"Los jóvenes padecen la violencia más de lo que la ejercen"
Investigó el fenómeno de la Mara Salvatrucha, la pandilla de chicos marginales en Centroamérica y EE.UU..
El sociólogo francés Pierre Bourdieu postulaba que los ciudadanos no llevaban a cabo "actos gratuitos", en el sentido de que los comportamientos no son absurdos. Insistía en que detrás de cualquier acción, por irracional que pareciera, había un patrón cultural que era necesario develar para encontrar un sentido.
El antropólogo social mejicano Alfredo Nateras Domínguez, especializado en movimientos juveniles, intenta llevar a la práctica aquel postulado. Indagando sobre las causas de la violencia que suele asomar, convivió durante tres meses con la Mara Salvatrucha, la pandilla de jóvenes marginales que tiene ramificaciones en Centroamérica y Estados Unidos, y que se distingue, entre otros aspectos, porque sus miembros se tatúan los rostros.
-Muchas veces en materia discursiva parece que la violencia de los jóvenes se trata de algo biológico...
-Ciertamente se presenta como un discurso "biologista" que naturaliza determinado tipo de prácticas sociales y expresiones culturales de una parte de los jóvenes. A partir de ahí, la pregunta es: ¿los jóvenes son violentos por su calidad de jóvenes? No. Los jóvenes viven en mundos violentos y a partir de ahí algunos sí ejercen la violencia, aunque en la actualidad la padecen más de lo que la ejercen. En Latinoamérica, 4 de cada 10 jóvenes observaron desde niños episodios de violencia. Han aprendido en su ambiente que los conflictos y las tensiones se resuelven a través de la violencia. Por eso la reproducen ahora. La violencia es aprendida. Si no, ¿por qué algunos jóvenes no son violentos?
-Preocupa que cada vez son más los jóvenes cooptados por las organizaciones criminales.
-El contexto es que la idea del Estado-Nación (en el caso mejicano) cada vez está más debilitada por los ajustes estructurales. Al igual que otros estados de América latina, el Estado mejicano ya no está mediando entre el conflicto y la tensión social, y ya no aparece en su rol benefactor para garantizar lo mínimo en educación, salud y trabajo. Por lo tanto, surgen nuevo actores y sujetos que le disputan su legitimidad. El nuevo actor más potente es el crimen organizado. Es un atractivo para los jóvenes más desposeídos porque le reditúa un lugar social y un prestigio que el Estado y sus instituciones no le dan. Hay grafitis que dicen: "Prefiero morir joven y rico antes que viejo y pobre".
-Es tal la apatía por falta de proyectos de vida, que para algunos es mejor que pase cualquier cosa antes de que no suceda nada interesante.
-Ante el quiebre del sentido de significado de instituciones importantes como la familia o la escuela, hay una suerte de aburrimiento, una especie de melancolía colectiva en donde, por ejemplo, el uso de sustancias ilegales le da un sentido. En el caso de la Mara Salvatrucha, encontré que la violencia que ejercen va encaminada a una fantasía de que a través del robo y la vida ilegal pueden acercarse a cierta nivelación social. Entonces, roban o piden "peaje" para poder comprar una remera o zapatillas, la misma ropa que compran los jóvenes de otras clases socioeconómicas.
-Plantea a los Mara como un grupo de jóvenes marginales y no como organizaciones criminales, como muchas veces aparecen descriptas.
-El FBI dice que las Maras son las nuevas mafias. Yo no encontré eso. ¿Qué está sucediendo? El crimen organizado es tan potente que contrata a los profesionales de la violencia -sicarios, militares retirados, fuerzas especiales, desertores del ejército, ex mercenarios- y entre ellos contrata a miembros de las Maras porque cobran 10 veces más barato que los otros. Es decir, que también son los explotados entre los profesionales de la muerte. Pero no es crimen organizado, porque los contratan a nivel individual. Un miembro de las Maras me dijo que si ellos fueran mafia no vivirían en la miseria.
-Uno de los ejes de sus estudios ha sido el fuerte componente simbólico de los tatuajes de la pandilla.
-Es potentísimo. Hay una interpelación directa y sin concesión ante el otro. Es como construir la mirada para que te miren, en una sociedad que no los mira. Es un proceso simbólico de inclusión, un mensaje: "Esto somos, incluso como sociedad". Es un signo, además, de una identidad dura de pertenencia, irreversible. Esto ocurre en una época donde las sociedades se diferencian internamente, encerrándose en guetos. Se rompen los vínculos de contacto, aumentan el desconocimiento y la desconfianza. No conocer al otro genera miedo y por lo general la respuesta que se pide es la represión. Y no es otra cosa que el fracaso de la razón.

