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"Los chicos me impulsan a continuar, sin importar lo que tenga que hacer"

Elisa Castrillón es voluntaria del programa Apoyo a la Niñez que funciona en el Área de Voluntariado de la Universidad Católica de Córdoba (UCC).

16 de mayo de 2011 a las 12:01 a. m.
Rosana Guerra (Especial)
"Los chicos me impulsan a continuar, sin importar lo que tenga que hacer"

Disciplinada y silenciosa, Elisa se levanta temprano todos los sábados, toma su mochila y viaja en ómnibus a Villa Rivadavia Anexo para brindar apoyo escolar a los chicos que viven en este barrio ubicado en la zona sur de la ciudad, en el Camino a San Antonio. Elisa Castrillón tiene la frescura que portan algunos jóvenes de 24 años, pero su entusiasmo, lejos de ser excesivo está aquietado. Quizá sea parte de la actitud que la guiará para escuchar las vivencias íntimas de otros en unos años. Ella está en cuarto año de Psicología en la Universidad Católica de Córdoba, y aunque se muestra aplicada, confiesa que los libros le encantan pero que hay una diferencia abismal entre sus contenidos y la realidad. Su veta solidaria tuvo su aparición en 2008 cuando integraba un grupo de jóvenes en Los Capuchinos. Ayudaba a preparar y distribuir el desayuno a indigentes. "Nos encontrábamos en la panadería, dividíamos los panes y ya teníamos preparado dos termos de mate cocido y otros con leche para repartirlo entre las personas y las madres que estaban embarazadas", relata. Aunque arribó a Córdoba hace cuatro años oriunda de Formosa y lo único que conoce es el centro y Nueva Córdoba, reconoce que no dudó ni un momento en juntarse con un grupo de voluntarios en la parada del A 9 para viajar a Villa Rivadavia Anexo, a unos siete kilómetros del centro de la ciudad."Empecé en noviembre de 2008. Llegamos a la casa de la señora Ana Vanegas, una vecina del barrio y me sorprendió ver cómo los chicos abrazaban a los demás voluntarios que iban desde antes, cómo se sentaban en sus sillitas, apoyaban la mochila, sacaban su cuaderno y esperaban nuestra ayuda. Me gusta enseñarles lo que sé y me encanta estar con ellos. Hacemos apoyo escolar a niños de hasta 12 años", relata. Y el año pasado las actividades de voluntariado funcionaron en el colegio Sabín Anexo y en el espacio del Ipem 323. Sus motivos. Generalmente a fin de año, los voluntarios suelen repartir almanaques con las fotos del voluntariado. Elisa recuerda que nunca se olvidará cuando los chicos le tomaron el brazo y la llevaron a conocer sus casas, padres, abuelos y amigos. "Eso que te digan 'seño, vení que te presento', me hace tomar conciencia de lo importante que somos para ellos", advierte. Elisa puede haber salido el viernes a la noche o tener que estudiar para un examen pero nada le quita las ganas de ir y saber que los chicos la esperan. "Es lo que me impulsa a continuar. No me importa lo que tenga que hacer. Me levanto y voy", dice convencida.Ella los ayuda a estudiar pero también juegan, crean instrumentos con objetos reciclados, pintan gigantografías y preparan basureros ecológicos. "Con los chicos hacemos muchas cosas. Llevamos arroz, tubos de papel higiénico y de cocina, chapitas de gaseosas y cervezas, latas de duraznos o papelitos de colores. Les propusimos construir instrumentos y salieron palos de agua, panderetas, tambores o maracas con arena. También hicimos gigantografías con imágenes para que las puedan pintar. Además remodelamos basureros con cajas de cartón y jugamos alfútbol, a la soga, al elástico y a la rayuela", relata entusiasmada.Elisa también agrega que con este voluntariado aprendió a saber escuchar y también a callar en el momento oportuno. "Si veo un chico con un moretón en el hombro y me doy cuenta que no fue porque se cayó, no le pregunto que le pasó la noche anterior porque sé que fue golpeado", dice. "Las situaciones que tenemos que afrontar son difíciles y por ahí no estamos preparados para dar una respuesta adecuada a este tipo de problemáticas", advierte.