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“Los mismos directores se quejan porque no saben qué hacer”

El cura Mariano Oberlín es un referente de la lucha contra la droga en una de las zonas rojas de Córdoba. Brinda ayuda a los más jóvenes y recalca la gravedad del problema.

01 de octubre de 2015 a las 12:01 a. m.
“Los mismos directores se quejan porque no saben qué hacer”
Oberlín. El cura de Müller que enfrenta la realidad (Ramiro Pereyra/Archivo)

"Cuando estás muy adentro no se termina de dimensionar si el problema empeoró o si sigue igual… lo que sí se nota es que es muy grave", dice Mariano Oberlín, párroco de la Iglesia Crucifixión del Señor, en barrio Müller. Allí, en un vecindario ubicado en "zona roja" de la ciudad de Córdoba, junto al cementerio San Vicente, todos conocen al religioso, un férreo defensor de los derechos de los niños y de los jóvenes. "La escuela es una caja de repercusión de lo que pasa en la familia, en el calle, en cualquier ámbito. Noto que muchos chicos antes se escondían para fumar un porro. Pero ahora no", cuenta, aunque también ve con preocupación que "en el barrio son muy pocos los chicos que van a la escuela. Hay un altísimo grado de deserción escolar". Su trabajo y su andar cotidiano lo acercan a mucha gente de la zona. Palpa de cerca lo que ocurre con la droga. "Los mismos directores se quejan porque no saben qué hacer… a veces se topan con chicos que venden… la droga sin dudas está metida en la escuela", señala. Muy chicos El sacerdote es parte de un proyecto ambicioso en ese sector de la ciudad de Córdoba, acosado por el narcotráfico, la marginalidad y la falta de oportunidades. Se trata de un Centro de Prevención Local de Adicciones (Cepla), que se construye con fondos de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar) y en convenio con la fundación Moviendo Montañas. Por eso sabe de lo que habla: "Los chicos comienzan a consumir entre los 13 y 14 años. En estos barrios, puede que ya haya chicos consumiendo a los 11 o 12. Incluso he visto casos de chicos de 5 o 6 años que fuman marihuana". –¿Qué hace cuando se topa con esos casos? –Una sola vez me acerqué… pero hay que tener cuidado… a veces están muy dados vuelta, me da miedo de que los demás se ensañen con esos chicos. Cuando detectamos un caso vamos a hablar con la familia. En algunos casos nos va bien, y a veces nos sacan corriendo.Oberlín dice que "algunas familias están muy sobrepasadas… o tienen miedo de que vaya la Policía o trabajadores sociales y les saquen al chico. Pero nosotros queremos trabajar desde la confianza… queremos hacer un trabajo sustentable… que se acerquen porque creen que se los puede ayudar".El cura trabaja hace cinco años en el barrio y conoce los casos de manera directa. "Si tuviera que tirar un número diría que el 30 o 40 por ciento de los jóvenes tiene un consumo problemático de drogas; otro 30 por ciento, consume y diría que el 90 por ciento ha probado alguna vez", subraya. Müller El barrio es una especie de oasis en un vecindario complicado, en donde es difícil encontrar ofertas recreativas para los más chicos. En Müller no hay plazas, clubes ni potreros. Muchos chicos transcurren la mayor parte del día en las esquinas."En el barrio, los chicos no tienen mucho derecho a la diversión. Desde chicos tienen que trabajar o los mandan a vender droga. No tienen con qué jugar, no tienen pelota, ni canchita", explicaba hace tiempo Oberlín, el párroco más reconocido del barrio.