Gente picante. Pamela French: El inglés te defiende, pero lo importante es el proceso

Fundadora del British y del Mark Twain con su hermana Mónica, Pamela French analiza el valor del idioma en un mundo globalizado y cómo cambió la enseñanza en las últimas décadas.

16 de mayo de 2026 a las 09:00 a. m.
Pamela French: El inglés te defiende, pero lo importante es el proceso
Pamela French del British School. Foto: Pedro Castillo / La Voz

–Emprendedora, empresaria, hoy al frente de instituciones muy reconocidas. ¿Cómo llegaste ahí?

–Yo hice todo con mi hermana. Nosotras hemos sido una dupla muy creativa. Nos llevábamos muy bien y teníamos mucho respeto por la otra. Yo he seguido muy activa hasta hoy. Mi hermana ya hace un tiempo que no está tan activa, pero estamos siempre al tanto de todo y las opiniones se comparten. Ella es dos años más grande que yo.

–Cercanas en la manera de mirar las cosas también.

–Sí, sí. La educación tiene para nosotras una importancia enorme. Nos marcó. Nos mandaron a los mismos lugares y teníamos mucha afinidad. Nos gustaba lo mismo. Era más bien humanista todo lo que nos gustaba y eso nos unió muchísimo. Vinimos de un hogar feliz afectivamente. Económicamente, más o menos. Pero mis padres, con sus dificultades, tenían esta mirada de avanzada de que el inglés era importante. En mi familia éramos cinco: dos mujeres y después tres varones. Me contaban que mi padre y mi madre habían dicho: “A las chicas les demos lo necesario para que sean independientes”. Hace muchos años, ¿no? Y eso siempre nos marcó.

–En ese entonces vieron en el inglés una herramienta.

–Sí. Estudiamos juntas. Cuando terminamos el colegio, mi hermana decidió estudiar Profesorado de Inglés. Yo terminé el colegio y a mí me gustaban las artes: me gustaba plástica, me encantaba la actuación, me encantaban los guiones. Entonces dije: “Voy a hacer Bellas Artes”. Y como en esa época hacíamos caso, mi madre fue la que, suave, sutilmente, me persuadió. Me dijo: “¿Y qué vas a hacer con todo el inglés que tenés? ¿Qué vas a hacer?”. En definitiva, me dijo: “¿Vas a ir a Bellas Artes en este momento? Vos también tenés que saber ganarte la vida. ¿Por qué no estudiás como Mónica?”. Bueno, ingresé a la Facultad de Lenguas, que en esa época era facultad, e hicimos la carrera juntas, muy bien, muy felices. Después fui a trabajar al colegio Sacré Coeur, que ya no existe. Me llamaron porque yo era exalumna de Montevideo. Allí, de una manera natural, un grupo de madres, porque yo daba clases en los cursos más altos del secundario, me dijo: “¿Por qué no armás algo para unos chicos acá con inglés?”. Entonces armé un grupo. Un grupo que se fue enriqueciendo. Y de repente el colegio cerraba.

–¿En qué época fue eso?

–A principios de los ’70. Estaba todo el tema del tercermundismo y el cambio que hubo en las congregaciones en la parte religiosa. El colegio cerraba. Y vinieron esas madres y me dijeron: “¿Pero cómo esto va a cerrar?”. Había que trasladarlo, así que alquilé aulas en el colegio de las madres escolapias uno o dos años. Era nuestra época joven. Y tuvimos la bendición de que se dio para alquilar la casa actual del British School, en José Roque Funes. Al mismo tiempo yo ya estaba de novia y mi hermana volvía de Europa, donde había estado enseñando. Se dio que me casé y mi marido sacó una beca para Europa a los dos o tres meses de casados. Entonces me tuve que ir y quedó Mónica a cargo de todo. Ahí empezó una alianza para toda la vida. Eso era el British.

–¿Ya se llamaba British?

–British School. Nació en el año '70, en ese otro colegio donde yo estaba, pero después ya tuvo su identidad. Y la verdad es que fue medio imparable. Fuimos muy creativas. Se creó un método de enseñanza que contaba con mucho tiempo de los chicos, porque era como el complemento ideal para una doble escolaridad. El chico almorzaba en su casa y venía al British. Había ciertas normas: teníamos salas de estudio muy activas, no se hablaba nada de castellano, había mucho juego, mucha música y mucha metodología, porque siempre apuntamos muy alto.

–Un método creado por ustedes.

–Sí. Nos guiaban las cosas que había en inglés en ese momento, pero todo lo que era la sala de estudio, el study period, la forma en que se fue organizando, con las helping teachers muy activas, fue toda una metodología estupenda en una época en la que pudimos crear muchísimo. Había mucha música y combinábamos muy bien con muchos colegios, con los cuales ya se establecía como algo normal que los chicos vinieran al British. Después vino la etapa de formar nuestras familias. Todo eso siguió sucediendo. Los hijos, por supuesto, pobres, no sé cuánto han padecido las instituciones, pero por lo menos hablan inglés fantástico y les ha servido mucho en su vida.

–Pero ustedes veían el inglés no sólo como un idioma.

–No era sólo el idioma que te va a defender en la vida. Era el proceso que te acompañaba en la niñez y en la adolescencia. Con los juniors eran ocho horas por semana, cuatro veces por semana. Con los seniors e intermediates, seis horas por semana.

–¿Tanto?

–Sí, pero todo evoluciona. Hoy los chicos tienen hockey, fútbol, un montón de actividades. Los colegios también empezaron a tener más actividad. Su majestad la tecnología ocupó mucho lugar y hemos tenido que hacerle espacio. Todo el tema del deporte creció muchísimo, que además es algo muy sano. Mientras el tiempo iba pasando, empezó a ocurrir que nuestras propias alumnas del British se recibían, decidían estudiar inglés y trabajaban con nosotras desde el principio. Fue un grupo divino, con mucho apoyo y mucha gente muy valiosa.

–¿Cuántas escuelas tienen hoy?

–Tuvimos durante mucho tiempo el British del Cerro y el de O’Higgins. Después no abrimos más por todas las dificultades de tránsito, de horarios de los chicos y todo eso. Ahora tenemos el British Cerro, el British Villada, en Valle Escondido; el British Méndez Olazábal y el British Zona Sur. Además estamos dando inglés en tres colegios.

–¿Cuánta gente trabaja con ustedes? ¿Cuántos profesores y cuántos alumnos?

–Depende de cada lugar, pero en números globales el personal que tenemos es de alrededor de 560 personas entre profesores, personal de limpieza, comedor, administrativos, todos. Somos un montón. Y alumnos, más allá de los cuatro mil.

–Vuelvo a tu infancia y a eso que marcás como distintivo en tu familia: el inglés como herramienta. ¿Qué hacía tu mamá? ¿Qué hacía tu papá?

–Eran personas muy afables. Mi padre era militar joven cuando estábamos en Buenos Aires. Mi madre, sobre todo, estaba en casa. Tuvo cinco hijos. Mi padre ejercía sus funciones como militar, pero con el tiempo no estuvo tanto en actividad. Finalmente tuvieron un destino divino, que fue Montevideo. Mi padre fue como agregado militar y allí pasamos dos años estupendos. Se retiró allá, con toda la ilusión de quedarnos a vivir en Montevideo porque estábamos muy bien, pero, con todos los avatares económicos y políticos de Argentina, al final volvimos. Allí fui a un colegio fantástico. Eso también me inspiró muchísimo, porque yo amé ese colegio.

GENTE PICANTE - Pamela French del British School 
Foto: Pedro Castillo / La Voz
GENTE PICANTE - Pamela French del British School Foto: Pedro Castillo / La Voz (Pedro Castillo / La Voz)

–Y después, cuando el British ya estaba andando, aparece la idea del colegio.

–Sí. También tenía que ver con que los colegios tenían más cosas y nosotras queríamos genuinamente tener la educación completa en nuestras manos. El British iba a seguir con su maravilla, como siempre, como happy place, un lugar feliz. Entonces decidimos fundar el Mark Twain. No fue como el British, que fue creciendo, fue naciendo. El Mark Twain fue pensado, deseado, organizado. Viajamos a Buenos Aires a conocer colegios. Viajamos a Estados Unidos. Conocimos colegios de IGCSE, conocimos IB y lo pensamos como un colegio de mucho nivel. Yo me río porque el desafío era ponerlo en el centro del Cerro de las Rosas y que se estudiara todo lo que había que estudiar. Y así fue. Nunca fuimos muy buenas para la parte comercial. Empezamos a invitar a la gente, a anunciar el colegio para agosto del ’94, empezando en marzo del ’95. En diciembre del ’94 vino el Tequila, que afectó muchísimo. Transcurrimos el ’95 iniciando el colegio con dos cursos, primero y segundo años. Y justo a fin de año, cuando habíamos elaborado toda la proyección académica, Menem pone la Ley Federal de Educación y nos dan vuelta todo. Teníamos latín, por ejemplo, y hubo que sacarlo. Pero nos acomodamos.

–Pero el colegio nació como secundario.

–Sí, durante cinco años fue solamente secundario.

–¿Por qué?

–Porque para nosotras era la etapa de la vida que más te forma. Queríamos eso. Hay otros colegios secundarios en Córdoba también. Y después, por esas cosas del destino, pasó lo que una no se imagina: mi marido murió joven. Fue un golpe muy grande, inesperado. Eso afectó mucho. Pero al año siguiente cerró otro colegio y abrimos el primario. Entonces ya se armó un Mark Twain completo. Ya estaban nuestros hijos incorporados. Después apareció la posibilidad de ir a los Salesianos, donde estamos ahora, y gracias a ellos, a los administrativos y a todos, hicimos ese paso.

–¿Tu marido era parte del proyecto?

–No. Mi marido era juez, pero era un gran entusiasta de todo lo que hacíamos. Me guiaba también. Le gustaba la educación, había dado clases en la universidad. Era un gran melómano. Y el Mark Twain hoy tiene una orquesta. Él realmente me hizo despertar mucho al mundo de la música. Hay otros colegios que también tienen todo lo que hoy tenemos, pero la vara muy alta que mantienen las instituciones son los exámenes internacionales. Nosotras elaboramos muchísimo metodologías y todo eso, pero cuando los chicos rinden esos exámenes son un número. Entonces la meta de llegar a eso, todo el proceso de preparación, es muy importante. Primero, en sexto grado rinden un examen. En cuarto año, también rinden los famosos exámenes que te hacen muy bilingüe: son materias en inglés, siete materias. Y luego el Bachillerato Internacional, que es fantástico. Está muy dirigido hacia una mirada internacional, pero conectada. Yo digo que nosotros tenemos la suerte, en este mundo, de estar casi en la cola del mundo. Somos lo más austral que hay, con Chile. Pero con las comunicaciones que existen es fantástico cómo te podés comunicar y realizar acá lo que se realiza en otros lados.

–¿Cómo cambió el estudiante de hoy respecto del estudiante de hace 30 años?

–Nos cuestionaban más las cosas que imponíamos. Por ejemplo, en el Bachillerato Internacional es obligatorio hacer solidaridad, creatividad, acción y servicio. Son horas obligatorias. Tenés que cumplirlas, tenés que redactar un cuaderno. Está muy bien dirigido. Algunos varones te cuestionaban: “¿Cómo me van a obligar a mí a ser solidario?”. Ese tipo de cosas había que imponerlas. También con los padres, por ejemplo, que fuera obligatorio el examen. Todas las cuestiones económicas también tenían que ver. Con mucha dedicación y firmeza se pudo instalar eso. A veces me hace bien pensar que trajimos cosas de avanzada. Cuando pusimos los IGCSE, no existían en Córdoba, salvo en el colegio San Pablo, de La Cumbre, puede ser. Son exámenes de Cambridge, materias en inglés. Después vinieron uno o dos colegios que también los pusieron, no más. Y con el Bachillerato Internacional también: lo pusimos nosotros y también San Pedro Apóstol, que ya no lo tiene. Fueron iniciativas que trajeron algo novedoso.

–¿Cuántos alumnos tiene hoy el Mark Twain?

–Unos 1.200 y algo. Para un colegio es enorme. Lo que sí se sostiene en nuestra convicción es que la atención del alumno, en el British, en el Mark Twain y en el Ken Robinson, es personalizada. Eso es muy importante. Podemos tener números grandes, pero la actitud de los docentes, de los gabinetes y de todos los equipos es atender personalizadamente. Yo ya no estoy en aula, fue la etapa más divina de mi vida. No cambiaría por nada las horas en aula, cuando era profesora. Me encantó siempre. Siempre hubo mucho respeto y muy buena actitud de parte de los alumnos. Al British nadie venía forzado. Era una elección. En el colegio hay un poco de todo, pero a todos se los auxilia, se los acompaña. Además, el colegio tiene como premisa, repito, que la primaria sea un lugar feliz. Y se aprieta mucho más en la secundaria.

–Hoy se habla mucho de menos tolerancia a la frustración en las infancias y adolescencias. ¿Ves eso?

–Sí. Les pasa también a los padres. El padre de hoy, primero, tiene menos hijos, entonces se concentra mucho más en los hijos que tiene. Pero además creo que, con toda razón, el padre de hoy es temeroso. Con todas las cosas que uno ve, lógicamente los padres están encima, ansiosamente encima de los chicos. Lo único que te diría, respondiendo a lo de la fragilidad, es que un chico que termina un Mark Twain no puede ser muy frágil. Porque realmente tiene que superar muchas cosas para llegar a un buen final. Todo muy bien llevado, todo muy lindo, pero si no estudiás, no podés llegar. Yo tenía el miedo de decir: “Estos chicos están realmente en una burbuja: colegio, casa, club, estudio”. Pero cuando se reciben y eligen universidad, muchos van a la nacional. Para ellos es muy natural moverse en la ciudad, ir a esa universidad, seguir el ritmo. No hay problemas. Y eso me parece importante.

–En muchos casos, el Mark Twain y el British están asociados a un público demasiado elitista, de altos ingresos. ¿Es realmente así?

–Hay de todo, tenés que poder pagar el colegio, indudablemente. Entonces sí, es un grupo de gente que realmente lo puede pagar. Pero también hay mucha gente que ha hecho mucho sacrificio para mandar a sus hijos al colegio. Lo lindo es que cuando una familia entra, generalmente entra la familia. Como pasa con otros colegios: el Sagrado, el Manuel Belgrano, el Taborin, el 25 de Mayo. Son colegios con mística. La familia que integra el colegio comparte una filosofía familiar y escolar. Eso es muy lindo. Puede ser que la comunidad del colegio sea de mejores ingresos que otras, pero no podés ser liviano. Acá hay que estudiar en serio. Es así. Y creo que los padres están muy atentos con sus hijos y muy dedicados.

–Muchas escuelas se quejan porque tienen que lidiar con los padres y sus propias demandas. ¿A ustedes les pasa? Y, segunda pregunta: el padre que paga esa cuota, ¿se siente con derecho a exigir determinadas cosas?

–En general no hemos tenido conflicto con los padres. Los casos individuales se tratan. No quiere decir que no tengas que pasar a veces un mal rato. También hay que tener la comprensión de que hay gente que no la está pasando bien o que no ve bien a su hijo. Todo eso hay que entenderlo. Los padres nos responden. Ahora, nosotros nos cuidamos mucho de estar en el chisme escolar. Si existe y va por ahí, a veces a mí me traen cosas, pero yo me he mantenido muy alejada de eso. Y eso es sano. Si alguna vez los padres vienen a hablar, el reclamo que puede hacer un padre que paga la cuota es un reclamo que tiene que ver con lo material, con las instalaciones, con ese tipo de cosas. Pero jamás un reclamo por un tema académico porque paga una cuota.

–¿Sigue siendo hoy el inglés un valor diferencial?

–Sigue siéndolo, aunque hoy está más generalizado. Con tanta aplicación, con tanta traducción automática, quien no aprendió puede sobrellevarlo. Pero saber inglés tiene distintos niveles. Hoy es fundamental la solvencia para comunicarte. Si el mundo está globalizado, es necesaria una lengua común. El inglés es el idioma de la ciencia, de lo académico, el idioma diplomático. Fijate que en la India, por ejemplo, las universidades son en inglés, porque tienen muchos dialectos. Más allá de todo lo que Inglaterra haya perdido con el Commonwealth, el idioma quedó. El inglés y el castellano son hoy los dos idiomas fuertes del mundo. Para estudiar afuera, para trabajar, para viajar, es clave. Y ahora se ve algo nuevo: chicos que terminan el colegio, al primero o al segundo año de universidad ya son contratados desde el exterior para trabajar online.

–¿Por qué?

–Porque saben inglés. Y sobre todo los que pueden interactuar oralmente. Una cosa es entender y otra es poder argumentar. Eso es fundamental.

–Con toda la tecnología de traducción, ¿eso cambia?

–Siempre hubo traducción asistida. Ahora hay dispositivos que dicen que se van a perfeccionar mucho. Pero las emociones, el lenguaje corporal, la forma de comunicarte, eso es inherente a la persona. Para mí eso va a seguir siendo clave. También hay que entender que no es igual en todos lados. En China, por ejemplo, aunque sepas inglés, fuera de ciertos círculos es muy difícil comunicarte. Pero en general facilita muchísimo. Nuestros alumnos hacen muchas experiencias afuera. Algunos vuelven, otros no. Pero el inglés abre puertas.

–La mirada de los gobiernos, nacional y provincial, respecto del inglés, ¿es suficiente?

–Hubo un cambio. Antes el inglés no era importante en la currícula oficial. Ahora hay más conciencia. Este Gobierno, por ejemplo, ha tomado conciencia de la necesidad de enseñar inglés. También hay ejemplos en otras provincias, como Chubut o Entre Ríos, donde están desarrollando planes para fortalecerlo. No es fácil. El inglés no puede ser una materia más. Es otra cosa. Pero todo intento es válido. Es mejor que los alumnos tengan una base, aunque no todos lleguen al mismo nivel.

–En estos más de 50 años al frente de instituciones, ¿qué fue lo más difícil?

–Nunca fuimos buenas con los números. Con mi hermana éramos bastante manirrotas en ese sentido. Nos movía más la esencia, lo ideal. Después hubo gente que nos ayudó: mi marido, amigos contadores, gente que nos decía que teníamos que ordenarnos. Estas instituciones han sido importantes para toda la familia. Mis hermanos también estuvieron cerca. En un momento, uno de ellos vino dos años a ayudarnos a ordenar la parte administrativa. Hoy eso está mucho más encauzado y nuestros hijos tienen mucho que ver.

–Los números, ¿cerraron siempre?

–No. No han cerrado siempre. Nunca hemos pasado por situaciones extremas, pero hubo momentos difíciles. Antes todo era un poco más tolerante: si algo no alcanzaba, lo reponías más adelante. Hoy es distinto, hay más controles, es más exigente. Por eso tampoco tenemos grandes instalaciones, como otros colegios. Hay que invertir en tecnología, en habilitaciones. Pero la formación es muy buena.

–¿Están los hijos en el proyecto?

–Sí. Mi hijo mayor, Gastón, junto con Hernán, el hijo de Mónica, son los que hoy están al frente. Mis hijos, todos, también tienen una veta artística. Los varones son cineastas, han hecho varias películas. Victoria, mi hija, es artista plástica.

–¿Qué fue lo más difícil en lo personal?

–Hay algo que a mí me ha costado mucho. Cuando vos creás algo, cuando algo está listo, lindo, y se te ocurre una nueva idea y vas a crear otra cosa, eso que dejás atrás es gente, son pasiones, son lugares. Y aunque no te des cuenta, te vas retirando. A mí me pasó del British al Mark Twain y después al Ken Robinson. Pero así ha sido la vida. Estoy muy contenta con todo lo que hemos logrado. Dar clases ha sido lo que más amé. Y la creatividad también.

–¿Cómo te ves en 10 años?

–Este es el primer año en que dejé la dirección general. Me gustaría acompañar el devenir de las instituciones desde otro lugar. También, darme algunos gustos. En el colegio tenemos un coro, sigo participando. Hay grupos literarios para padres y abuelos, voy a uno presencial y a otro online. Tengo que disciplinarme un poco, porque la cabeza no para.

–Cuando uno ha puesto tanto en una institución, surge la pregunta ¿qué pasará cuando ya no estén? ¿Qué sueñan para el futuro del British y del Mark Twain?

–Me gustaría que la nueva generación, que ya está, mantuviera esta mirada sobre la educación. Que siguieran siendo educadores, que facilitaran educación. Creo que lo han vivido y que va a ser así. Hay mucha gente que sostiene esto. Profesores que ves y decís: “Van a seguir”. Hoy me gratifica mucho visitar, ver cómo todo funciona. En el British pasa lo mismo. Tenemos mucha gente, y eso hace que las cosas funcionen bien.