La última melancolía amarilla, tendida sobre calles y jardines
Todas las hojas que consiguieron atravesar el otoño prendidas a la vida, finalmente, se han desmayado y han quedado tendidas sobre la piel de las calles de tierra y los jardines de las viejas casonas. Especial del Bicentenario.
Todas las hojas que consiguieron atravesar el otoño prendidas a la vida, finalmente, se han desmayado y han quedado tendidas sobre la piel de las calles de tierra y los jardines de las viejas casonas.
Una melancolía amarilla parece cubrir las huellas de las ausencias que laten un poco más allá del corazón de Villa del Totoral, es decir, de la plaza, la iglesia, el Petit Café, el Museo Octavio Pinto (casa natal del pintor).
El pueblo tiene aires de otro tiempo, de extraviados esplendores de verano que acaso ya no se podrán recuperar sólo con que se disipe la próxima primavera.
Pero son parte de una identidad única entre todos los pequeños paisajes urbanos de la inmensa comarca del norte cordobés.
Villa del Totoral, cuando todavía era Villa General Mitre, fue el sitio elegido como destino de descanso de sobresalientes familias de la sociedad cordobesa y de la porteña: Arturo M. Bas, Deodoro Roca, Roberto Noble, Félix Garzón Maceda, general Justo Anaya, Aurelio Crespo, por nombrar algunos.
El pueblo se fue acomodando a esas presencias de estación, que traían maneras de otros lugares y otros estilos sociales. Las diferencias quedaban marcadas, pero los necesarios encuentros entre pobladores y veraneantes dejarían marcas en la personalidad del lugar.
Y donde acaso las hojas parecen haberse derramado como versos sobre un papel es en el patio de la que fuera la casona de Rodolfo Aráoz Alfaro. Allí se refugiaron la almas exiliadas de los poetas Rafael Alberti, español, y Pablo Neruda, chileno.
Tal vez fue el temperamento del aire de Totoral que hizo elevar al cielo poemas que fueron universales, como Se equivocó la paloma, de Alberti, y algunas de las Odas de Neruda.

