Gente picante. Guido Rimondino: En una semana nos comemos una tarjeta de crédito en plástico
El investigador del Conicet explica cómo los microplásticos ya llegaron al cerebro, a la placenta y a los océanos. Reconoce que revolucionaron la vida moderna y, dado que ya forman parte de todos los ecosistemas, sostiene que la prioridad es frenar su expansión.
–Cuando hablamos de microplásticos, ¿a qué nos estamos refiriendo?
–Los microplásticos son un tema del que hace dos o tres años nadie hablaba y, de golpe, explotó. Empezamos a escuchar hablar de microplásticos por todos lados. Mucha gente no sabía qué eran ni de dónde venían. La definición práctica es un pedazo de plástico muy chiquito, menor a cinco milímetros. Puede ir desde algo que todavía podemos ver a simple vista, como un grano de arroz, hasta algo tan pequeño que ya no podemos distinguir con el ojo desnudo. Cuando empezamos a tratar de entender de dónde venían esos microplásticos, se abrió todo un mundo y ahí estalló el tema, porque encontramos plásticos en todos lados. Imaginen que venimos de una etapa industrial que comenzó aproximadamente en 1950, cuando el plástico empezó a reemplazar prácticamente todo. Hoy le puedo preguntar a cualquier persona que trate de encontrar algo que no tenga plástico y la respuesta es que casi no existe. Salvo nosotros y algunos objetos de vidrio, prácticamente todo tiene plástico. Desde las botellas y los textiles de nuestra ropa hasta implantes biomédicos, materiales odontológicos, partes de cohetes, satélites, automóviles o elementos de construcción. Todo tiene plástico.
–Creíamos que el problema era sólo la botella o la bolsa que andaban dando vueltas.
–Claro. Veíamos el problema y decíamos: “Qué macana”. Pensábamos que había que reciclarlo. Lo veíamos y creíamos que alguien se iba a encargar en algún momento. Pero eso no ocurrió. El problema es que esos plásticos, aunque son muy resistentes y pueden permanecer entre 10 y 400 años prácticamente inalterados en el ambiente, con el tiempo se van rompiendo por efecto del rozamiento, de los cambios de temperatura y de otros procesos naturales. Entonces esa bolsa o esa botella que veíamos desaparecen de nuestra vista y podemos creer que el ambiente resolvió el problema. Pero en realidad no desapareció: se convirtió en millones de fragmentos diminutos.
–Que están con nosotros.
–Esos fragmentos tienen tres características muy importantes. La primera es que son muy pequeños y pueden movilizarse con enorme facilidad. Por eso encontramos plásticos desde las ciudades hasta el fondo de los océanos o la cima de las montañas más altas. No sé si recuerdan la última expedición del Conicet, donde apareció la famosa estrella de mar que se hizo viral. Si uno ve el video completo, unos minutos antes están recuperando una bolsa de plástico a miles de metros de profundidad. El Everest también está contaminado con plásticos. Como son tan pequeños, pueden dispersarse prácticamente a cualquier lugar. La segunda característica es que pueden ser ingeridos. Quizás para nosotros un microplástico no representa un problema inmediato, pero sí para los organismos que están en la base de la cadena trófica. Siempre doy un ejemplo: es como si nosotros comiéramos una pelota de tenis. En proporción de tamaño, sería algo parecido. Esa pelota nos generaría molestias, indigestión, nos haría comer menos, afectaría nuestro crecimiento y nuestro bienestar porque estaríamos ocupando espacio con algo que no aporta ningún nutriente. Eso mismo ocurre con muchos organismos pequeños. Empiezan a alimentarse menos, a crecer peor y a tener dificultades para sobrevivir. Y esos efectos luego se amplifican a medida que avanzamos en la cadena alimentaria. La tercera característica es que los plásticos son hidrofóbicos.
–¿Qué significa eso?
–Que no se disuelven en agua. Pero justamente por no disolverse pueden captar o adherir sustancias que tampoco son solubles en agua. Entonces funcionan como una especie de vehículo, como un pequeño barco que va recorriendo el ambiente y acumulando cosas: pesticidas, contaminantes persistentes, fármacos, bacterias y muchos otros compuestos. Así como el plástico puede viajar largas distancias, también transporta toda esa carga. Por eso el problema empezó a llamar la atención de la comunidad científica a partir de los años 2000. Desde entonces, se investiga cada vez más.

–¿Hay alguna forma de evitar o al menos morigerar esta presencia tan abrumadora de microplásticos?
–Cuando doy charlas, siempre digo que no estoy haciendo una exposición desmotivacional para que todos terminemos deprimidos. Lo primero es entender cuál es el problema. Como consumidores tendríamos que avanzar hacia un uso más racional del plástico. Hoy se producen toneladas de plástico para objetos que utilizamos apenas unos segundos. Abrimos el envoltorio de un alfajor y lo descartamos. Ese residuo puede permanecer décadas o siglos en el ambiente. También somos responsables de lo que ocurre después. Muchas personas me dicen: “Yo quiero reciclar, pero en mi barrio no pasa el camión de reciclaje”. Y es cierto que existen limitaciones, pero igualmente podemos buscar estrategias para evitar que esos residuos lleguen al ambiente. Por ejemplo, las llamadas "botellas de amor" o ladrillos ecológicos.
–Para que no “vuelen”…
–Claro. Consisten en compactar dentro de una botella todos esos plásticos que normalmente quedarían dispersos. Yo lo hago en mi casa. Una sola botella puede contener el equivalente a una bolsa grande de residuos plásticos compactados. No es la solución definitiva, pero evita que ese material quede libre y termine dispersándose. Desde la ciencia también se están buscando alternativas. Los científicos solemos trabajar contrarreloj y espero que lleguemos a soluciones antes de que el problema sea todavía más grande. Hay investigaciones muy prometedoras, aunque todavía están en etapas de laboratorio. Una de las más simples tiene que ver con sistemas de filtración para los lavarropas. Existe un estudio muy interesante publicado en Nature. Compraron un lavarropas nuevo y comenzaron a medir cuántos microplásticos salían con cada lavado. Encontraron aproximadamente 1.600.000 microplásticos por ciclo de lavado. Todo eso va a los sistemas de aguas residuales, que en Córdoba y en la mayoría de los lugares del mundo no están preparados para remover microplásticos. Por eso una de las primeras soluciones es incorporar filtros mecánicos que retengan ese material antes de que llegue a los ríos. Después hay desarrollos más sofisticados. Por ejemplo, nanopartículas magnéticas recubiertas con sustancias que se adhieren al plástico y que luego podrían recuperarse mediante imanes.
–Atraparlo, literalmente.
–Exactamente. Claro que eso todavía está muy lejos de aplicarse masivamente. Pero la idea general es tratar de mitigar el problema. Siempre digo lo mismo: lo que ya está, está. No podemos hacer desaparecer de golpe todo el plástico acumulado en el planeta. Lo que sí podemos hacer es evitar que siga aumentando. Porque el plástico que ya existe continuará fragmentándose durante décadas. Tenemos las famosas islas de plástico en los océanos. La más conocida es la del Pacífico. Los últimos relevamientos indican que ese parche de basura tiene aproximadamente el tamaño de Francia. Imaginen una masa flotante de plástico que sigue rompiéndose, sigue generando microplásticos y sigue siendo ingerida por los animales. Por eso el objetivo es evitar que siga llegando más material.
–La solución de fondo sería dejar de usar plástico.
–Sí. La solución absoluta sería no usarlo más. Aunque hay que reconocer algo importante: el plástico también nos dio enormes beneficios. Industrialmente es barato, liviano, fácil de transportar y muy sencillo de fabricar a gran escala. Por eso la industria no tiene ningún incentivo para abandonarlo. Pero además hubo beneficios sociales muy importantes. Pasamos de envases de vidrio que se rompían fácilmente o envases metálicos que tenían otros riesgos asociados a envases plásticos más seguros y accesibles. También tiene aplicaciones médicas, tecnológicas y de todo tipo. El problema no es que el plástico exista. El problema es que no supimos gestionar adecuadamente la enorme cantidad que producimos y consumimos.
–¿No debería la industria hacerse cargo, al menos en parte, de lo que ocurre con los envases que produce?
–Esa es una muy buena alternativa y en varios países ya se aplica. En Estados Unidos y en muchos países europeos, las botellas descartables no son la opción predominante. Lo más habitual son los sistemas retornables. Las empresas pagan un canon ambiental para recuperar esas botellas, retirarlas del mercado y volver a utilizarlas. De esa manera, se les da una segunda, tercera o cuarta vida útil. Las compañías participan activamente en ese proceso porque existe un incentivo económico y normativo. En Argentina y, en general, en gran parte de Sudamérica, esos sistemas todavía son mucho menos frecuentes.

–Dijiste que la ingestión de microplásticos puede ser peligrosa. Empecemos por los seres humanos. ¿Qué nos hacen?
–Voy a contar algo que quizás no sea muy agradable. Hay estudios que indican que, en promedio, una persona consume por semana el equivalente a una tarjeta de crédito en plástico. Ahora bien, a nosotros, por ser organismos grandes, esa cantidad no nos genera un daño inmediato. Lo que sí preocupa es todo lo que puede venir asociado a esos plásticos. Antes de hablar de efectos, hay un dato importante. Los microplásticos fueron encontrados en prácticamente todo el cuerpo humano. Primero en los lugares esperables, como el sistema digestivo y el sistema respiratorio, que son las principales vías de ingreso. Pero después comenzaron a encontrarse en cerebro, en placenta, en testículos e incluso en el meconio de recién nacidos. Es decir, la primera materia fecal de un bebé ya puede contener partículas plásticas. Cuando hablamos de partículas todavía más pequeñas, los llamados "nanoplásticos", estas son capaces de atravesar barreras biológicas que antes creíamos infranqueables. Y para mí ese es un punto muy preocupante.
–¿Y qué efectos nos pueden generar?
–A nivel respiratorio, que es una de las principales vías de ingreso, lo que más inhalamos no son fragmentos de botellas, sino fibras. Las fibras textiles de la ropa están permanentemente flotando en el ambiente. Nosotros las inhalamos y algunas pueden alojarse en los alvéolos pulmonares, que son las estructuras encargadas del intercambio gaseoso. A partir de ahí, el organismo reconoce que hay un cuerpo extraño y pone en marcha distintos mecanismos de defensa. Intenta encapsularlo, atacarlo y eliminarlo. Pero el plástico sigue siendo un material inerte. Entonces aparecen procesos de irritación e inflamación. Muchos estudios están analizando si existe una relación entre la creciente presencia de microplásticos y el aumento de casos de colitis irritable u otras afecciones inflamatorias. Todavía se sigue investigando, pero las correlaciones son cada vez más interesantes. Como te decía antes, la cantidad de plástico que incorporamos probablemente tenga un impacto relativamente pequeño en un organismo grande como el nuestro. Pero en organismos más pequeños ya están muy documentados los efectos sobre el crecimiento, la reproducción, la salud general e incluso la supervivencia. Y ahí es donde vemos con más claridad el alcance del problema.
–¿En algún punto te obsesionaste con esto? ¿Con pensar que lo estás respirando o te lo estás comiendo?
–No sé si obsesionarme, pero cuando empezás a ver de dónde vienen y dónde están, es como que tu cabeza empieza a detectar plástico en todos lados. Ahí hay plástico, ahí hay plástico, ahí hay plástico. De hecho, estuvimos trabajando con algo que todos vivimos durante la pandemia. Pasamos prácticamente un año respirando a través de un barbijo. Los barbijos celestes de uso común están hechos de fiselina, que es polipropileno, un plástico derivado del petróleo. Ocho horas por día respirando eso, respirando eso y respirando eso.
–Te tragabas las fibras.
–Te tragabas las fibras. De hecho, hay muchos estudios que las han encontrado y las mencionan como una posible fuente de otros problemas, justamente porque estuvieron presentes durante tanto tiempo en nuestra vida cotidiana.
–¿Usás táper en tu casa?
–Sí.
–Bueno, o sea que tan obsesionado no estás.
–No, porque los ves y decís: “Bueno, ya está”. Uno conoce el problema, pero tampoco puede vivir pendiente de eso permanentemente.

–¿Y en algún punto cambiaste hábitos de consumo? No sé, comprar una mermelada en vidrio en vez de una de plástico.
–Sí, a nivel consumo sí. A veces vas al supermercado y querés comprar unas galletitas, por ejemplo, y encontrás una caja que adentro tiene una bolsa y adentro cada galletita viene envuelta individualmente. Entonces decís: “No, voy por la otra opción que viene directamente en una sola bolsa”. Trato de elegir alternativas que usen menos plástico o que sean retornables. También miro cuando algún producto menciona que utiliza plásticos biodegradables. Pero la realidad es que a la industria todavía le falta mucho para hacer ese cambio. Hoy prácticamente toda la lógica industrial está pensada para fabricar materiales durables, vistosos y resistentes, no para que se degraden.
–El que dice que es biodegradable hoy en la Argentina, ¿es biodegradable?
–Hay dos conceptos que es importante diferenciar. Están los plásticos biodegradables, que son materiales que efectivamente pueden degradarse por acción de la humedad, la temperatura o determinados procesos biológicos. Técnicamente, un plástico es una cadena muy larga que nosotros llamamos polímero. Cada eslabón de esa cadena es un monómero. Lo que ocurre con algunos plásticos biodegradables es que las uniones entre esos eslabones son más débiles o pueden romperse por acción del agua. Entonces la cadena se va fragmentando y el material se degrada. Pero después tenemos otra categoría, que son los bioplásticos. Ahí aparece mucha confusión. Por ejemplo, hoy está muy de moda el PLA, que es el poliácido láctico. Ese material proviene originalmente de una fuente biológica y no del petróleo. Sin embargo, una vez que ese ácido láctico se polimeriza, adquiere propiedades muy parecidas a las de otros plásticos convencionales. Entonces mucha gente cree que por provenir de una fuente natural automáticamente se va a degradar, y no necesariamente ocurre eso.
–¿Y los textiles? Tenemos plástico en la ropa.
–Algo parecido pasa con los textiles. El algodón proviene de una planta, pero hoy es muy difícil encontrar una tela de algodón puro. Lo habitual es encontrar mezclas con poliéster, poliamida, elastano u otras fibras sintéticas. Además, ese algodón suele haber sido tratado químicamente con colorantes, retardantes de llama, facilitadores de planchado y una enorme cantidad de aditivos. Entonces una fibra que originalmente era natural termina convertida en un material muy intervenido por la industria.
–Vos describís una presencia tan extendida del plástico que parece imposible imaginar la vida urbana moderna sin él.
–Sí, absolutamente. El beneficio social del plástico es indiscutible. Lo tenemos por todos lados. Por eso la solución no pasa por eliminarlo de un día para otro. Lo que necesitamos es desarrollar mejores alternativas y aprender a usarlo de una manera mucho más racional.
–¿Y a la industria le preocupa esto en serio en algún lugar del mundo? Porque uno piensa en la industria local y entiende que está preocupada por otras urgencias, pero hay países con agendas distintas. ¿Existe una preocupación real?
–Hay algunas iniciativas. No sé si nacen estrictamente de la industria o de regulaciones que la empujan a cambiar. Un ejemplo muy concreto son los cosméticos exfoliantes. Durante mucho tiempo se utilizaron microplásticos fabricados específicamente para producir ese efecto exfoliante. Eran partículas plásticas producidas industrialmente para cumplir esa función. En muchos lugares se decidió reemplazarlas por materiales vegetales u otras alternativas menos problemáticas. Ahí sí hubo un cambio importante. También hay empresas que intentan diferenciarse con sellos que indican que sus productos están libres de microplásticos. Pero del otro lado también vas a encontrar asociaciones industriales que sostienen que los beneficios del plástico superan ampliamente los riesgos y que no existe ninguna razón para reemplazarlo. Es un debate que sigue abierto.

–¿Hay algún tipo de plástico más nocivo que otro?
–Sí. Más que el tiempo que tarda en degradarse, lo importante es la identidad química de cada plástico. Tenemos tantos tipos de plástico como aplicaciones imaginemos. Las bolsas de supermercado suelen ser polietileno, que es un material muy resistente y con determinadas propiedades químicas. Las botellas suelen fabricarse con PET, polietileno tereftalato, que también es el material de muchas fibras de poliéster. Ese plástico tiene otras características. Por ejemplo, si una botella de gaseosa se fabricara con polietileno en lugar de PET, el gas se escaparía con mucha facilidad y perdería su función. Cada plástico está diseñado para algo específico. El problema es que, a medida que modificamos la composición química, aparecen distintos monómeros y aditivos con niveles de toxicidad diferentes. Hay compuestos, como el acrilonitrilo, que aparecen en algunos plásticos y que presentan mayores riesgos. También importa mucho la carga superficial que tengan esas partículas. Algunos plásticos tienen cargas positivas o negativas y eso influye en cómo interactúan con el organismo. El polietileno, por ejemplo, es prácticamente neutro porque está formado por cadenas de carbono e hidrógeno. Pero hay poliamidas o poliaminas que poseen grupos químicos con carga positiva. Cuando algo con carga positiva ingresa al organismo, muchas veces genera respuestas biológicas más intensas. El cuerpo lo identifica más fácilmente como un elemento extraño y reacciona de otra manera. Esos pequeños detalles químicos pueden modificar mucho el comportamiento del material dentro de un organismo.
–Te llevo a la contaminación atmosférica. ¿Qué estudiás ahí? ¿Qué es lo que observás?
–Nosotros trabajamos desde hace muchos años con emisiones industriales y vehiculares. Particularmente estudiamos compuestos orgánicos volátiles y semivolátiles. Son moléculas basadas en carbono que se utilizan como solventes, aditivos o intermediarios en distintos procesos industriales y que tienen la capacidad de pasar fácilmente a fase gaseosa.
–¿Por ejemplo?
–El ejemplo más simple es el alcohol etílico que tenemos en casa. Si dejás un recipiente abierto, el alcohol se evapora. Eso es un compuesto orgánico volátil. Nosotros estudiamos muchos otros compuestos que se utilizan como aditivos de combustibles, pinturas o en la síntesis de medicamentos. Son sustancias que participan en procesos industriales y que muchas veces terminan liberándose a la atmósfera. Siempre doy un ejemplo muy sencillo. Si limpiamos una mesa con alcohol, esperamos que al día siguiente el alcohol se haya evaporado. Desapareció de nuestra vista y creemos que el problema terminó. Pero en realidad pasó a la atmósfera. En la industria ocurre algo parecido. Muchos procesos utilizan sustancias químicas que luego se evaporan. Algunas se recuperan, pero nunca se recupera el cien por ciento.
–Pasan al aire que respiramos.
–Siempre hay una fracción que termina en el aire. Y ahí aparece algo interesante. En las ciudades tenemos grandes cantidades de óxidos de nitrógeno provenientes principalmente del tránsito vehicular. Entonces esos compuestos orgánicos que se liberaron pueden reaccionar por efecto de la luz solar o por acción de radicales presentes naturalmente en la atmósfera. Un profesor decía que esos radicales son como el detergente de la atmósfera porque se encargan de romper moléculas. El problema es que, cuando rompen determinados compuestos orgánicos, a veces generan productos inocuos y otras veces generan sustancias que siguen reaccionando. Por ejemplo, pueden formarse especies químicas que se combinan con óxidos de nitrógeno y originan compuestos conocidos como peroxintratos y otras especies nitrogenadas. Algunas ascienden a capas más altas de la atmósfera, donde vuelven a romperse y generan nuevos radicales que participan en procesos relacionados con el ozono. Otras son más estables y pueden viajar enormes distancias. Entonces algo que se generó en Córdoba puede desplazarse cientos o miles de kilómetros y liberar esos compuestos en otra región completamente distinta. Ya no estamos hablando de un problema local, sino regional.
–¿Y eso preocupa a los gobiernos? ¿Quién debería ocuparse?
–Les debería preocupar. El ejemplo más claro fue el trabajo de Mario Molina con los clorofluorocarbonos. Eran compuestos fantásticos desde el punto de vista industrial. Se usaban en aerosoles, en refrigeración y en muchísimas otras aplicaciones. Pero cuando llegaban a la atmósfera, la radiación solar liberaba átomos de cloro y esos átomos eran los responsables de destruir el ozono. Así apareció el famoso agujero de la capa de ozono. El problema fue detectado, se generaron acuerdos internacionales, se prohibieron muchos de esos compuestos y se desarrollaron alternativas.

–¿Y hoy?
–Hoy estamos viendo los resultados de haber actuado a tiempo. La capa de ozono se ha recuperado aproximadamente en un 90% de lo esperado. Sigue teniendo fluctuaciones naturales entre invierno y verano, pero el panorama es completamente distinto al de hace algunas décadas. Es un ejemplo muy positivo porque demuestra que, cuando la ciencia detecta un problema y la sociedad toma decisiones, los resultados pueden aparecer.
–El uso de autos híbridos y eléctricos todavía es muy incipiente. ¿Contribuiría a mejorar la calidad atmosférica?
–Sí, aunque siempre hay que analizar el panorama completo. Desplazar combustibles fósiles es positivo. Ahora bien, también hay que preguntarse cuál es el costo ambiental de fabricar esos vehículos. Para que funcionen hacen falta baterías de litio, y obtener ese litio implica procesos extractivos complejos. A veces escuchamos que el auto eléctrico es la solución definitiva, pero después la electricidad con la que se carga proviene de centrales que funcionan con gas, con petróleo o incluso con carbón. Entonces hay que mirar todo el ciclo de vida y evaluar si realmente estamos mejorando el balance ambiental global.
–¿Y el GNC frente a los combustibles líquidos?
–El gas suele ser una alternativa más limpia porque está compuesto por una cantidad mucho más acotada de sustancias químicas. Básicamente hablamos de propano, de butano y de algunos componentes más. En cambio, los combustibles líquidos son mezclas mucho más complejas. Al tener una composición más simple, la combustión del gas genera menos subproductos indeseados. Sigue produciendo dióxido de carbono, que sabemos que tiene impacto sobre el cambio climático, pero genera menos dióxido de azufre, menos óxidos de nitrógeno y menos partículas sólidas. Los combustibles líquidos producen además partículas muy pequeñas de carbono, conocidas como "black carbon". Esas partículas pueden depositarse sobre hielo o nieve y favorecer el calentamiento porque oscurecen las superficies. Una superficie oscura absorbe más energía que una clara. Además, esas partículas generan una enorme cantidad de procesos químicos adicionales en la atmósfera.
–¿Te imaginás trabajando en la actividad privada?
–La verdad es que no. Es una discusión que tenemos muchas veces en casa porque todos saben que trabajar en la Universidad o en el Conicet no significa hacerse rico. Pero el problema es que nos gusta mucho lo que hacemos. Muchas veces terminamos poniendo recursos propios para sostener proyectos de investigación. Además, en la actividad privada hay muy pocos lugares donde realmente se haga investigación y desarrollo. A las empresas les resulta mucho más conveniente comprar una tecnología ya desarrollada o una patente terminada que invertir durante años en generar conocimiento desde cero. Hace pocos días, se conoció el caso de un sensor para detectar arsénico en agua desarrollado por un grupo de nuestro instituto. Mucha gente vio el resultado final y dijo: “Esto la industria lo va a adoptar enseguida”. Pero detrás de ese sensor hubo cinco años de trabajo doctoral de una investigadora, más todo el conocimiento acumulado por quienes trabajaron antes en esa línea. La ciencia básica lleva muchísimo tiempo y esfuerzo. Siempre me preguntan por qué no me voy a la actividad privada, si estuve afuera y podría ganar mucho más dinero. La respuesta es simple: me gusta lo que hago. Y cuando te gusta lo que hacés, muchas decisiones pasan por otro lado.
Ficha picante
Guido Rimondino (38). Doctor en Ciencias Químicas y licenciado en Química por la Universidad Nacional de Córdoba. Investigador adjunto del Conicet en el Instituto de Investigaciones en Fisicoquímica de Córdoba (INFIQC, Conicet-UNC) y docente universitario. Especialista en contaminación atmosférica, en fotoquímica ambiental y en microplásticos. Integró campañas científicas argentinas en la Antártida para el estudio de contaminantes atmosféricos persistentes.

