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Hace 20 veranos que se ven en un camping de Nono

Cada enero, cuatro familias se juntan en una cita impostergable. Van sumando hijos y nietos a la costumbre. Van siempre al mismo sitio, junto al río Los Sauces, en Traslasierra.

17 de enero de 2015 a las 12:01 a. m.
Especial
Hace 20 veranos que se ven en un camping de Nono
Juntos. Carlos Díaz, Hugo Quirinali, Tito Romera y Raúl Romano se comieron todo. A seguir cocinando (LaVoz).

Nono. Hace más de 20 años que cuatro amigos cordobeses y sus familias hacen coincidir sus vacaciones, cada verano, para compartirlas siempre en el mismo lugar: el camping Traslasierra, en Nono.

La “reincidencia” ha forjado una sólida relación que ya incluye a hijos, nietos y allegados en una opción que consideran “única” por el contacto con la naturaleza.

Corrían los veranos del primer lustro de la década de 1990 cuando se formó “la Barra”, como hoy se autodenomina el grupo que integran Carlos Díaz, comerciante de Villa Allende; Hugo Quirinali, empleado de Carlos Paz; Tito Romera, comerciante, de Córdoba, y el empresario Raúl Romano, también de la capital provincial.

“Yo era entonces el único con plata que veraneaba en hotel, y un día vine a ver cómo se inundaban en el camping, y me quedé, aunque ni carpa tenía”, bromea Carlos. “Hay veranos en los que además de venir viajamos a otro lado, pero al menos una semana nos seguimos juntando aquí”, afirma.

“En un camping, a diferencia de otras modalidades de alo­jamiento, es muy fácil hacer amistad, porque desde que te le levantás estás en contacto con tu vecino, y se comparten más cosas. La intensidad de un día aquí es distinta; esto es para los amantes de esta vida, y no necesariamente resulta más barato que otras opciones”, comenta Tito.

Por los niños

“Algunos nos conocíamos antes de venir aquí. La razón de la elección del lugar en aquel momento fue que todos teníamos niños de similar edad, y este lugar es único para los chicos, porque no hay ningún peligro. Hoy juegan aquí nuestros nietos” explica Hugo, quien fue el primero que decidió dejar su casa rodante todo el año en este predio, pegado al río de los Sauces.

Entre Mina Clavero y Nono, este cristalino río se demora en 12 kilómetros de playas de arena, con una profundidad que no supera los 50 centímetros, factor que lo convierte en ideal para los niños.

Comidas y juegos

“Acá disfrutamos del lugar, que es hermoso, de la natura­leza, y de estar juntos”, dice Raúl. “Jugamos al fútbol, al ­voley, nos juntamos a hacer de comer y a comer, también participamos de las carrozas que organiza la Municipalidad de Nono, aunque a veces ni vamos al pueblo, porque aquí tenemos de todo”, agrega.

Todos rescatan el valor de la amistad forjada y que este hábito anual sostenido ayuda a profundizar, además del contacto con la naturaleza.

“El problema es cuando los chicos de tu señora empiezan a salir parecidos a los vecinos de carpa, pero eso en las ciudades también existe”, bromea Tito, en un diálogo donde son constantes el cruce de chanzas y las risas.

El ritual conjunto de los mates, del asado o de las comidas “al disco” se repite, matizado por la práctica de deportes, el juego de tejo o el de naipes, o bien las tardes en el río viendo caer el sol.

A todos se los ve felices, se les nota en la cara y en lo relajados que están.

Aunque no se ven en todo el resto del año, cuando vuelven a encontrarse cada enero parecen amigos de toda la vida, como si se hubieran despedido unos días antes.

Los integrantes de “la barra” cantan que 20 años no es nada y que piensan seguir la costumbre de reincidir, cada enero, en Traslasierra. Sin falta.