El LCD que dejó entrar Susana
Es notable cómo las conductas incivilizadas se contagian a una velocidad sorprendente.
Recién terminaba el noticiero y en la vereda de la casa de Susana golpearon las manos. Se asomó: era su vecina, que en voz alta y sin pudor, le avisaba que todos estaban yendo a buscar cosas del galpón del transportista Lancioni, en Los Boulevares, porque no estaba "la cana". Le insistía en que fuera, que todos iban, que se apurara, porque no iba a quedar nada. Susana le dijo que no, que le daba miedo. Era cierto, pero no se animó a decirle que no quería robar.Se asomó a la vereda. Vio que algunos automovilistas, al percatarse de lo que sucedía, se volvían para manotear alguna caja. En eso estaba cuando vio a su hija, de 16, venir con un paquete gigante. "Pero mamá, si todos lo están haciendo", le respondió cuando Susana la increpó.Le dijo que era un televisor LCD, que estaba bueno para cambiar el del living. Sin más, su mamá la dejó pasar.Múltiples lecturas han surgido para explicar lo que pasó en Córdoba en los albores de este diciembre. Que la brecha de ingresos en la década ganada no se achicó; que los jóvenes ni-ni no tienen nada que perder; que hay en general una falta de perspectivas de vida; que la Policía cosechó la bronca que siembra; que la prohibición de sindicalizarse no permite dar una vía de escape controlada al reclamo; que en las grandes ciudades la opulencia de quien tiene mucho y se encierra en un country contrasta obscenamente con los 10 que duermen hacinados en un barrio-ciudad; que las familias cada vez más disfuncionales no pueden contener afectivamente a sus miembros; que no hay percepción colectiva de que robar está mal; que si en el Gobierno todos roban y no pasa nada, por qué no lo voy a hacer yo; que el narcotrabajo ha menguado y por eso hay bronca; que quien robó se estaba vengando de lo que no puede tener, porque se ha exacerbado tanto el consumo que comprar se ha convertido en una razón tan existencial y determinante como para hacer olvidar todo lo demás.Susana es portera de un colegio privado y su marido trabaja en una estación de servicio. Los dos están en blanco y juntan unos 11 mil pesos al mes. Tienen casa propia, tres hijos y, si bien no les sobra nada, viven con dignidad. Ninguna de las razones de arriba explican acabadamente por qué su hija fue también al depósito a saquear y por qué ella, bien consciente de que eso era robar, la avaló. Quizá la "teoría de las ventanas rotas" acerque alguna explicación a esta conducta colectiva. En 1969, el psicólogo Phillip Zimbardo hizo un experimento: abandonó un auto en las peligrosas calles del Bronx de Nueva York y otro, idéntico, en el exclusivo barrio de Palo Alto, California. Al tercer día, el auto del Bronx, no tenía ningún componente de valor y fue destruido. El de Palo Alto estuvo intacto una semana.Pero Zimbardo, a propósito, le rompió un vidrio. Días después, los vecinos de Palo Alto lo destruyeron igual que al del Bronx. Este experimento dio lugar a la "teoría de las ventanas rotas", elaborada por James Wilson y George Kelling: si aparece una ventana rota en un edificio y no se repara, pronto todas las ventanas habrán sido destrozadas. ¿Por qué? Porque para algunos es divertido romper vidrios y porque la ventana rota envía el mensaje: "Nadie cuida esto".La teoría indica que si alguien deja basura en un predio, todos también la dejarán; que si alguien pinta un grafiti en una pared, pronto estará toda la zona pintada. Cuando se empieza a desobedecer las normas que mantienen el orden de la comunidad, pronto toda la comunidad comenzará a deteriorarse. Las conductas incivilizadas se contagian a una velocidad sorprendente. No importa si la norma violada es leve o grave: el contagio se producirá igual, bajo el paraguas de que no hay sanción.Quizá algo de eso pasó en la casa de Susana.

