“En mi casa no hay libros, lo poco que tenemos es para comer”
La realidad de Paola coincide con las estadísticas.
En la casa de Paola Machuca (37) no hay ni un solo libro. "No nos da para eso. Estamos todos sin trabajo y lo poco que tenemos es para comer", cuenta en el patio de su casa en Villa Rivera Indarte, en donde conviven ocho personas: ella y su marido, dos hijos (19 y 21), que tuvo siendo soltera, y cuatro pequeños, de 12, 9, 6 y 4 años.Paola sabe que es importante la lectura para estimular a sus hijos pero no tiene con qué hacerlo. Por eso deposita todas sus esperanzas en la escuela. "Espero que mis hijos pequeños puedan terminar el colegio, que no sean como yo", opina. Y cuenta que abandonó en quinto grado para cuidar a sus hermanitos. La realidad de Paola coincide con las estadísticas. Los últimos datos del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, del Observatorio de la Deuda Social Argentina, que depende de la Universidad Católica Argentina (2015) revela que cuatro de cada 10 niños argentinos no reciben estímulos emocionales, culturales o intelectuales en sus hogares.El informe indica que al 43,2 por ciento de los chicos de 0 a 12 años no les suelen contar cuentos ni narrar historias orales (30,4 por ciento en el grupo de 0 a 4 años y 50,5 por ciento en el de 5 a 12 años).En este punto, las brechas de desigualdad social son significativas. Los niños en el estrato muy bajo quintuplican las chances de no tener libros infantiles en el hogar en comparación con sus pares del estrato medio alto. Planes Paola cuenta que su marido se quedó sin trabajo. Es electricista y para tomar un empleo tiene que validar sus conocimientos en un curso que empieza en noviembre. Los dos hijos más grandes también están sin empleo, uno ayudaba al padre y otro era albañil en una obra. Paola cuida a los niños. Cuando se le pregunta cómo se las arreglan para vivir, la mujer responde: "De nada. De un plan". Los ocho viven con 2.700 pesos al mes que reciben de la Asignación Universal por Hijo. "Ni pensar en comprar un libro, si no podemos comprar una témpera, un lápiz o unas hojas de dibujo", explica.Los más chicos asisten a la escuela municipal Jorge Orgaz, y el más grande, al Ipem 17 Paulo Freire."Se hace difícil, no quiero que los chicos anden en la calle. Cuando teníamos trabajo, más o menos podíamos vivir. A veces pasamos tres días sin comer y hasta los más grandes lloran cuando les falta comida. Me pone mal esto. No me alcanza para nada", relata.Paola a veces le pide ayuda a su mamá, que tiene un carro con caballos. "Le doy mucha importancia a que aprendan. Los mando a fútbol, no quiero que dejen pero hay que pagar del 1 al 15 de cada mes. Quiero que el día de mañana ellos estén mejor que nosotros, que terminen el colegio y sean algo", piensa.Paola también proviene de una familia humilde. Fue madre a los 16 y ya es abuela. Uno de sus hijos empezó a construir en el mismo terreno de la casa de sus padres, pero no la puede terminar."Somos pobres", se define. "Y me duelen mis hijos".

