sobre las víctimas siguen repitiéndose y en las escuelas todavía la violencia está lejos de ser un eje de trabajo a conciencia.

