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La gran ¿ganga? de Juan Pablo

El consejo es: sólo acepte la lógica tiránica de las ofertas cuando necesite comprar algo específico. Laura González.

09 de diciembre de 2012 a las 12:01 a. m.
La gran ¿ganga? de Juan Pablo

Juan Pablo necesitaba con urgencia cambiar un termotanque. Consultó por Internet en varias casas de electrodomésticos y fue personalmente a algunas. Buscaba un producto con determinadas características técnicas, buen precio y, en la medida de lo posible, cuotas. La mejor oferta la encontró en un local sobre avenida Juan B. Justo, de la ciudad de Córdoba, pero pagando al contado: 1.400 pesos un Universal, de 80 litros. Entusiasmadísimo, cruzó la ciudad, gastó los ahorros y, al día siguiente, vio en un e-mail que su banco le ofrecía para el fin de semana 20 por ciento de descuento y 12 cuotas en una cadena que disponía del mismo termotanque que él necesitaba. ¿Cuál es el precio real de las cosas? ¿Qué día? ¿Hay forma de anticiparse? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo comparar? ¿Cómo evaluar si la oferta publicitada es tal? ¿Cuál es la referencia? ¿El precio verdadero es el que pago yo el jueves, el que pago el viernes con determinada tarjeta o el que pago el sábado con la otra? ¿Cuándo es barato y cuándo es caro?Responder esas preguntas se ha vuelto un ejercicio complejo en tiempos que combinan alta inflación con descuentos selectivos.Las rebajas se aplican con determinada tarjeta un día en particular, o sobre un rubro específico. También pesan las cuponeras de descuento, que por algunas horas ofrecen rebajas de hasta el 60 por ciento.Lo primero a lo que obliga esta nueva lógica de compras es a tener tarjeta de crédito y, especialmente, de débito, lo que implica ser cliente de un banco. Eso deja afuera al 34 por ciento de los trabajadores que sigue en la informalidad, aunque la gran mayoría opta por tarjetas de crédito que no exigen cuenta bancaria y que ahora también ofrecen rebajas en determinados comercios. Lo segundo que requiere esta nueva forma de comprar es tiempo. Tiempo para buscar información: hay que mirar las publicidades, entrar a los sitios web, atender las rebajas de último minuto, bucear los saldos disponibles, pispear los sitios de descuentos y leer los e-mails que se reciben en las tres o cuatro cuentas que posee cada usuario. Perderse una oferta ha pasado a ser, para algunos, razón de depresión durante un fin de semana. La mayoría actúa en consecuencia y, una vez sucedido esto, pasa a dedicarle el doble de tiempo. Dudas. La consecuencia de esta nueva tiranía de las ofertas es que no sabemos si, al comprar, estamos gastando bien o mal. Esos anabólicos al consumo -que bancos y comercios comenzaron a aplicar con la crisis de 2008 y luego no pudieron desmantelar- han diluido la noción del precio real de las cosas. La gente mira en cuánto le queda la cuota o cuán grande es la rebaja. Entonces, la decisión de comprar pasa a regirse por impulso: "El descuento es del 40 por ciento y no me lo voy a perder". Eso lleva a que muchos compren cosas que, si no hubiera estado la rebaja, no hubiesen comprado.Por lo general, el banco y el comercio comparten en partes iguales el costo de la rebaja que luego le reintegran al cliente. Hay serias presunciones de que, en las cadenas que tienen acuerdo con todos los bancos todos los días, los precios de lista están todos inflados. El consejo más sano sigue siendo "tómeselo con calma". Empiece por usted y no por la oferta: ¿Me hace realmente falta esto? Es probable que en muchas ocasiones deba responder que no. Y sólo acepte la lógica tiránica de las ofertas cuando necesite comprar algo específico, como Juan Pablo. Aunque nadie pueda garantizarle si compró al mejor precio posible, tendrá al menos la certeza de que compró lo que buscaba.