Los materiales del futuro que nunca llegan
Las investigaciones científicas tardan décadas en transformarse en tecnología de uso común y no siempre generan revoluciones en nuestras vidas, a pesar de nuestro entusiasmo e ilusión.
¿Alguien recuerda cuándo salieron los primeros relojes de titanio? Fue en la década de 1990 y eran carísimos. El titanio era promocionado como el material que iba a revolucionar nuestras vidas.
La revolución no ocurrió, aunque el titanio permitió algunos avances interesantes. Está presente en las pinturas, bronceadores y dentífricos que usamos. Los aviones tienen piezas de titanio. Herramientas e implantes médicos están hecho de este material, que es biocompatible.
Seguramente, alguna vez escuchó hablar del grafeno. También fue un material del futuro, y para algunos lo sigue siendo. Está hecho de carbono, como el diamante o el grafito del lápiz, pero tiene una sola capa de átomos de espesor.
Es más rígido que el diamante, pero puede estirarse hasta un cuarto de su longitud. Es muy liviano: con un gramo de grafeno podríamos cubrir una cancha de fútbol. Es buen conductor y biocompatible.
Pero a la fecha hay pocos productos hechos con este material: raquetas y otros insumos deportivos de alta competencia son los que más abundan, mientras siguen las promesas de baterías, autos, aviones y otros usos. La última es la “bola de grafeno”, anunciada hace unos días por Samsung.
Su “revolución” es que aumentará en un 45 por ciento la capacidad de la batería del celular y quintuplicará la velocidad de carga.
El mayor problema con el grafeno es lograr producirlo barato a escala industrial. Algo similar sucedió con el aluminio.
En las primeras décadas del siglo 19, la producción de aluminio era muy artesanal. Pero también fue rotulado como un material revolucionario: liviano, brillante y resistente al óxido. Primero fue utilizado en joyería. Unas décadas después se logró producirlo de manera industrial y barata. Pero no sabían para qué usarlo. Su aplicación más importante todavía no existía: los aviones.
Ahora hay otro material que quiere destronar al grafeno. Se trata de la perovskita. La película podría titularse “El regreso del titanio”, porque la perovskita está compuesta de titanio, más calcio y oxígeno. Fue descubierta en la década de 1830.
Los científicos y otros expertos dicen que podría protagonizar varias revoluciones. La primera es la posibilidad de crear paneles solares más baratos y económicos. Encabezaría la “revolución energética”.
Ahora se sumó otro uso prometedor. Según un artículo publicado hace unos días en la revista Nature, este material permitiría hacer que internet sea mil veces más rápida. La razón es que la información se transporta en forma de luz, en lugar de electricidad. Según los autores del trabajo, habrá que esperar una década para que esta tecnología esté comercialmente disponible.
La moraleja de estos ejemplos materiales revolucionarios es la misma: ni tanto ni tan rápido. Las investigaciones científicas tardan décadas en transformarse en tecnología de uso común y no siempre generan revoluciones en nuestras vidas, a pesar de nuestro entusiasmo e ilusión.
El silicio es un material que sí revolucionó nuestras vidas, porque está presente en todos los circuitos electrónicos. El primero se creó en 1958. Habían pasado 135 años desde que el silicio fue descubierto por el químico suizo Jöns Jakob Berzelius. Tenga paciencia y baje sus expectativas.

