La furia del juego
Cómo es posible que en un simple juego, en un inocuo momento de esparcimiento, afloren nuestras peores versiones personales. Juan Carlos Carranza.
Con la clásica excusa de: "A mí no me gusta perder ni a las bolitas", muchos adultos (¡gente grande!) la utilizan para justificarse por una reacción desmedida frente a una situación de poca monta, generada ya sea en un picado de fútbol o una partida de Pictionary. Cómo es posible que en un simple juego, en un inocuo momento de esparcimiento, afloren nuestras peores versiones personales. Nadie se explica que en un partido de fútbol amistoso, ya sea entre amigos o con compañeros de trabajo, la gente pueda irse a las manos o propinar planchas descalificadoras. La explicación tal vez esté en lo que dice Alejandro Dolina: "No se puede jugar al fútbol y no hacerse mala sangre". O como dice Roberto Fontanarrosa en su genial cuento No te enloquesá, Lalita , que habla de un partido informal de fútbol y la virilidad que deben ostentar los jugadores, profesionales u amateurs : "Reciba y pegue callado". Pero tal extremismo poético no alcanza, por lo que habría que recurrir a la psicología social para develar los motivos por los que en sencillas partidas de algún juego de mesa haya amigos que se peleen con gravedad, intercambiando fuertes epítetos y ofensas que suelen durar días, semanas o meses. "¡No ves que dibujé un chancho, cómo podés ser tan animal, no ves que es un chancho!". "¡Dibujás como un chico de 3 años! ¡Si eso es un chancho, yo soy Paris Hilton, imbécil!".Tengo un amigo que se divorció jugando al TEG, pero me parece que ya había algo de base. "El tipo se puso loco cuando su mujer quiso invadirle Etiopía, sólo para hacer daño", aporta Cacho Yerom, consultor sobre juegos de mesa de esta columna. Sublimación. El juego, en este caso, puede convertirse en una sublimación de la violencia. También puede aportar al debate la metáfora de la dualidad humana, con su costado bueno y su costado malo, el doctor Jekyll y mister Hyde. El ejemplo del papá jugando con el hijo a la Playstation. Al principio se divierte jugando al Fifa 2011, pero después de que el niño lo empieza a golear, ya no le parece tan divertido. Entonces, le vienen ganas de ganarle como sea, inclusive haciendo trampas. El adulto, de pronto, se convierte en un ser primitivo, inmaduro y hasta deshonesto. La furia del juego lo dominó.

