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Juventud, objeto de ardiente deseo

Hoy se asume que la adolescencia debe transcurrir en plenitud, lo cual es muy positivo. Pero también hay mucho interés por aprovechar su capacidad de consumir. Rosa Bertino.

22 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Rosa Bertino (Periodista)
Juventud, objeto de ardiente deseo

En todas las culturas y creencias, la primavera es "la" estación del año. Se asocia a los ciclos de la naturaleza, al renacer de las especies luego del crudo invierno. La juventud florece y los mayores reverdecen, sobre todo estos, al ver los tiernos frutos de la primera. En la misma línea, la juventud es exaltada como "la" estación de la vida, por razones no siempre bien ponderadas. No en vano la tira de mayor éxito, Graduados , es una apología de "los que lo son, los que lo fueron antes, los que por suerte tienen de estudiantes para toda la vida el corazón". Cerrando la idea podríamos acotar que, en contraste, el ShowMatch de Marcelo Tinelli "envejeció" tremendamente y perdió espectadores en la franja de 18 a 48 años. Aunque su decadencia estaba cantada, nadie imaginó que vendría por ahí. Empezando por él. Nicho predilecto. Hoy se asume que la adolescencia debe transcurrir en plenitud, lo cual es muy positivo. Pero también hay mucho interés por aprovechar su capacidad de consumir. O de opinar sin pensarlo dos veces. No en vano son descendientes de padres y abuelos que tenían que traer el vuelto, que salían sólo si andaban bien en el colegio y que hablaban cuando se les habilitaba la palabra. Lo curioso es que este nicho sea el sensual destinatario de publicidades, productos y políticas. Ninguno parece propiciar su real participación en cuestiones vitales. Los gobiernos los festejan con fiesta corrida, despliegue policial y tibias recomendaciones respecto de la ingesta de alcohol. Otros descensos. Ayer, un día digno de lo que se festejaba, sobraron las evidencias de que el ser argentino se parece cada vez más al estereotipo del caribeño. Mucha farra y pocos servicios esenciales. Cerca del mediodía, un colectivo de la Tamse encaraba para la Ciudad Universitaria y el Parque Sarmiento. La mitad del pasaje iba a su trabajo u ocupación. La otra mitad eran chiquilines, con su gen bullanguero metido en el cuerpo y los ringtones . A todos casi se nos queda el ómnibus. El chofer lidió de forma desesperada con el embrague, hasta que continuamos viaje. Uno se alegró más por el ejemplo que dio ese colectivero que por no tener que seguir a pie. Alegría artificial. Mientras, las calles y avenidas estaban repletas de ofertas bailables y cantables. "Jueves, viernes y sábado, de 16 a 06", rezaba un afiche. No hay que ser un eximio matemático para darse cuenta de que con lo que gastamos en diversión, ya habríamos podido reponer la flota vehicular. Pero, bueno, cualquier cosa que uno diga en este sentido hoy es propia de un "amargado" o "resentido".Será por eso que nuestra alegría luce cada vez más artificial.