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La enseñanza del Holocausto: la importancia del “color humano”

La enseñanza del Holocausto debe ser un instrumento, entre otros, para proteger y fortalecer las instituciones y los valores democráticos. Por qué no conviene ser indiferentes.

24 de abril de 2023 a las 11:01 a. m.
Sebastián Klor (*)
La enseñanza del Holocausto: la importancia del “color humano”
Conmemoración. El Día Internacional del Holocausto en Auschwitz. (DPA)

A fines del siglo 20 un nuevo consenso surge en Europa y en el continente americano, a nivel de políticas educativas, cuyo eje central es la universalización del Holocausto y su conversión en imagen emblemática o síntesis del mal absoluto y el genocidio industrial.

El punto culminante de este proceso fue la convocatoria en enero de 2000 del Foro Internacional sobre el Holocausto en Estocolmo y la declaración suscrita por los delegados de los Gobiernos de 44 países apoyando el establecimiento de “formas apropiadas de recuerdo de este crimen sin precedentes en la historia de la humanidad”.

De este foro nació el “Grupo de Cooperación Internacional” (ITF), que es la organización de rango gubernamental que promueve desde entonces la educación, la investigación y la difusión del Holocausto en cada uno de los 24 países miembros. La República Argentina es el único país miembro latinoamericano.

La apertura del Estado argentino hacia el tema se vio reflejada a principios de la década del ‘90 especialmente con la Fundación Memoria del Holocausto, creada en 1993 con la misión de desarrollar un “Centro de la Memoria comprometido con la problemática de la discriminación y la intolerancia”.

Al cumplirse 50 años de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el 8 de mayo de 1995, la Fundación Memoria del Holocausto pasó a un imponente edificio otorgado por el gobierno de la Nación para ser destinado al futuro museo o “Centro de la Memoria”, marcando así “un hito histórico en la posición asumida por el gobierno argentino frente a las actividades de la sociedad civil en materia de la lucha antidiscriminatoria”.

Durante casi ya un cuarto de siglo, la conmemoración del Holocausto en Argentina a través de la promulgación de leyes que implementaron el recuerdo y la enseñanza del Holocausto como parte integral del currículo educativo generó una nueva cultura que puso al Holocausto como eje de la memoria colectiva para luchar contra todo tipo de injusticia y discriminación. A partir de entonces, las capacitaciones docentes y los cursos en las universidades son parte de la rutina curricular.

Efectivamente, la historia del Holocausto nos enseña que no podemos permanecer indiferentes a lo que sucedió o, eventualmente, a lo que sucede hoy. Es muy corriente citar en este contexto las palabras del pastor luterano Martín Niemoller, en tiempo del Holocausto: “Al principio vinieron por los comunistas, pero como yo no era comunista me quedé callado. Después vinieron por los socialistas y por los miembros de los sindicatos, pero como yo no era ni uno ni otro, me quedé callado. Después vinieron por los judíos, pero como yo no era judío, me quedé callado. Y cuando vinieron por mí, ya no había nadie que intercediera por mí”.

Este es el alcance universal que tiene el Holocausto. El judío, antes que judío, es un ser humano, como el inmigrante, el discapacitado o la mujer. Antes que nada, participamos todos de la misma naturaleza común. El poeta francés de origen rumano Benjamín Fondane escribió lo siguiente en su libro El dolor de los fantasmas: “Sólo recuerda que yo era inocente y que, al igual que tu, moriré un día. ¡Yo también tengo la cara marcada por la furia, por la piedad y por la felicidad, así de simple, una cara humana!”. Ciertamente Fondane era judío, pero como él mismo rabiosamente declaró, antes que nada era un ser humano y, además, era inocente.

En el Holocausto, decía Elie Wiesel, no sólo murió el judío, sino también el hombre y la humanidad. Por eso el filósofo Theodor Adorno estableció como un imperativo que “La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que replantear en la educación”. Es decir, que nuestra tarea como seres humanos es evitar que Auschwitz vuelva a ocurrir.

Pero esta enseñanza necesaria no implica que se logre la creación de una coraza que proteja a la humanidad contra la discriminación, el fanatismo y la intolerancia. Los genocidios posteriores al Holocausto, además de otras múltiples matanzas (más de 100 millones de víctimas en todo el siglo 20), nos llevan a reflexionar y a concluir que la enseñanza del Holocausto no es un seguro; ha de ser un instrumento, entre otros, para proteger y fortalecer las instituciones y los valores democráticos.

El Holocausto como materia e instrumento educativo es fundamental para luchar contra la indiferencia hacia el sufrimiento de otros y, especialmente, para identificar los prejuicios racistas comúnmente usados en todo el mundo, incluso para defender causas justas.

Por ejemplo, quien parte de un prejuicio racista (antisemita) para defender la causa palestina, por muy justa que esta sea, podrá también incurrir en un prejuicio racista para oponerse a la inmigración, para despreciar a los negros, a los homosexuales o para opinar que los musulmanes son todos terroristas, etc.

Quien parte de un prejuicio racista es porque no ha interiorizado la lección universal de que todos los seres humanos somos iguales.

(*) Profesor de Historia Judía contemporánea en la Universidad de Haifa.