Guillermo, un tatuador de las Sierras al mundo
Desde Villa Rumipal, Pokaluk se transformó en uno de los más reconocidos tatuadores de Argentina. Recibe clientes de varias provincias y hasta del exterior.
Villa Rumipal. A sus 37 años, Guillermo Pokaluk todavía luce en una mano el primer tatuaje que se hizo, a los 13. Una especie de dragón, sin rasgos definidos que, según dice, fue mutando con el tiempo. Desde niño comenzó a incursionar en el arte de las tintas y las agujas, impulsado por su vocación por el dibujo. "Siempre dibujé, desde que me acuerdo", señala en su local ubicado en Villa Rumipal.
En ese sitio trabaja en este oficio, hoy de moda, que lo tiene como uno de los principales referentes en el país. Aunque nació en Buenos Aires, desde niño vive en este pueblo serrano del valle de Calamuchita.
Hasta Rumipal llegan personas de todo el país y hasta del exterior, con el objetivo de que Guillermo les grabe en la piel un tatuaje. Su participación en convenciones internacionales desde hace años y el impulso de las redes sociales lo catapultaron como uno de los más reconocidos del país. "Guillermo, de Inferno Tattoo: los mejores tatuajes desde Córdoba", ya titulaba en 2009 la revista Arte Tattoo & Piercing.
Su trabajo –aclara– está autorizado por el Ministerio de Salud provincial, en el marco de una ley que exige ese paso, para evitar los riesgos de los improvisados, que no faltan.
Pokaluk se define como autodidacta. “Nunca tuve tiempo de estudiar”, apuntó. Mientras charla, un colega holandés trabaja a pocos metros, compartiendo su espacio. Es frecuente el intercambio con profesionales de otros lugares del mundo.
"20 años atrás, la actividad era muy under , casi nadie se tatuaba, se lo relacionaba sólo con los presidiarios. Pero eso ya cambió", reconoce. Cuando empezó, lejos estaba el interés que hoy se evidencia en tantas pieles tatuadas.
Sus padres le compraron la primera máquina, que hoy exhibe en una vitrina. Durante esos años, su estudio estaba pegado a la despensa familiar, donde también trabajaba. Por mucho tiempo debió añadir otras actividades como pintar murales o aerógrafos. Hasta que se dedicó a pleno al tatuaje.
Su despegue fue hace 10 años, cuando empezó a participar de encuentros en Sudamérica. Desde hace tres años viaja a Holanda, donde se queda tres meses por año. “La primera vez me invitaron por mis trabajos en Internet, fui sin saber hablar inglés”, recuerda. Al principio le resultaba difícil ingresar al circuito más importante, hasta que logró una espalda completa, y ganó. “Hice un trabajo en nueve horas, que lleva entre 40 y 50 horas”, cuenta.
Pese a vivir en una localidad turística, apunta que los visitantes eventuales no son su público-meta. La gente que lo busca llega exclusivamente por sus tatuajes. Días atrás unos italianos que conoció en Amsterdam y estaban de viaje por Argentina, lo visitaron para sumarse otro tatuaje. “Vino gente de Salta, Jujuy, Tucumán, Catamarca y Buenos Aires”, enumera.
“Hay de todo”, asegura respecto al perfil de las personas que deciden inmortalizar un dibujo, palabra o símbolo en su piel. “Atiendo desde pibes de 20 años hasta gente de 80. Hace unos días vino un hombre de 76 que tiene los nombres de sus hijos y nietos tatuados y lo vive como un orgullo”, relata.
Entre las anécdotas, están las de quienes se tatúan el nombre (algunos hasta el apellido) de su pareja, y que al tiempo vuelven para hacerse tapar o transformar la referencia. Uno de sus próximos desafíos será tatuar un rostro completo a un joven que lo contrató desde Chile. Guillermo descarta cambiar esta tranquilidad por la vorágine de una gran ciudad, donde tendría más trabajo. “Hay gente que ni se imagina que yo vivo en un lugar así”, añade.

