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El enemigo de al lado

No es muy común que uno se despierte un día con el golpe de los martillazos contra la medianera contigua. Edgardo Litvinoff.

16 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
El enemigo de al lado

No es muy común que uno se despierte un día con el golpe de los martillazos contra la medianera contigua, ni que en ese lugar el vecino coloque una ventana que mire a nuestro patio, ni que el vecino sea Daniel Aráoz. Eso le pasa al protagonista de El hombre de al lado , la película de Gastón Duprat y Mariano Cohn que acaba de estrenarse en los cines argentinos. El éxito del filme deriva, sin dudas, de su sorpresiva intensidad. Pero también porque acierta al invocar un conjunto de valores y miedos que reptan en nuestro inconsciente colectivo y que florecen no bien nos sentimos amenazados. El vecino siempre es "el otro", y convivir con él implica un proceso bastante lento y complejo. Ni hablar cuando surge un inconveniente y los instintos estallan. No por nada el problema de las medianeras es el principal motivo de peleas y consultas en las oficinas de mediación comunitaria. Y nunca son fáciles de resolver.Desde humedades compartidas hasta árboles que traspasan límites, pasando por escaleras demasiado cercanas o ventanas como las de El hombre de al lado , la gente se enfrenta con vehemencia y cuesta imponer el diálogo.Más allá de lo establecido por los códigos de edificación, hay casos muy claros, pero existen otros en los que no es posible decir con certeza que una de las partes esté equivocada.A veces un ventiluz ubicado a tres metros de altura no representa molestia para el vecino; a veces el vecino perjudicado se queja y pide intimidad como si utilizara el patio para andar desnudo todo el día y tener allí sexo con animales.Los barrios privados, en cambio, encierran una paradoja: la mayor parte de estos terrenos no puede dividirse con muros, de manera que el contacto visual es directo, al menos entre dos o tres patios. Hay en estos terrenos mucha menos intimidad que en un barrio como Alta Córdoba, aunque se equilibra con otros factores –sociales y económicos– que intervienen para mitigar esa sensación. Los conflictos se dan igual, sólo que no se resuelven en las oficinas públicas, sino puertas adentro de las administraciones.Sea donde fuere, cuando ocurren estos casos y se accionan ciertas palancas de la mente, lo que aflora no suele ser tolerancia o comprensión, sino miserias que no creíamos tener. El hombre de al lado las explota con inteligencia, les saca la cáscara, nos las refriega en la cara: podemos ser frívolos inú-tiles o pendencieros bocasucia, anfitriones refinados o mersas de conventillo, profesionales presumidos o mercachifles. Y nunca nos damos cuenta de qué lado estamos, porque nos tambaleamos entre unos y otros según la ocasión.Así de humanos somos.