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Estuvo 34 horas perdido en la Antártida

Matías Vaca, estudiante de Geología de la UNC, logró sobrevivir a una feroz tormenta en el continente blanco. No tenía agua ni GPS, pero caminó un día y medio hasta que encontró su campamento.

08 de junio de 2013 a las 12:55 p. m.
Estuvo 34 horas perdido en la Antártida
Lo puede contar. Matías enfrentó al clima antártico con mucha fuerza interior y logró sobrevivir (Ramiro Pereyra/LaVoz).

"¡Abran la puerta de esta puta carpa!", dice Matías Vaca. Sus compañeros de campamento lo estrujan en un abrazo. Tras 34 horas de sufrir frío y soledad extremos, Matías siente calor en su cuerpo y su corazón. Se perdió por un día y medio en la Antártida y en plena tormenta. Vientos con nieve de 100 kilómetros por hora que borronean cualquier imagen o sonido enfrente de las narices. Temperaturas de hasta 30 grados bajo cero que inmovilizan cuerpo, mente y espíritu.Matías, riojano, 28 años, es estudiante de Geología de la Universidad Nacional de Córdoba. En su tesis de grado estudia la dinámica de los glaciares de la Antártida. Ya había visitado en dos ocasiones el continente blanco.Pero el 19 de febrero de 2013 está realizando tareas de apoyo para una investigación paleontológica. El campamento, de cuatro personas, se ubicó en la isla James Ross, al nordeste de la Península Antártica. Hace varias horas que están bajo una fuerte tormenta. Hay que realizar tareas de mantenimiento. Matías sale a ajustar los nudos y vientos de la carpa."En una de esas salidas, yo atino a agarrar cajones de víveres que se estaban volando. Cuando busco el segundo, me apago. Cuando vuelvo, estoy de rodillas en el suelo, sin tener a la vista el cajón ni el campamento, que estaba a cinco metros. Eran las 19.30", recuerda.Matías no sabe cuánto tiempo estuvo inconsciente. Piensa que está orientado y camina hacia la carpa. Hace 10 pasos, pero no encuentra nada. La visibilidad es cero. El viento es tan fuerte que llama a sus compañeros, pero no lo escuchan.Comienza a caminar formando una cuadrícula: cinco pasos para adelante, cinco a la derecha, cinco para atrás y cinco a la izquierda. Se hace de noche. Encuentra una roca del "tamaño de una habitación". Decide pasar la noche allí.Está bien equipado, pero igual siente frío. "Como la salida iba a ser muy corta, no tenía barra de cereal, reloj, GPS, nada. "Unas pasas de uva hubieran ayudado. Siempre hay que salir con algo, por las dudas. Me equivoqué", admite.Pasa la noche en la roca. "Cuando me hacía frío, le daba 10 o 15 vueltas. No quería dormirme. Si estaba muy cansado, apoyaba la cabeza en la piedra, pero seguía caminando. Cantaba. Puteaba. Alentaba a Boca. El objetivo era pasar la noche. Estar activo", recuerda.Amanece y la tormenta no se ha ido. "Comencé a caminar como en zigzag, yendo y volviendo. Contaba mil pasos, 10 a la derecha y mil pasos de regreso. Estaba muy cansando. Por ahí me parecía escuchar y ver cosas y ya me desviaba", asegura.Y recuerda: "En un momento, vi ruedas de cuatriciclo en el suelo y las comencé a seguir. Habíamos andado en vehículo por ahí. Estuve horas rastreando, porque eso me hacía pensar que estaba cerca. Opté por seguir caminando hasta que encontré una loma y un glaciar". El dulce de leche. Matías ya se siente cansado y con hambre. Se duerme parado. Y sueña: "Soñaba que comía dulce de leche. No sé por qué, porque no me gusta tanto. Ahí me di cuenta de que no tenía un plan. Necesitaba descansar". Con las antiparras cava un hueco en la nieve. Allí duerme lo que le parece toda una noche. "Estaba mucho mejor en lo físico y mental", confiesa. Pero lo que no sabe es que sólo ha dormido dos horas.Se despierta y sube a la loma desde donde puede ver la furia del viento blanco. "Iba y venía, como si fuera talco. No podía fijar una dirección al campamento. Se hace de noche. Me doy cuenta de que no estaba en condiciones físicas de pasar otra noche más a la intemperie. Recién ahí pensé que me moría", se sincera y se emociona. Los seres queridos. Matías está seguro de que se va a morir solo, en el medio de la noche antártica. Recuerda que alguien le contó que las personas pueden despedirse de sus seres queridos cuando tienen el último hilo de vida. "Decidí tomarme un momento. Me refugié en una roca del tamaño de una mesa. Opté por tratar de despedirme de todos. Tratar de que te sientan a la distancia. Pensé en todos los que quiero", dice. Ya no controla los espasmos de tanto tiritar. No siente las manos. Está casi muerto. Cuando termina de hacer ese duelo, escondido detrás de una piedra y tiritando, decide que ese no es el modo de morir. Prefiere seguir caminando. Morir de pie.Algunas estrellas iluminan el cielo. La tormenta ha terminado. Decide caminar de noche hacia donde le parece que está el campamento."Encontré unas formas geológicas que había fotografiado días antes. El trayecto desde ese lugar al campamento ya lo había hecho. Tenía mucha adrenalina, porque ahora tenía visibilidad, dirección y una distancia. Los primeros pasos me acalambraba entero. Estaba muy lastimado. Me dolían las rodillas, pero todo se iba borrando a medida que iba reconociendo el terreno. Sentía que estaba volviendo", recuerda.Ve las luces del campamento a la distancia. Luego, las siluetas de sus compañeros dentro de la carpa. Llega haciendo chistes. "Llegué a la carpa y les dije: '¡Abran la puerta de esta puta carpa!'", se ríe. Eran las 5.30 del 21 de febrero de 2013.

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En video. El relato de Matías Vaca.