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El “neosalvaje” que vino a morir a la Patagonia

El ecologista estadounidense ayudó a crear parques nacionales en Argentina y Chile. Temido, odiado y reivindicado.

20 de diciembre de 2015 a las 12:18 a. m.
El “neosalvaje” que vino a morir a la Patagonia
Patriota. “He comenzado a pensar que estoy cuidando a Argentina y a Chile más que los argentinos y los chilenos. Me siento una suerte de ciudadano de facto (...)”, decía Tompkins en una entrevista (Darío Galiano/LaVoz)

"Me siento totalmente en casa en esta parte del mundo. Aquí es donde voy a estirar la pata". Eso respondía Douglas Tompkins en una entrevista que dio desde la Patagonia a la revista ecologista estadounidense Earth Island Journal en 2012. La publicación se interrogaba, con ojos norteamericanos, sobre qué le había picado a este empresario multimillonario para venir a instalarse en el otro extremo del mundo y dedicar el resto de su vida a salvar pudúes, pajonales y papagayos. Tompkins tenía 72 años, sabía que no le quedaba mucho tiempo. Aquí, sobre todo en Chile, había sido combatido como si se tratara de la avanzada de un grupo de aliens que venía a apropiarse del planeta. Los chilenos se despertaron un día con la noticia de que un extravagante ciudadano de Ohio les había partido el país a la mitad, comprando una fracción de tierra que iba de la Cordillera de los Andes hasta el Pacífico. A partir de ahí, fue la guerra. ¿Quién es este gringo? Tompkins no escarmentó y saltó hacia el lado argentino. Llegó con una cuenta bancaria hinchada, luego de que junto a su compañera se desprendieran de gigantescas compañías que fabricaban ropa de marca. Empezó con sus compras de paisajes paradisíacos y despertó una ola de acusaciones: agente de la CIA, extremista ecológico, globo de ensayo para explorar la posibilidad de que Argentina ceda una parte de la Patagonia a cambio del pago de la deuda externa.

Allá por 2001, cuando Argentina parecía a la deriva institucional, esa última acusación fue tratada hasta en un artículo del The New York Times, fue motivo de una encuesta de la consultora Giaccobe y Asociados y abrió una discusión caliente en la legislatura santacruceña, provincia gobernada, en aquel momento, por Néstor Kirchner.Pese a ese tratamiento belicoso, años después, en la misma entrevista citada al principio de esta nota, Tompkins dijo: "He comenzado a pensar que estoy cuidando a Argentina y a Chile más que los argentinos y los chilenos. Me siento una suerte de ciudadano de facto (...) Al final te das cuenta que el pasaporte no tiene importancia. En realidad es tu conducta la que determina si eres un patriota".

Tompkins murió el 8 de este mes luego de que terminara mal una excursión de 300 kilómetros en kayak junto a otras cinco personas. Un fuerte viento dio vuelta las embarcaciones y Tompkins permaneció en el agua helada durante más de una hora. Fue rescatado en helicóptero, en estado de hipotermia severa, de las costas del lago patagónico General Carrera (llamado Buenos Aires del lado argentino). Llegó al hospital de Coyhaique casi sin vida, a las 13.30, y cinco horas después murió. Cambio de imagen Queda su viuda, Kristine McDivitt, millonaria ecologista como él, para hacerse cargo de finalizar los emprendimientos que Tompkins tenía en marcha en los dos países. Desde que ambos pusieron sus pies en esta región del mundo, participaron con un rol principal en la creación de cuatro nuevos parques nacionales, y tenían otros en proceso de formación, totalizando 800 mil hectáreas protegidas entre ambos países. A esa cantidad arribaron a través de la compra de 10 grandes estancias y 17 campos agrícolas, según informaban en su página tompkinsconservation.org, que luego fueron donando a cambio de que se crearan los parques nacionales.

En Chile, asociados a otro filántropo estadounidense, Peter Buckley, obtuvieron la colaboración del gobierno para crear el Parque Nacional Corcovado, y dejaron el camino allanado para habilitar los parques nacionales Patagonia, Alacalufe, Melimoyu y Pumalín.

En el caso de Argentina, Tompkins y McDivitt participaron en la compra de la estancia santacruceña que se terminó convirtiendo en el Parque Nacional Monte León, en 2004. Es el único parque nacional costero-marino del país. En 2013 donaron otra de sus compras: 15 mil hectáreas para ampliar la superficie del Parque Nacional Perito Moreno, en Santa Cruz.

La muerte de Tompkins deja en trámite la creación del Parque Nacional Iberá, en Corrientes, sobre tierras que también había adquirido con su compañera. En ese lugar habían levantado una de sus residencias, donde pasaban el verano austral, y desarrollaban acciones para restaurar especies silvestres como el oso hormiguero, el yaguareté, el venado de las pampas y el guacamayo rojo.

Además habían asesorado técnicamente en la creación del Parque Nacional El Impenetrable, habilitado al norte de la provincia de Chaco en 2014, y en 1992 compraron las tierras del que actualmente es el parque provincial El Piñalito, en Misiones. Además impulsaron la apertura del Parque Nacional Patagonia, en Santa Cruz, creado este año.

Las notas publicadas a partir de la muerte de Tompkins muestran cómo cambió en el país la imagen del filántropo. Hasta la Administración de Parques Nacionales emitió un comunicado lamentando su fallecimiento.

Emiliano Ezcurra, el vicepresidente de Banco de Bosques, una de las organizaciones ambientalistas que ya se hizo su lugar en el gobierno del presidente Mauricio Macri, luego de conocer la muerte del magnate dijo que Tompkins le había cambiado la vida: "Sabelo, Doug: tu legado de parques nacionales y agroecología que dejaste en suelo argentino y chileno lo vamos a defender por generaciones".

Los miedos que provocó en Argentina y Chile la llegada de Tompkins y McDivitt iban atados a las preguntas sobre el objetivo real de sus compras masivas de tierras (algo que no podrían haber hecho en su propio país) y a la filosofía que las sustentaba.

El "neosalvaje" Tompkins era un ferviente seguidor de la filosofía del noruego Arne Naess, quien murió a los 96 años en 2009. Naess creó el concepto de deep ecology (ecología profunda), para diferenciarse de las que consideraba formas superficiales de defender el ambiente. La ecología profunda no pone su foco en salvar ballenas o el reciclado, sino que apunta varios siglos hacia el futuro. Naess, de quien Tompkins fue su más conocido y poderoso alumno, creía que la humanidad cometió un error al colocar al hombre como centro y que debía tender hacia una mirada más biocéntrica, que entendiera que todas las especies, animales y vegetales, tienen la misma importancia. Imbuido de esa filosofía, Tompkins usó su fortuna y la de su esposa, junto a la red estadounidense de fundaciones land trust , dedicadas a financiar la compra de tierras, para adquirir grandes extensiones y tratar de volverlas a su postal bucólica inicial.Los lugares que compraba pronto veían desaparecer los alambrados, los cercos, las actividades económicas que no cuajaban con su idea de ambiente puro, para crear las condiciones que les permitieran resalvajizarse. En Chile, por ejemplo. mantuvo grandes batallas contra los salmoneros. En los últimos años de su vida, advertido de que esa forma de pensar lo convertía en su propio país en un extremista ecológico, empezó a intentar formas agrícolas que fueran respetuosas de su idea, como hizo en la provincia de Entre Ríos. Era un tecnófobo que abjuraba de la minería, la telefonía o la industria automotriz, pero que empleaba el teléfono celular como cualquier mortal y amaba hacer paseos en avión. Tampoco era un gran admirador de la democracia, a la que apenas consideraba un artefacto capitalista contemporáneo. Cuando se le señalaba que la población mundial no podría ser alimentada si todos siguieran sus ideas, se encogía de hombros y señalaba que el siglo 21 ya estaba perdido, que había que poner la mirada más adelante.